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Los haitianos depositan sus esperanzas en Obama

Las víctimas confían en la ayuda extranjera ante el colapso de su Gobierno

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'¡Obama, Obama, Obama! ¡Necesitamos a Obama! Él es como nosotros'. Ezequiel Puval golpea su piel negra con orgullo una y otra vez. 'Él es negro, como nosotros', clama mientras el grupo que lo rodea grita el nombre del presidente estadounidense. Estamos en el estadio de fútbol de Puerto Príncipe, de césped artificial, donde hace años estrellas como Ronaldo jugaron un partido por la paz. Hoy acoge a 3.000 refugiados de un futuro tan triste como el de su país. A todos ellos y a muchos de sus paisanos, sólo les queda una esperanza: Barack Obama.

'Queremos que los marines se desplieguen como si fueran un avispero. Y que tomen Puerto Príncipe. Haití es parte de América'. Joel Auguste, de 33 años, ha vivido demasiadas tragedias. A pocos centímetros del centro del campo, confiesa que estaba en Nueva Orleans cuando el huracán Katrina se tragó la ciudad. Ha vivido parte de su vida en EEUU y, pese a conocer la ineficaz gestión tras el huracán, no tiene ninguna duda: 'Ni un dólar para el Gobierno haitiano, queremos que el hombre blanco reparta la ayuda'.

Francois Johnson se suma al coro de voces. 'Necesitamos a los extranjeros, los haitianos no vamos a salir de esta. La comunidad internacional puede traer eficacia, ahora nos estamos muriendo de hambre'.

'¿Pero el pueblo haitiano aceptaría sin rechistar el despliegue de los marines?'.

'Claro que sí, papá. ¡Los estamos esperando!'

'Quiero garantizar al pueblo de Haití que EEUU es su amigo, un socio y un simpatizante'

Hillary Clinton quiso despejar cualquier duda el sábado. 'Estamos aquí por invitación de su Gobierno para ayudarlos. Quiero garantizar al pueblo de Haití que EEUU es su amigo, un socio y un simpatizante', aclaró la secretaria de Estado en Puerto Príncipe.

El Estado haitiano está roto y su gente lo sabe. No confían en él, tal vez nunca lo han hecho. El caos total que abruma a Haití tras la hecatombe de hace seis días se empeña en mantenerse. El toque de queda para evitar actos de pillaje durante la noche es una de sus primeras decisiones ejecutivas. Y la primera comenzó con la ejecución de un hombre que acababa de cometer un robo en Petionville. Dos tiros en la cabeza, sin pestañear. Para que el cadáver no quedase en la calle, en una zona donde ya muchos han sido recogidos, los que deambulaban por allí decidieron quemarlo de inmediato. Otros actos de violencia aparecieron en distintos puntos de la ciudad, sobre todo en las zonas más humildes, donde la economía de subsistencia no da para mucho.

La violencia se comienza a mascar. Y poco ayuda que los precios se hayan disparado, como el de los plátanos, una de las frutas preferidas de los haitianos. 'Hemos comprado esta mata [ocho bananas] en un mercadillo de Salomón. Antes costaba diez pesos haitianos. Hoy, más de 40', calcula Marie France mientras prepara comida para 31 miembros de su familia que han sobrevivido a la hecatombe.

'Pero la mayoría de la gente no tiene dinero para comprar'

'Pero la mayoría de la gente no tiene dinero para comprar. ¿Cómo sobrevive? Un vecino les da algo, otro amigo otro poquito, aparece alguien de su familia con ayuda Por eso es tan importante que llegue pronto la ayuda', añade Bernard Jamie, convertido en buscavidas.

Interminables colas en las gasolineras avisaban de que por fin se vendía algo de gasolina. En Petionville, otra cola kilométrica. ¡Venden tarjetas telefónicas! Son los atisbos de una sociedad civil que se empeña en sobrevivir, al precio que sea.