La metamorfosis ultra: el extraño viaje desde el euroescepticismo a influir cada vez más en Bruselas
La extrema derecha ha dejado de criticar la UE desde los márgenes para entrar a formar parte de los centros de poder de Bruselas.

Bruselas--Actualizado a
La extrema derecha europea ha abandonado los discursos en contra de la Unión Europea y del euro. Ya no pone de ejemplo el brexit ni pone en duda la existencia de un proyecto europeo común. El euroescepticismo es cosa del pasado y su estrategia en Bruselas ha sufrido una metamorfosis total durante los últimos tiempos. Las fuerzas de ultraderecha han pasado de propugnar el fin del bloque comunitario a intentar influir desde dentro, asumir cuotas de poder y cambiar la Unión Europea y sus valores fundacionales.
Este giro se evidenció más que nunca con la llegada al poder de Giorgia Meloni. A pesar de que, antes de las elecciones italianas, Ursula von der Leyen lanzó críticas veladas a algunos de los posicionamientos de la dirigente ultra, la acabó recibiendo en alfombra roja en Bruselas. A ojos de la líder de la Comisión Europea, pasó de ser uno de los principales peligros de la Unión Europea a ser el ejemplo a seguir, especialmente en materia de migración.
Aunque hace años Bruselas aseguraba que los campos de deportación de migrantes fuera del territorio comunitario vulneraban el derecho internacional y los derechos humanos, acabó impulsando la idea de Meloni al resto de la Unión Europea. Y, a principios de diciembre, los Estados miembros dieron su visto bueno con una amplia mayoría. Incluso gobiernos socialdemócratas, como el de Dinamarca, lo apoyaron con total rotundidad. De hecho, el único socio europeo que se opuso abiertamente fue España.
Meloni es, al menos en las políticas contra los migrantes, la estela a seguir por la gran parte de los Estados miembros. Sin ir más lejos, dos países gobernados por la familia socialdemócrata, como son el Reino Unido y Dinamarca, han impulsado una petición por carta al Consejo de Europa (es una institución que no forma parte de la UE y que acoge más países del continente) que han acabado firmando 27 socios para modificar la Carta de los Derechos Humanos y tener manga ancha para poder endurecer aún más las leyes y medidas contra las personas migrantes que viven en Europa.
Meloni no es la única líder de extrema derecha que dirige un Estado miembro y que se ha adaptado completamente a la Unión Europea. El ultranacionalista flamenco Bart de Wever, que tanto criticó anteriormente a los burócratas de Bruselas y la misma existencia del bloque comunitario, también está jugando un papel influyente en las instituciones europeas. De hecho, a pesar de que se opuso al uso de los 210.000 millones de euros rusos que se encuentran congelados en la Unión Europea (la mayoría de ellos en un fondo de inversión bruselense), la Comisión Europea y el resto de países le intentaron convencer, y mucho, para que cambiara de opinión.
Cabe recordar que se trata de una iniciativa que no necesita de unanimidad para ser aprobada y, por lo tanto, la UE podría haber obviado la negativa de De Wever y seguir adelante, como hacen normalmente con otros países cercanos al régimen de Vladímir Putin, sobre todo Hungría. A pesar de que Bélgica esté gobernada por un ultra, la tienen completamente en cuenta, juega un papel central en la UE y en ningún caso se ha convertido en una suerte de oveja negra del bloque comunitario.
La situación es similar en el caso de Finlandia, donde los conservadores gobiernan con los ultras, o en países como República Checa o —antes de que los democratacristianos recuperaran el Ejecutivo— en Polonia. De hecho, en el caso de Finlandia y Polonia, son dos países que, en gran parte gracias a su liderazgo contra el expansionismo ruso y en ayudar a Ucrania, han ganado influencia en las instituciones europeas durante los últimos años y son socios completamente fiables de la Unión Europea.
Los ultras, una pieza clave en el Parlamento Europeo
Ursula von der Leyen no solo recibió con las manos abiertas a Meloni en la Comisión Europea, sino que también fue determinante a la hora de cortar el cordón sanitario que la familia demócrata cristiana mantenía con la extrema derecha, especialmente en el Parlamento Europeo. En las últimas elecciones, la dirigente alemana incluyó dentro de la conocida como la gran coalición, que forman populares, socialdemócratas y liberales (y ahora también los verdes), a los ultras. La única condición que puso fue que dieran su apoyo a Ucrania y a la OTAN, y fueran contrarios al régimen de Putin. Es decir, un traje hecho a medida al grupo europarlamentario que lidera Meloni, Europeos Conservadores y Reformistas (ECR).
Pero la influencia de los ultras no se acaba en ECR. El Partido Popular Europeo está pactando cada vez más con los otros grupos ultras del Europarlamento, como los que lideran Marine Le Pen y Viktor Orbán. Ya forman la conocida coalición venezolana, porque la primera vez que votaron juntos fue para tramitar una declaración en defensa de la oposición de Venezuela. El texto acordado entre el PP Europeo y los ultras condenó "el fraude electoral" de los comicios venezolanos, un extremo que no era la posición de consenso de los grupos parlamentarios de centro y de izquierdas de la Eurocámara y, de hecho, tampoco del global de la Unión Europea.
Después de esta resolución, el PP Europeo ha ido lanzando amenazas veladas a los socialdemócratas y, en ocasiones en que los socialistas se ponen duros en alguna negociación, los conservadores recuerdan que tienen una alternativa: la coalición venezolana. Con esta estrategia, la familia conservadora ha conseguido debilitar el poder de negociación de los partidos que tiene a su izquierda.
Así, los populares pactaron con todos los ultras una ley ómnibus impulsada por la Comisión Europea que supone una gran reducción de las normas y controles que se les exigen a las grandes empresas en materia ecológica y de derechos humanos. Los ultras celebraron, y mucho, esta alianza y confirmaron su intención de dejar de criticar la UE y sus líderes desde los márgenes para entrar a formar parte del centro de decisión de las instituciones europeas.
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