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McCain, el halcón

De Arizona a la Casa Blanca. La corresponsal de ‘Público’ en EEUU se sube al avión de la campaña de John McCain. El candidato republicano ofrece un mensaje de firmeza pero distanciándose del fiasco de Bush

ISABEL PIQUER


Steve Duprey baja por el pasillo del avión con una gran sonrisa. De fila en fila va distribuyendo galletitas de la suerte con chistes verdes. "¿A ver qué dice el tuyo? La diferencia entre un ‘ooh' y un ‘aah' son siete centímetros. Je, je. Muy bueno". Duprey es el bromista oficial de la campaña. En la hora y pico que se tarda en volar de Winston-Salem, en Carolina del Norte, a Troy, uno de los interminables suburbios de Detroit, hace lo necesario por mantener en alto la moral de las tropas y de la prensa que viajan con el senador.

Duprey es sobre todo uno de los fieles que permaneció con John McCain el verano pasado cuando todos dieron por muerta su campaña, su carrera política y sus aspiraciones presidenciales. Destacado miembro del Partido Republicano, promotor inmobiliario y millonario, Duprey ayudó al veterano candidato a ganar las primarias de New Hampshire que le sacaron de su coma electoral.

Superados los malos tiempos, ahora sigue a su amigo por gusto: "Recordad que estamos aquí para pasárnoslo bien".

McCain viaja en un avión comercial de 100 plazas alquilado a la compañía aérea JetBlue. Se sienta en la tercera fila y estudia los informes que le va pasando su equipo. Está pálido, tirando a lívido, como siempre, y se le notan las cicatrices de la operación de melanoma a la que se sometió en el año 2000. "Soy más viejo que el polvo y tengo más cicatrices que Frankestein", suele decir.

Cindy, su mujer, ocupa la fila de atrás. Hoy está especialmente maquillada. "Parece que sale de los años setenta", comenta bajito uno de los cámaras. También están Mark Salter, su asesor de los últimos 20 años, y Charlie Black, su estratega, un veterano de las contiendas presidenciales en las que trabajó con Reagan y Bush padre.

A veces se une Steve Schmidt, otro miembro del núcleo duro, otro adicto de la política, ex ayudante del gobernador de California, Arnold Schwarzenegger.

Además de Duprey, ameniza el viaje Meghan McCain, una de las hijas del senador, que cuenta en su blog las bambalinas de la campaña y lo maravilloso que es su "papá".

El servicio secreto forma una impenetrable barrera entre la parte noble del aparato y las últimas filas donde se sienta la prensa empotrada. Los agentes acaban de llegar. Hasta hace dos semanas, el senador se había negado a la misma protección oficial que Clinton y Obama tienen desde hace meses, al temer que la decena de armarios, pistola al cinto y pinganillo en la oreja, fuera a complicar sus mítines.

El ritmo actual de su campaña no es arrollador -McCain vuelve casi todos los fines de semana a su base de Phoenix en Arizona- pero sí continuo. Discretamente, el candidato ha ido cumpliendo dos objetivos: recaudar dinero, sobre todo si le toca competir con la avalancha de millones de Barack Obama; pulir su nuevo mensaje conservador y ajustar su imagen de "soldado de la revolución Reagan", como él mismo se autodefine.

Primero fue un "tour autobiográfico", un recorrido nostálgico por las ciudades donde vivió trozos de su vida, que culminó en la Academia Naval de Annapolis. Luego se lanzó a una gira por la América olvidada, olvidada por los republicanos porque es esencialmente demócrata: en la etapa de Nueva Orleans intentó seducir a sus improbables votantes al calificar de "vergonzosa" la respuesta de Bush al Katrina.

La semana pasada Público le siguió en Carolina del Norte y Michigan, donde vendió una política conservadora de valores tradicionales. Estos días irá hasta Oregón y Washington (el estado, no la ciudad) para hablar de petróleo y energías renovables.

El senador lo ha repetido muchas veces: "Soy el tipo con más suerte que conozco". Es casi un milagro que esté aquí. McCain se repuso difícilmente de su primer intento y contundente fracaso en 2000 ante Bush y esta vez tampoco parecía que lo iba a conseguir. En julio de 2007 se quedó sin dinero y sus principales asesores desertaron. Empezó las primarias en enero perdiendo en Iowa frente al pastor evangelista Mike Huckabee. La cosa pintaba mal. 

Pero de pronto el cielo se despejó: Mitt Romney implosionó pese a sus millones y Rudolph Giuliani decidió suicidarse en Florida. En marzo, Texas dio a McCain los delegados necesarios para hacerse con la candidatura. La palmadita en la espalda de George W. Bush le convirtió en el candidato oficial.

