Victoria de la monarquía británica ante la prensa cortesana: ¿Qué ocurrirá con el 'príncipe valiente'?
El príncipe Enrique vence en los tribunales a la misma prensa amarilla que adula y difama a la familia real según conveniencia en vísperas de otro juicio del duque de Sussex contra el Ministerio del Interior.

Londres--Actualizado a
“Victoria monumental para el príncipe Enrique”, ha calificado su abogado, David Sherborne -el que más ha ganado de todos-, el acuerdo extrajudicial alcanzado, horas antes de que se iniciase el juicio, entre el duque de Sussex y el grupo de medios que incluye The Sun, News Group Newspaper (NGP), del magnate Rupert Mudorch. El pacto conlleva una disculpa “plena e inequívoca”, la admisión de haber hecho ilegalidades, como pinchazos telefónicos y espionaje, para conseguir información y una compensación superior a los diez millones de libras. Todos han evitado un juicio en el que la familia real hubiese tenido que airear los trapos sucios o conflictos privados y los medios hubiesen tenido que publicar sus correos y la relación con los secretarios y asistentes de la institución.
La victoria de Enrique contra el grupo mediático NGP se añade a la que ya consiguió contra Grupo Mirror y le falta la de Associated Newspaper o Daily Mail que acabará, probablemente, con otro triunfo. Lo más relevante de esta batalla judicial del hijo díscolo y valiente de Carlos III contra los medios populares -la conocida prensa amarilla, conservadora y cortesana- es que las mismas cabeceras que los adulan y glorifican los infaman y sambenitan creando así un círculo vicioso, que ya perpetúa la institución en tres o cuatro generaciones: desde que muchos británicos dejaron de creer, con Isabel II, que los reyes venían de Dios; en su lugar piensan que surgen de la tradición.
Los medios cortesanos no se conforman con los elaborados comunicados que les informan de cuando Carlos y Camilla o Guillermo y Kate inauguran un hospital y si dirán una o dos frases sobre algo a la entrada, la salida o durante la visita al centro. Los actos oficiales de la familia real duran una media de 40 minutos; ese es el tiempo en el que se les puede ver, pero no oler. Los medios agasajadores quieren saber por qué Enrique ha desertado y qué hace su esposa, americana, ex actriz y mestiza, calificativos que se repiten para que contrasten con la también repetida dignidad de Kate Middleton, madre ejemplar, de vuelta al trabajo tras su dolorosa y dura enfermedad. En esa ambigua dualidad de doble vida, la oficial o pública y la privada o culebrón, se mueven como en arenas movedizas desde la década de 1970-80. Los cambios son irreversibles; intentan fijar la (imposible) línea roja.
Lo que no cuestiona la aduladora prensa cortesana es la legitimidad de la institución, la riqueza y los privilegios que les ha otorgado la tradición desde que Dios los abandonó, la función y la utilidad que aportan al sistema de gobierno o las razones de su continuidad. Incluso la opinión de los británicos acerca de la institución se ha convertido en tabú, puesto que la National Office for Statistics (como el CIS español) decidió no hacer encuestas sobre la monarquía. Los mismos medios que se exceden en sus prácticas periodísticas para conocer a los personajes halagados defienden que la institución provee estabilidad a la vida de los británicos, y se ensañan con las ovejas negras que salen por el camino. Hubo un día en que Camilla era una bruja mala y adúltera, hasta que Carlos dijo que no iba a renunciar a ella; ahora es reina, discreta, calurosa y merecedora de la corona de diamantes y la capa de armiño que lució en su coronación. Quienes la denigraron, la han rehabilitado, gracias a ese comercio de informaciones entre los medios y los secretarios de la institución o según fuentes cercanas a Fulanito. Lo mismo ocurrió con Meghan Markel; de ser un soplo de modernidad que se ocuparía de la diplomacia exterior a ser una déspota con los empleados y una bocazas.
La misma biología o derecho hereditario que determina que Carlos III o Guillermo ocupen la jefatura del Estado británico, determina también que Enrique haya renegado de la institución, aunque conserve los títulos y los tratos principescos, según él, como señas de identidad. En la actualidad, el malo más malo es el príncipe Andrés, excluido de la vida oficial y dedicado a la privada, de quien los medios quieren saber dónde vive y a qué se dedica, aunque no lo buscan en las colas del paro. Los mismos medios que lo calificaron de orgullo patrio cuando se trasladó a defender las islas Malvinas de la invasión argentina, lo persiguen por las acusaciones de pedófilo perpetuando el culebrón monárquico.
Y ahora, tras la victoria sobre la prensa cortesana, ¿qué le depara al príncipe valiente y a la institución? El próximo mes de abril Enrique tiene otra cita judicial muy distinta a la ganada contra los medios de empresas privadas. Ha apelado una sentencia del Tribunal Supremo por la que Home Office, o Ministerio del Interior, rechaza protección policial (dinero público) al duque y su familia (esposa e hijos) en sus estancias en Reino Unido. Esta causa ha puesto en un aprieto a Carlos III, que considera vergonzoso que su hijo denuncie al ministerio o diga (ha dicho) públicamente que su padre pague por la protección policial o provea la seguridad de la duquesa y sus hijos en sus visitas al reino del abuelo. No será por falta de dinero, sino por lo que ellos sabrán, y los medios especulan, qué se cuece de puertas adentro.
Los medios aduladores dicen que Carlos lanzó un ultimátum al príncipe valiente: si te excluyes de la monarquía, te buscas la vida fuera de ella. Sin embargo, nadie sabe qué hace Carlos con la fortuna privada de los Windsor, sobre la que paga impuestos voluntarios, a diferencia del resto de ciudadanos para quienes las imposiciones fiscales son obligatorias. De los 85 millones de libras anuales de asignación oficial no le toca nada al hijo del rey.
La prensa halagadora continuará, con más cuidado, ensalzando a los personajes públicos y de cartón en el balcón del palacio; los bonitos vestidos de Camilla y Kate, la espontaneidad de los niños, lo difícil de sufrir una enfermedad y el value for money (valor en dinero) de la monarquía cuando analizan, a su manera, las cuentas reales: algo más de una libra por cada uno de los 68 millones de ciudadanos. Al mismo tiempo, los medios cortesanos insultan o ignoran a organizaciones como Republic o a quienes se muestran contrarios a la institución. Una forma de defenderlos es denigrar a sus adversos, y en eso también saben mucho los medios cortesanos.
La ministra de Cultura (con competencias en medios de comunicación), Lisa Nandy, ha reaccionado a la “victoria monumental” de Enrique diciendo que hay que modificar el código de prácticas periodísticas para proteger a quienes no pueden defenderse. Al otro extremo del príncipe valiente y otros famosos se sitúa, por ejemplo, Karen Matthews, una mujer que simuló el secuestro de su hija Shannon, de ocho años, para conseguir dinero por el rescate; pure evil (puro demonio) es el calificativo más cordial con el que suele acosarla la prensa amarilla.
Ni habiendo ganado la batalla contra los medios Enrique puede cantar “monumental victoria”, puesto que ahora viene la lucha contra el Ministerio de Interior, su padre y su hermano, y los titulares que gotean contenidos negativos y persistentes hasta que calan en la mente colectiva de los británicos y de los extranjeros, entre los que España es adicta también al culebrón de los Windsor, que algunos titulan Subirlos al pedestal para apedrearlos.
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