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Frustración y vidas rotas en Kenia

Más de 250.000 desplazados lo han perdido casi todo en un país que hasta hace muy poco era pacífico

ISABEL COELLO

'Dos veces. Dos veces han quemado la casa de mis padres y hemos tenido que empezar de cero. Ocurrió en la violencia en las elecciones de 1992 y ha vuelto a ocurrir ahora', repite desesperada Cecilia Njoki.

Desplazada en el recinto ferial de la ciudad oeste de Eldoret, reconvertido en un campo que alberga más de 50.000 desplazados por la violencia electoral en Kenia, Njoki dice que esta vez será difícil superar la desconfianza creada entre comunidades que han convivido en paz durante años.

'Tenemos miedo y el sentimiento de que no podremos nunca confiar en el vecino. Quizá ése sea el impacto más a largo plazo de lo que ha pasado. Y no sé si un día desaparecerá', dice la mujer, de la etnia kikuyu, y cuyo pueblo fue quemado por bandas de jóvenes kalenjin que acusaban a otro kikuyu, Mwai Kibaki, de robar las elecciones del 27 de diciembre al opositor Raila Odinga.

'Son los líderes políticos quienes están incitando todo esto. La cultura política de este país es muy mala. Dinero y política van juntos en Kenia y, claro, nadie quiere dejar el poder', explica Njoki, que huyó junto a sus padres y su hija.

Como base de organizaciones humanitarias que asisten a los refugiados de otras guerras, Kenia ha montado su operación de emergencia con relativa rapidez. En menos de dos semanas, los campos que albergan a más de 250.000 desplazados estaban funcionando y aprovisionando a éstos de agua, comida, herramientas de cocina, tiendas y mantas. Apenas quedan refugiados en iglesias o comisarías de policía.

Personas perdidas

Pero todavía hay cuestiones pendientes. 'Hemos recibido 1.300 peticiones de desplazados que no encuentran a sus familiares. Vienen con mucha angustia', explica Nancy Wachira, coordinadora del Servicio de Búsqueda de Familiares de la Cruz Roja, que tiene una base de datos de desplazados y perdidos por todo el país. La mayoría de los casos son padres que han perdido a sus hijos o mujeres con hijos que no encuentran a sus maridos.

'Tenemos cien niños perdidos que hemos llevado a orfanatos, y 20 más que hemos reunido con sus padres', añade. Otro problema importante que el Ministerio de Salud trata de solucionar es la interrupción del tratamiento para los enfermos de sida. Multitud de pacientes que antes de resultar desplazados recogían puntualmente -financiados gratis por el Gobierno- sus medicamentos antirretrovirales (ARV) en hospitales públicos, han dejado ahora de tomarlos. Algo muy peligroso pues suele causar una caída en picado para los enfermos de sida.

Jaine Maina, de 35 años, es seropositiva desde los 26 y toma ARVs desde hace tres años. La joven madre de dos hijos contó su historia al diario The Nation. Todas sus medicinas ardieron con su casa cuando ésta fue quemada y desde entonces, desplazada en Eldoret, no ha vuelto a ingerir una sola píldora. 'Me preocupa el mañana. Estamos perdiendo peso', decía Maina.

Para casos como el suyo, las organizaciones médicas están desplegando unidades móviles que se desplazan por las zonas rurales y los campos, registran a los pacientes y se aseguran de traerles sus medicinas.

'Quiero volver. Llevo allí desde los 25 años. Me gusta el clima; me gusta la tierra', dice mientras corta leña junto a una tienda Francis Waweru, de 60 años. Su pueblo entero ardió, nada queda de su casa y sus gallinas. Pero se niega a marcharse. 'Tengo derecho a vivir donde quiera, pero mientras la seguridad no esté garantizada, aquí nos quedaremos'

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