En noviembre, John Sidney McCain tercero, 71 años (cumplirá 72 el próximo 29 de agosto), senador por Arizona desde 1986, piloto, veterano de Vietnam, prisionero de guerra durante casi seis años, hijo y nieto de almirante y padre de siete hijos -tres de ellos adoptados- luchará por convertirse en el 44º presidente de EEUU.

town halls

Los eventos de McCain no atraen a las masas. En el teatro de la Cámara de Comercio de Charlotte (Carolina del Norte) el pasado lunes, apenas acudieron unos 100 ancianos apáticos. A través de las vidrieras bíblicas, el sol iluminaba los asientos de terciopelo frambuesa y las paredes de gotelé color manzana. En media hora el candidato denunció la situación de la disidente birmana Aung San Suu Kyi, habló de reforzar la frontera con México, de ser firme con Irán y del progreso de las tropas estadounidenses en Irak. Mucho mundo en poco tiempo para Charlotte.

McCain es un pésimo orador. Es un dato objetivo del que sus asesores son plenamente conscientes. El senador no tiene ni la abrumadora facilidad de palabra de Obama ni la increíble concisión verbal de Clinton. Es dado a tropiezos que ponen su campaña en apuros. Hace unos días aseguró que su política energética "eliminaría la dependencia petrolera de Estados Unidos respecto a Oriente Medio y evitaría mandar tropas a la guerra".

Tuvo que explicar luego que se refería a la primera Guerra del Golfo; la segunda por supuesto se lanzó para encontrar las inexistentes armas de destrucción masiva de Sadam.

Desde su victoria en New Hampshire, el senador ya no se separa de sus teleprompters, en los que van desfilando sus discursos. El resultado es bastante robótico. Mirada perdida en el vacío, voz monocromática, McCain recita su lección.

Su formato preferido son las charlas de pueblo, los town halls, donde la asistencia puede preguntar a su antojo. Ahí McCain revela sus tablas y contrariamente a lo que se piensa, su paciencia. "Amigos míos, amigos míos", repite insistentemente. En Troy (Michigan), un "ferviente republicano" le pregunta por su mal genio. "¿Cómo se atreve a decirme eso?", contesta simulando enfado. La respuesta es siempre la misma: McCain se cabrea por las injusticias del mundo.

Y luego están las bromas. Las mismas que lleva repitiendo desde hace meses. Meses. Está la del Congreso que gasta más que un marinero borracho y el email que recibió de "un ex marinero borracho" ofendido por la comparación. La del nuevo presidente francés proamericano, "lo que demuestra que si uno vive lo suficiente, acaba por verlo todo". La falta de agua en Arizona "donde los árboles persiguen a los perros". Y últimamente intercala a menudo un refrán chino. "Como decía Mao, todo es siempre mucho más oscuro antes de ser totalmente negro".

El humor no oculta que el mensaje de McCain se ha radicalizado. El candidato está amoldando su relativa iconoclastia a la ortodoxia del partido. En Troy hizo de la defensa de la libertad religiosa una de las bases de su política exterior. "Con toda la bondad que existe en el mundo, con todo el progreso de la humanidad, en el que nuestra nación ha jugado un papel tan admirable e importante, el mal sigue existiendo". Un mensaje destinado a seducir el votante evangelista, la piedra angular del electorado conservador.

El proceso metamórfico incluye ataques cada vez más virulentos contra Obama, considerado ya como el candidato oficial. Estos días McCain ha dado a entender que su adversario goza del apoyo de los fundamentalistas, al repetir las declaraciones de un portavoz de Hamás que aseguraba preferir la candidatura del senador por Illinois. "Es un indicador de cómo nuestros enemigos ven a Estados Unidos. A mí no me van a respaldar, está claro". Obama acusó al veterano senador de "perder los papeles".

En lo operativo, la fusión está casi terminada. A los cinco de Sedona -como se denomina al núcleo duro de asesores como Salter y Black y al rancho de McCain en Arizona donde solían reunirse en los momentos duros- ya se han unido voces más conservadoras. McCain también sitúa a los suyos en la jerarquía, nombrando por ejemplo a su amiga Carly Fiorina, ex presidenta de Hewlett Packard, responsable financiera de su campaña dentro del partido.

"Quiero poner orden en casa", dijo el candidato al conseguir la nominación. En otras palabras, cerrar filas y hacer las paces con sus adversarios. Fred Thompson, ex senador por Tennessee y ex candidato, asistió a uno de sus mítines en Carolina del Norte.

