Público
Público

Lesbos, vivir en la desembocadura del horror y la guerra

Los habitantes de la isla griega, sumida a su vez en su peor crisis económica, conviven desde hace años con las llegadas masivas de refugiados. Ven a diario la miseria y el miedo. “La crisis de refugiados deriva de la globalización, ni las ONG ni el voluntariado la van a resolver”, sostienen.

Un niño refugiado cubierto con mantas en el puerto de Mitilene, en Lesbos. ARIS MESSINIS / AFP

MARTA SAIZ

LESBOS (GRECIA) -Diavlos es una taberna local donde resuenan melodías greco turcas de la década de los años 30. Allí se escuchan también las historias de los habitantes de Mitilene, capital de la isla griega de Lesbos, en un momento difícil para la población. Las huelgas contra las políticas de austeridad se mezclan con la llegada de personas refugiadas. El cierre de las fronteras y la incertidumbre ante el acuerdo de la Unión Europea con Turquía no augura un futuro mejor. Y la ironía se abre camino en el país, pues la deuda económica asciende ya a 350 mil millones de euros.

“La pregunta no es si queremos o no refugiados”, dice Panayiotis Moliviatis, dueño de la taberna. “La pregunta es: ¿qué salida hay para aquellos que no tienen nada? ¿Qué haríamos nosotros en la misma situación?”. La respuesta es fácil: “huir”. El tabernero explica que no hay solución sin poner fin a la guerra y que quienes vienen no lo hacen para quedarse en Grecia, sino que buscan el camino para llegar a países como Alemania. “Con la crisis que tenemos, ¿quién va a querer quedarse aquí?”.

Las islas del Mar Egeo como Lesbos comenzaron a recibir personas refugiadas hace más de un año. “Al principio se organizaba todo el vecindario para dar ropa seca, comida y un lugar para descansar”, comenta Athanasia Almpani, dueña de Diavlos. Ante las críticas al pueblo griego por la “omisión de ayuda”, Almpani lo desmiente, aunque confiesa lo difícil de la situación. “No podíamos ser indiferentes ante esta desgracia, pero hubo un momento en que el pueblo de Lesbos se vio desbordado por las llegadas masivas. Entonces la ayuda humanitaria pasó a ser una tarea de toda la comunidad internacional”.

El ambiente en Mitilene después de la entrada en vigor del pacto entre la Unión Europea y Turquía es distinto. Ahora hay más furgones policiales y menos voluntarios. Los inmigrantes que no están detenidos en el antiguo centro de registro en Moria se esparcen por los montes y huyen de las autoridades, o esperan en el resto de campamentos las “nuevas órdenes” de Europa.

En la puerta de la taberna espera Nikos Doxarvotis. Entra y se une a la conversación, mientras enciende un cigarro. “Ya me quita bastante el gobierno; voy a fumar dentro del bar”. Doxarvotis denuncia la dimensión política del asunto. “Amenazan con expulsarnos del espacio Schengen si no acatamos el reglamento, pero geográfica e inevitablemente, somos la frontera con Asia”. Comenta que Europa es la cuna del capitalismo global, donde desean vivir las personas que huyen de la guerra para posicionarse con “los fuertes”. “La crisis de refugiados deriva de la globalización, ni las ONG ni el voluntariado la van a resolver”.

Bombero de profesión, Doxarvotis ironiza: “creo que sería buena idea trasladarme a las Islas Canarias para trabajar en labores humanitarias”. Dice esto porque cree que el voluntariado lo comprende sólo la clase media occidental que busca limpiar su conciencia. “Esta gente no quiere entender lo que ocurre, ni tampoco son capaces de entenderlo. La verdad no es agradable”. Aunque admite la buena labor humanitaria, cree que los esfuerzos deberían ir encaminados a la condena de los gobiernos e instituciones cuyos intereses geoestratégicos han causado el conflicto sirio, entre otros.

A escasos metros, María Nakka toma un café en la puerta de la biblioteca de la ciudad. “Si no trabajas con o para los refugiados, la vida cotidiana no se altera”, afirma la bibliotecaria. “Lo que sí ha cambiado es la energía de la isla. Sientes más cerca la guerra, el dolor, el miedo. Del otro lado, con todas las personas que vienen aquí para ser voluntarias, se siente optimismo, fuerza y esperanza por el futuro de la humanidad”.
Nakka no cree que el acuerdo ayude a los refugiados.

“No tengo ninguna confianza ni en la Unión Europea, ni en Turquía. Si de verdad quieren ayudar a las personas, deberían abrir las fronteras y no encerrarlas aquí”. En cuanto a la situación global de Grecia, la bibliotecaria comenta que, especialmente en las zonas limítrofes, se están obteniendo beneficios del poco dinero de los refugiados. Sin embargo, cree que el país heleno no puede dar trabajo ni absorber a todo el que llega a través del Mar Egeo. “Si no cambia esta realidad, el futuro de Grecia y de los refugiados será oscuro”.

A la salida de la biblioteca, Elektra Papadoupoulou tiene una opinión muy crítica sobre parte del vecindario de Lesbos. “El sacerdote de la iglesia decía en su sermón que no debíamos hablar con los refugiados, ni acercarnos a ellos. Alegaba que procesaban otra religión y traían consigo el mal”, confirma la vecina. “Y decidí no ir más a la iglesia”.

También con parte del pueblo griego. “Hay buenas personas, ¿pero qué hay de los que se aprovechan de la desgracia de los demás?”. La vecina se refiere a algunos taxistas, agencias de viaje, compañías de teléfono, hostales y otros establecimientos que, aprovechando las llegadas de refugiados han subido los precios “desorbitadamente”. “He visto cómo cobraban a un chico 5 euros por cargar su móvil”.

Papadoupoulou continúa su camino. En el paseo marítimo, las doce agencias de viaje que lo recorren cambian sus carteles y anuncian ofertas para barcos y autobuses en dirección a Europa central. Aeolian Sun es una de ellas. “Como agente de viajes reconozco que ahora tenemos más trabajo, puesto que las personas que llegan desde Turquía tienen que comprar sus billetes hacia Atenas, Kavala e Idomeni”, comenta Maria Papageorgiou. Como persona, está asustada de lo que les pueda ocurrir. “Son seres humanos, lo han perdido todo y guardan el poco dinero que les queda para poder llegar a un lugar seguro”.

Anterior al tratado, eran más las personas que compraban sus billetes en las agencias de viaje. Ahora, sólo lo hacen unas pocas privilegiadas que desembarcaron antes de la entrada en vigor del mismo o los llamados “nuevos griegos”, a los que se les ha aprobado la petición de asilo. Papageorgiou reconoce no tener una bola de cristal, porque en Lesbos cada día es una incertidumbre. Cree en un posible descenso del turismo en los meses de verano, puesto que el ambiente de la isla recrea “una zona de guerra”. “Además, tras la entrada en vigor del acuerdo, Grecia podría convertirse en un segundo Líbano”, concluye la agente de viajes.

La incertidumbre ante lo que pasará, tanto con las personas que malviven en los campamentos de refugiados, como con las que están detenidas en los centros de las islas, se mezcla con el esfuerzo del pueblo griego ante la deuda económica desatada en el año 2000. Las malas condiciones acentúan el odio entre las personas y el cierre de las fronteras no augura un futuro mejor. La ironía no sólo se abre camino en Lesbos, uno de los epicentros de recepción, sino que llega a todo el territorio heleno. No era así cuando llegó el primer barco de refugiados a las costas griegas en 1922.