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Los japoneses inician el éxodo nuclear rumbo al sur del país

La disciplina y los buenos modales locales se mantienen en medio del caos

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Lo que ocurrió ayer en Tokio parecía un test de resistencia de los japoneses a la adversidad. ¿Cuánto peligro pueden soportar antes de cambiar sus rígidos códigos de conducta? Es todo un misterio, aunque una cosa quedó clara: respirar una cifra diez veces superior a la radiación máxima tolerable por el cuerpo humano no es suficiente para conseguirlo.

En el día más peligroso para su salud en muchísimos años, los tokiotas decidieron que no podían faltar a su puesto de trabajo. Tamaña indisciplina hubiera sido vista por sus superiores como una ofensa intolerable. 'Tenemos que trabajar, es nuestra obligación', explica un joven enfundado en un traje negro impecable.

Debe causar buena impresión, hoy tiene una entrevista de trabajo en la que no puede fallar. 'También el trabajo nos sirve como válvula de escape a toda esta situación, nos sirve para olvidarnos del miedo', prosigue con tono serio.

Da escalofríos preguntar a los japoneses si temen un holocausto nuclear. 'Por supuesto', responden todos, cambiando abruptamente el gesto. Saben que si eso sucede, no van a poder escapar de la catástrofe.

De momento, prefieren no pensar en ello, y confían en que de una u otra manera los ingenieros lograrán devolver la planta de Fukushima a una cierta normalidad.

Lo preocupante es que pocos conocen la auténtica realidad de la planta. Casi todos se quedan blancos cuando se les explica que al menos tres reactores corren serio riesgo de fusión nuclear.

Buena parte de la culpa la tiene su Gobierno, celoso de dar información verídica a su población hasta en las horas más negras.

Los más precavidos tomaron ayer trenes y aviones en dirección al sur del país, hacia Kyoto y Osaka principalmente, a más de 400 kilómetros al sur de Tokio.

'Mi marido me dijo que me fuera cuanto antes de Tokio con los tres niños. Quizá es un poco prematuro, pero si ocurriera algo, podrían producirse colapsos enormes y una situación caótica', explica Norumi mientras prepara a su bebé, el más pequeño de los tres que la acompañan, antes de apearse del tren en Kyoto. 'Tengo familia aquí, nos quedaremos en su casa hasta que todo se calme'.

Otra joven observa cómo el paisaje vuela literalmente a través de la ventanilla del tren bala. Justo ha bajado desde la provincia de Ibaraki, pegada al sur de Fukushima, donde toda la línea costera fue arrasada por el tsunami. 'Vivo allí, pero mis padres son del sur, de Kagashima. Voy a pasar allí unos días', explica.

La estación de Tokio, lugar desde donde salen los trenes bala hacia el sur de Japón, anduvo ayer mucho más concurrida de lo que acostumbra un martes. Hileras de personas esperaban educadamente en la cola para comprar su billete. Entre ellos, muchos niños con sus padres y algunos ancianos.

Es encomiable la capacidad de los japoneses para soportar las peores condiciones en el noreste del país, aguantar en un lugar inhóspito que lleva cuatro días convertido en pura devastación, y ni siquiera sopesar la posibilidad de cometer pillajes en las casas abandonadas o caer en riñas por conseguir alimento y agua de los equipos de rescate.

Su actitud es sorprendente, quizá porque los modales y la discreción también forman parte de ese rígido patrón de conducta tan japonés que ni un tsunami de proporciones históricas es capaz de alterar.

Es muy difícil decidir quienes lo están pasando hoy peor en Japón. Hay tantos millones de personas afectadas que los dramas personales y las historias sobrecogedoras surgen a cada esquina.

Pero sí es posible, por el contrario, saber quiénes están en una situación más desesperada. No son otros que las decenas de miles de personas atrapadas alrededor de Fukushima, totalmente incapaces de huir del posible holocausto por la falta de gasolina para sus vehículos.

Los más de 500.000 evacuados oficiales por el terremoto, el tsunami y las fugas radioactivas deberán esperar a la intemperie, virtualmente desasistidos, para ver si en las próximas horas la palabra Fukushima se convierte en la peor pesadilla de los japoneses durante muchas generaciones o todo termina, finalmente, en un susto muy grave.