Mitt Rommey, que al abandonar sus ambiciones electorales en febrero dejó vía libre a McCain, tenía previsto acompañarle a un evento recaudatario en Michigan pero por lo visto su avión no pudo despegar de Boston por mal tiempo. La verdad es que los dos hombres se odiaban.

El problema del senador con los suyos se reduce a una persona y a un problema: Bush. Es difícil militar en el mismo bando de un presidente cuya cuota de popularidad ronda el 30%, y compaginarlo con un programa de continuidad que respalda la presencia militar de EEUU en Irak "durante 100 años". Obviamente será la estrategia de los demócratas: votar a McCain es votar por un tercer mandato de más de lo mismo.

Otros nombres surgen al considerar la candidatura de McCain: Ronald Reagan y Bob Dole. Dole tenía 73 años cuando se presentó en 1996 contra Bill Clinton y lo único que se recuerda de su campaña es el momento en que se cayó del escenario durante un mitin en California. Sin hablar de los anuncios que hizo luego, ya retirado, para Viagra.

McCain aspira, como Reagan, a ampliar la base del partido y llevarse a los demócratas conservadores, los blue collars, la clase obrera que prefiere a Clinton antes que a Obama y en última instancia, a los conservadores. Viven en Virginia, en Ohio, en Michigan, en Pensilvania, los swing states, los estados que se columpian entre una opción y otra.

El senador también espera rascar algo del voto hispano. "Son pequeños comerciantes, muchos han pasado por el Ejército y tienen sentido patriótico. Sólo hay que ver el monumento a los muertos de Vietnam para leer apellidos latinos", decía el candidato en Phoenix. En junio asistirá al Consejo Nacional de La Raza, la mayor organización de derechos civiles del colectivo hispano, un foro al que los republicanos no suelen ir.

"En este momento se concentra en el día a día", dice su asesor Mark Salter. "No le gusta celebrar un victoria durante mucho tiempo ni apesadumbrarse por una derrota". McCain es sobre todo muy supersticioso. Toca madera cuando le llaman presidente y siempre lleva en el bolsillo un penique de la suerte. En las primarias de Michigan, debajo del traje llevaba el mismo jersey verde de pico que tenía al ganar New Hampshire.

Para evitar posibles desastres mediáticos y atenuar meteduras de pata, la campaña ha adoptado una estrategia inusual: dar más acceso a la prensa. McCain es sin duda el candidato más asequible de todos, dentro de lo extremadamente limitado. Los periodistas que le siguen comparten de vez en cuando en el Straight Talk Express (Autobús Hablando Claro), que la campaña usa en los trayectos cortos, una charla distendida o unas declaraciones formales, sobre todo si el día ha ido mal.

El resto del tiempo, la prensa sigue la caravana en un vehículo bastante más modesto, el Straight Talk Express Too (un juego de palabras entre too, también, y two, dos).

Viajar empotrado es viajar en un tour operador de segunda. Las horas se hacen largas e incómodas, los destinos no muy interesantes, la comida cuestionable y sobre todo no hay forma de salirse del guión.

Por la ventana desfilan los mismos paisajes. Los del servicio secreto son simpáticos pero su obsesión por los controles roza lo paranoico.

Están los pesos pesados, el New York Times, el Washington Post, la CNN y las agencias, y también Adam Aigner, que trabaja para la cadena NBC y el National Journal. Aigner tiene 24 años y hace cuatro que es periodista. Es un tipo brillante y simpático. Lleva siete meses cubriendo la campaña.

Pasaba tanto tiempo fuera de casa que cuando se le terminó el alquiler, decidió prescindir de su apartamento, metió sus cosas en un coche y se las llevó a casa de su madre.

De todo este tiempo en la carretera, Adam se acuerda especialmente de la conmemoración, el 4 de abril en Memphis, del 40 aniversario del asesinato de Martin Luther King. "Llovía a cántaros, no se le veía con todos los paraguas, la megafonía no funcionaba y estaba claro que la gente no quería verle". Y del encuentro de McCain con Bush en la Casa Blanca: "Los dos parecían muy incómodos".

El pasado miércoles, en Nueva York, el senador republicano se dejó entrevistar por Jon Stewart, el presentador del Daily Show, el mejor programa de sátira política de la televisión estadounidense. "¿Cómo se siente ahora? ¿Como en una dimensión paralela?",  preguntó Stewart, a lo que McCain empezó a contestar en tono electoral: "Es un momento muy serio, recibir la nominación del partido de Abraham Lincoln, Theodore Roosevelt y Ronald Reagan".

Stewart le cortó enseguida. "Usted sabe que estos tipos han muerto, ¿verdad?". 

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