Público
Público

La furia de los fieles al tirano

Las tropas leales a Gadafi recuperan plazas tomadas por la oposición empleando una violencia indiscriminada

DAVID SENDRA DOMÈNECH

Las fuerzas leales a Muamar Gadafi atacan sin contemplaciones poblaciones y puntos estratégicos. La espiral de violencia y locura desatada por el dictador parece no tener límites ni fin. Es una guerra civil desequilibrada donde la mayoría, representada por el pueblo libio revolucionado, sin instrucción militar ni armamento adecuado, no consigue avanzar hacia Trípoli y se limita a intentar frenar el avance de la minoría fiel al dictador, fuertemente armada, en otros puntos del país. Los mercenarios y milicias gadafianas utilizan sistemáticamente los ataques de artillería y bombardeos generalizados para destruir las resistencias.

Ayer, el régimen celebró la reconquista de la ciudad de Zauiya, a 50 kilómetros al oeste de la capital, después de varios días de combates intensos. Un grupo de 100 periodistas extranjeros fue llevado a la plaza central de la ciudad para que comprobaran que todo estaba bajo control de Gadafi, informa la agencia Reuters. Lo que vieron estos reporteros fueron edificios destruidos o con muchos impactos de balas, algunos de los cuales habían sido pintados de verde a toda prisa. Había seguidores del dictador, pero no se permitió a los periodistas salir de la plaza y ver el resto de Zauiya.

El régimen asegura haber tomado Zauiya, pero la oposición resiste

Por ahora, las fuerzas leales a Gadafi han conseguido controlar unos barrios y el centro de la ciudad, pero la lucha prosigue en la periferia. La bandera tricolor de la oposición, roja, verde y negra, sigue ondeando en algún punto. "No pasa por nuestra mente abandonar la ciudad. La liberamos una vez y la mantendremos libre", afirma un combatiente. Los edificios derruidos se amontonan y entre ellos hay docenas de cadáveres. "Es el peor ataque que hemos sufrido. Están disparando contra todo y contra todos, quiere destruirlo todo, por eso hemos evacuado a los niños y a muchas mujeres", explica apresuradamente un miembro de la resistencia, al tiempo que otro señala un hospital totalmente derruido por las bombas.

Los mercenarios de Gadafi actúan sin piedad. Son legiones de combatientes cuyo principal peligro no es el armamento sino su crueldad y su fe ciega en el dinero de Gadafi. Pero si finalmente se aprueba una zona de exclusión aérea, quedarán claros sus puntos débiles: la ausencia de liderazgo, de mandos y su escasez en número para afrontar una revuelta popular de estas magnitudes.

En el este, la situación no es mejor para la oposición, porque Gadafi, si bien ha perdido poder aéreo, emplea a fondo a la aviación y los helicópteros que, con sus constantes bombardeos y disparos, intentan frenar el avance de la oposición. Los bombardeos se repiten en toda la zona costera entre Trípoli y Sirte, y desde ahí hacia el este. Los objetivos son claros: crear un puente con Sirte (que implica pasar por Misrata, en poder de la oposición), bloquear la electricidad en el este del país, y especialmente en Bengasi, y destruir los arsenales que los paramilitares de Gadafi mantenían en la zona y que ahora podrían caer en manos del pueblo.

«Están disparando contra todo y contra todos», afirma un combatiente

Pero las fuerzas opositoras, con miles de voluntarios que cada día aumentan en número, tratan de mantener las posiciones y, en algunos casos, avanzan en pequeños grupos, más despacio de lo previsto, utilizando caminos alternativos por el desierto, que no controla Gadafi. Ayer, los rebeldes aseguraron haber retomado el puerto estratégico de Ras Lanuf, que había caído en manos del régimen el jueves, aunque era imposible confirmar quién lo controlaba.

Gadafi sabe que su poder reside en los ataques aéreos, por eso, si la comunidad internacional aplicara una zona de exclusión aérea, las fuerzas opositoras avanzarían rápidamente hacia Trípoli. Es allí donde tendrá lugar la batalla final. Por eso Gadafi ha llamado a los que todavía le son fieles para que acudan a Bab al-Azizia, la fortaleza desde donde dirige la defensa.

Trípoli parece a ratos una ciudad fantasma, muerta y dividida

En la capital, siguen las manifestaciones de los viernes, tras el rezo. Miles de personas salen a la calle para unirse a la revuelta, y lo hacen aún sabiendo que serán duramente reprimidas por las fuerzas leales a Gadafi. "Atacarán con dureza, siempre lo hacen", dice un manifestante. "Disparan a matar y te persiguen para hacerte desaparecer", añade otro. Es arriesgado caminar por las calles a la caída del sol, y especialmente peor por el centro, repleto de controles.

Existe miedo a otra matanza. Los mercenarios de Gadafi patrullan armados, sembrando el terror en las calles de la capital. Quieren mantener una aparente normalidad mediante el uso de la fuerza y la intimidación. No se permiten reuniones, sólo las largas colas para abastecerse de alimentos, cada vez más difíciles de encontrar y más caros, lo que obliga a los ciudadanos a unirse y compartir. A veces hay cortes de agua y de electricidad. Ni por la noche se puede estar tranquilo en casa, ya que las fuerzas leales a Gadafi entran en los domicilios para secuestrar civiles, acusándolos de participar en las protestas.

Trípoli parece a ratos una ciudad fantasma, muerta. Es una ciudad muy dividida donde resulta difícil saber qué sucede en cada barrio. Mientras en una parte los disparos se escuchan con claridad y las señales de tiroteos nocturnos son todavía visibles, en la otra, parece que nada haya sucedido. Pero las barricadas levantadas, los coches quemados y los escombros que se esparcen por las calles son un signo evidente de que algo está pasando.

Ahora ya es más difícil ver los muertos en las calles, porque la estrategia del régimen es hacerlos desaparecer llevándolos en pequeñas camionetas a una fosa común en las afueras.

Más noticias de Internacional