Opinión
Semana Santa: ¿qué tradición?

Escritora y doctora en estudios culturales
Cuando mi abuela Luciana me llevaba de la mano a ver procesiones yo me estremecía entre el ritmo de los pasos, el olor a incienso y el sentimiento que le entraba a ella hasta las lágrimas a raíz de aquel desfile. Era capaz de hilvanar una historia bíblica a partir de las esculturas, y me la contaba bajito, susurrando, mientras se persignaba tocando centímetros de una ropa elegante, pues debíamos, si no estrenar, sacar las mejores galas del armario para la ocasión, al igual que los zapatos. Un año, mi madre me compró unas manoletinas de piel rematadas con una flor que yo arranqué cuando todo el mundo dormía, porque me parecía una cursilada; pero otro, mi abuela –ella sí sabía– me regaló un par de charol sin moña que aún hoy me pondría si las tuviera adaptadas a mi talla. Siempre me gustó la Semana Santa, como lugar de reunión familiar que invitaba a la excepción, no sólo respecto al atuendo, sino también, por ejemplo, en lo concerniente a la comida: qué rico el bacalao frito, y los pestiños. Décadas más tarde, ya fallecida su fervorosa espectadora, he seguido sintiendo que aquella festividad me pertenecía, debido a ese componente espiritual que guarda mucho de baúl afectivo y memoria. Sin embargo, algo se ha roto en la ecuación y no sólo porque falten mis mayores: quizá su finalidad última, lo que volvía especiales los encuentros y albergaba el deseo de esperar justo al mismo instante del año siguiente.
Recientemente, una cofradía multitudinaria de Sagunto (Valencia) ha votado por mayoría de dos tercios de cofrades –todos hombres– impedir que las mujeres participen en las caminatas destinadas a pasear a los santos en angarillas. La decisión ha desatado no pocos detractores, e incluso el gobierno ha puesto el foco en el asunto por una posible violación de las premisas democráticas de igualdad con que intentamos regir la vida. El argumento adoptado para tal sentencia es tan sencillo como demoledor: "la tradición es la tradición" –dijeron–, como fuente inamovible de unas prácticas que, por definición, mutan a lo largo de la historia. En el Malleus maleficarum (1487), dos frailes alemanes propusieron novedosos métodos de tortura y muerte para las brujas, señoras a las que asumían pactando con el diablo. Gracias a ese libro, sabemos, miles de féminas inocentes fueron quemadas en la hoguera, instaurándose así una tradición que también caló en España, aunque de manera más minoritaria que en el norte de Europa. Lo curioso es que los autores del famoso libro se quejaban de que los castigos fuesen tan blandos: antiguamente se arrojaba a los herejes a las fieras –reportaron–; ahora se prefiere que ardan, sólo porque la mayoría son mujeres. ¡Qué benevolencia!
Quizá debamos dar las gracias por haber superado aquella fase de violencia, pero lo que quiero resaltar aquí es el hecho de que, con la tradición, nunca llueve a gusto de todos. Tradicional fueron las palizas y los llamados "crímenes pasionales", la homofobia, pero también –durante otras épocas– la tolerancia religiosa entre judíos, cristianos y musulmanes. En cuanto a la abarcadura de mi propia memoria, considero tradicional una juntura social en torno al compás de los nazarenos y nazarenas, sus cirios y la banda de música que los acompañaba por unas calles libres de turistas. Porque todo el mundo compartía unos códigos de respeto ceremonioso y sólo se alzaba la cámara de profesionales, los elementos de la performance penetraban de forma profunda hasta en los corazones más descreídos. Ahora acuden hordas de visitantes que, en Andalucía, desde donde hablo, anegan cada vericueto e impiden el tránsito incluso en situaciones de emergencia; la colonización masiva del espacio público se da, además, en unos cascos históricos donde algunos lugareños tampoco viven: sólo se acercan, en sus coches, cuando les conviene, reclamando más aparcamientos antes de retornar a la España de las piscinas, que diría Jorge Dioni. El carácter popular del ritual queda profanado por butacas de pago a lo largo de los trayectos; la fe –que solía ser austera– se mide en ocupación hotelera y miles de euros. Supongo que esos okupas no importan tanto en las agendas políticas, pero tradición, lo que se dice tradición, no son.
Tampoco recuerdo yo que antaño se llegase al fin de la cuaresma en AVE, aunque en Málaga andan rasgándose las vestiduras porque la alta velocidad ferroviaria no funciona, como consecuencia de las últimas lluvias atroces, y eso repercute directamente en el descenso del turismo. ¿Qué parte de los usos y costumbres se valora y cuál no? Si queremos que lo habitual continúe inexpugnable, ¿no deberíamos propugnar una celebración calmada entre vecinos que no perciban, de madrugada, las ruedecitas de maletas dirigiéndose hacia la cerradura sin llave, apenas el código bajo el cartel que reza "AT"? Y las niñas de merceditas de charol acurrucadas bajo las faldas de sus abuelas; y la absoluta mudez reverencial frente a la procesión del silencio, ¡ah!, cuando no había borrachos que la perturbasen. Lástima de tradición crematística rabiosamente contemporánea, nunca protegida por ningún corpus jurídico.
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