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"Si llevamos a los heridos al hospital, los arrestan allí"

Omar Al-Audat es el nombre falso con el que prefiere preservar su identidad uno de los testigos más privilegiados de lo que está pasando en las calles de Siria

MIGUEL CORDERO

El aparato de seguridad, cuando se enfrenta a los manifestantes, sigue un estricto protocolo. Al grito de Abu Hafez [apelativo con el que se conoce popularmente al presidente sirio, Bashar al Asad], se dirigen hacia ellos. Suena como un gran fragor bélico. Intentan así inducirles miedo. Antes funcionaba y al principio los manifestantes se dispersaban, ahora no. Cuando llegan hasta la multitud, empiezan a repartir golpes. La gente suele responder arrojándoles piedras. Después la seguridad lanza bombas lacrimógenas.

Si así tampoco consiguen que se disuelva la manifestación, comienzan a disparar munición de fragmentación. Al explotar, la pequeña metralla resultante empieza a herir a los concentrados, en la mayoría de los casos con carácter leve. Si los manifestantes siguen sin dar su brazo a torcer, empiezan los tiros con munición de guerra. Durante el primer mes, solían disparar a las piernas. Ahora, al pecho o a la cabeza. Habitualmente, de cada 150 miembros de la seguridad, 10 están armados con rifles o ametralladoras. El resto lleva palos. El Ejército tampoco lleva armas. Sólo porras. ¿Por qué? Porque el Ejército está compuesto por chicos de todas las castas sociales y religiosas. Podrían negarse a disparar o utilizarlas en la otra dirección. Sin embargo, la élite armada es alauí [la religión a la que pertenece la familia Al Asad]. Son los más fieles. Por eso llevan las armas.

"Durante el primer mes, disparaban a las piernas. Ahora, al pecho o a la cabeza"

Los francotiradores también siguen instrucciones. Normalmente, cada uno no suele matar al día a más de dos ciudadanos. Ésas deben de ser las órdenes. Ni hieren a más de 25 o 30. Naturalmente, los primeros en morir son los líderes de las manifestaciones. Saben que al coger el micro y dirigir las proclamas probablemente no vuelvan a sus casas y, aun así, lo hacen.

Cuando comenzaron las protestas, solían tener más cuidado con los niños. Ya no. Les pegan y detienen como a otro cualquiera. Y les pegan mucho.

Con frecuencia dan palizas entre varios agentes a una sola persona tirada en el suelo. Después los meten en un furgón y los detienen. Arrestan a personas entre los 11 y los 70 años. Da igual. Hemos atendido a heridos de bala incluso en Al-Qabbun, donde los manifestantes iban con el pecho descubierto y empuñaban rosas.

"Detienen y pegan a los niños como a otro cualquiera. Y les pegan mucho"

Nos ponen muchos impedimentos para llegar a los heridos. Aguardamos tras el cordón de seguridad. Sólo podemos atender a los que nos filtra la seguridad. Ellos deciden quiénes deben ser rescatados y quiénes no. Si solicitamos permiso para atender a heridos que sabemos que están graves, nos lo deniegan. "Está prohibido. No podéis pasar. Dejad que mueran, se lo merecen", me han dicho varias veces.

Preferimos atender a los heridos a los que tenemos acceso en la propia calle. Ellos también lo prefieren así. Si los llevamos al hospital, serán arrestados allí, posteriormente, por la seguridad.

Debo decir que he visto a muchos agentes de seguridad heridos. Incluso con heridas de bala. Es cierto, hay gente que utiliza armas de fuego. Sin embargo, representan a la minoría. No por ello estoy diciendo que, como sostiene el Gobierno, haya grupos armados. No, no están organizados entre sí. Son ciudadanos armados y aislados.

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