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La guardia de Ben Alí aterroriza a los tunecinos

Francotiradores leales al dictador disparan desde los tejados. Los habitantes de la capital organizan comités y defienden sus barrios de las incursiones de escuadrones de la muerte

TRINIDAD DEIROS

El disparo de un fusil de precisión, el arma que utilizan los francotiradores, es seco: ¡pam! Apenas dura un segundo, pero este siniestro presagio de muerte se oyó ayer durante casi toda la tarde en la céntrica Avenida Habib Burguiba, la principal arteria de la capital tunecina, mientras un helicóptero militar trataba de localizar y abatir a los asesinos apostados en las azoteas de los edificios. Los vecinos tenían prohibido abrir las ventanas y ni siquiera acercarse a ellas ante el riesgo de recibir un balazo.

Ben Alí se ha ido, pero sus esbirros siguen en Túnez. Los francotiradores que ayer llenaron el aire del sonido de las balas son miembros de su guardia presidencial, los más fieles entre los fieles al dictador, o bien mercenarios pagados por ellos.

Los esbirros del tirano intentan aplicar la política de la tierra quemada

Quieren que tras el tirano sólo quede una tierra quemada. Por ello están matando y saqueando. No renuncian al capital que les ha permitido ejercer su poder durante la dictadura: el miedo. Los tunecinos las llaman 'las milicias'.

Desde la huida del autócrata, testigos han informado de que escuadrones de la muerte formados por ex agentes de la seguridad personal de Ben Alí se pasean por las calles de las ciudades tunecinas en coches robados o en sus todoterrenos a los que les han arrancado la matrícula, disparando a los civiles.

El número de muertos es sólo objeto de rumores; no hay cifras oficiales, pero en la calle se habla de un centenar de vidas arrebatadas, algo que este diario no ha podido confirmar.

Los tiroteos que se registraron ayer en la capital no sólo afectaron al centro, sino también a otras zonas de la ciudad, como el barrio de La Marsa, donde, según varios testigos, los sicarios de Ben Alí dispararon contra los clientes del café Saf Saf, uno de los lugares más concurridos y populares del vecindario.

La policía detuvo ayer a doce ciudadanos suecos a los que confundió por error con un grupo de mercenarios argelinos. Los agentes les interceptaron cuando viajaban en tres taxis portando varios fusiles de precisión. En realidad se trataba de un grupo de cazadores que llevaba dos semanas en la zona.

Un escuadrón intentó sin éxito asaltar el palacio presidencial

Rabiosos por la detención el sábado por la noche de su jefe, el general Ali Sariati, el encargado de proteger a Ben Alí, otro escuadrón trató ayer en vano de asaltar el palacio presidencial de Cartago.

Los matones del dictador incluso podrían haber robado varias ambulancias para pasar inadvertidos y que la gente, que conoce sus coches, se confíe y no huya al verlos.

No se sabe con seguridad cuántos son; se calcula que unos 3.000 en todo el país, aunque fuentes cercanas al ministerio de Interior tunecino explicaron ayer a Público que esta cifra está 'muy inflada'.

'Ya hemos detenido a un centenar, y también a unas cincuenta personas muy cercanas a Ben Alí, incluido el ex ministro de Interior, Rafik Haj Kassem', precisó la fuente, que prefirió permanecer en el anonimato. Kassem, cuyo gatillo fácil era bien conocido, fue destituido dos días antes de la caída de su jefe.

'Alto. Salid del coche', un grupo de jóvenes con piedras en la mano se aproxima al taxi dando gritos, muy cerca de la avenida Habib Burguiba, en el centro. Están muy nerviosos, pues desde hace horas no cesan los disparos, pero cuando comprueban que no hay nada en el maletero del coche ni nadie sospechoso a bordo abren una barrera que han improvisado con maderas y bidones y le dejan pasar.

Los hombres que custodiaban ayer el acceso a las calles del centro son tunecinos de a pie que, como muchos de sus conciudadanos, han organizado comités vecinales de defensa para tratar de cerrar el paso a los asesinos nostálgicos de Ben Alí.

Entre los detenidos está el ex ministro de Interior, temido por su gatillo fácil'

Armados sólo con palos y barras de hierro, en ocasiones con espadas, y haciendo acopio de piedras, los habitantes de la capital tratan de detener a los coches de las escuadrones de la muerte.

Por eso levantan barricadas, hechas con lo que tienen a mano, para controlar que nadie ajeno a su vecindario penetre en él una vez que se acerca el toque de queda.

En El Minzah, un barrio de edificios y casitas blancas de la capital, 'entre 200 y 300 vecinos' pasan la noche sin dormir para proteger los puestos de control que han colocado en todas las entradas del barrio, explica Youssef Tlili, estudiante de Derecho de 24 años, que forma parte  del comité vecinal.

Junto a las barreras, improvisadas con vallas que han cogido del cercano estadio de fútbol, los jóvenes tienen montoncitos de piedras preparadas por si fuera necesario usarlas. Están bien organizados y, desde un edificio alto que da sobre la avenida principal del barrio, Amin Baraka y su amigo Selim se turnan como vigías.

El número de muertos es objeto de rumores y no hay cifra oficial 

Amin es árbitro de fútbol y lleva un silbato en el bolsillo. Cuando ve un coche sospechoso, silba para que sus compañeros se preparen para detenerlo e inspeccionarlo.

Pero de noche, una vez iniciado el toque de queda, no hay mucha luz en las calles de El Minzah. Entonces los vigilantes improvisados, todos vestidos de blanco, se guían por la luz del helicóptero militar que sobrevuela sus casas: 'sabemos que el helicóptero ilumina todo lo que encuentra sospechoso'.

Su voluntad es buena, pero saben que poco pueden hacer si se encuentran frente a las armas automáticas de los hombres de Ben Alí. No parece importarles. Uno de ellos alza los hombros cuando se le pregunta por el peligro: 'Es el precio que hay que pagar por la libertad'.

El Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación confirmó que los últimos españoles que quedan en Túnez podrían regresar en la mañana de hoy o quedarse en el país magrebí si esa ss su elección. En la noche de ayer tenía previsto salir del país africano un vuelo con destino Madrid para trasladar al último grupo de turistas, unos 120, que quedaba en el aeropuerto internacional Túnez-Cartago. Entre los que esperaban la llegada del avión para volver a España se encontraba Maria Luisa Santiago y su marido. Llevaban todo el día en el aeropuerto esperando a ser embarcados. “Sólo hay café y de vez en cuando alguien aparece con un kebab”, contaba Santiago en conversación telefónica desde el aeropuerto. Muchos turistas se han quejado de la falta de comunicación recibida por las autoridades españolas. Desde el Ministerio se justifican: “La semana pasada había en Túnez 1.200 españoles y es imposible llamarlos a todos”. 

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