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Mis encuentros con Fidel

“El día que me muera de verdad nadie se lo va a creer”, dijo el comandante a un grupo de periodistas cuando apareció la enésima noticia en Miami que anunciaba su muerte. 

Fidel Castro conversa con el periodista Fernando Ravsberg. ALEJANDRO PÉREZ

FERNANDO RAVSBERG

LA HABANA.- Fue realmente impresionante ver aparecer a Fidel Castro caminando por el Malecón, sin escolta, y meterse en medio de la trifulca que en ese momento –5 de agosto de 1994- se desarrollaba entre cientos de partidarios y opositores a su gobierno. Como por arte de magia la imagen se congeló, los que protestaban dejaron de arrojar piedras y los que los reprimían bajaron sus garrotes. Tardaron todos unos minutos en salir de su asombro pero cuando lo hicieron fue para corear un nombre: ¡Fidel!, ¡Fidel!.

Pasó caminando a medio metro de nosotros, hubiera bastado estirar la mano para tocarlo pero en ese momento llegó la escolta con un jeep abierto en el que lo sentaron casi a la fuerza, mientras el no paraba de hablar. Recorrió todo el malecón habanero y enseguida este se llenó de sus partidarios, desalojando a los detractores que, presionados por
la situación económica, reclamaban su derecho a emigrar.

Yo había llegado a trabajar como corresponsal extranjero 4 años antes, cuando en toda Europa se decía que tras la desaparición de la Unión Soviética, caería Cuba. Pero Fidel Castro dijo que resistirían, creo un plan de guerra para enfrentar la situación económica que sobrevenía como consecuencia de perder el 75% de su comercio exterior y todo su
abastecimiento de petróleo. Se preparó incluso para resistir una “opción cero” de combustibles y alimentos.

Es un hombre de conversación extensa y un difícil oponente verbal. Responde con preguntas y destruye al adversario a partir de sus respuestas.

En 1993 estuve en Santiago de Cuba, durante el acto del 26 de Julio. Allí Fidel Castro anunció que el modelo socialista cubano se flexibilizaría para poder subsistir. Legalizó el uso del dólar, permitió el trabajo de los autónomos y abrió la economía a la inversión extranjera. Sin embargo, no pudo evitar un dejo de amargura cuando le dijo al líder del FMLN, Shafick Handal, quien hubiera pensado que íbamos a tener que hacer estas cosas.

Desde que llegué a la isla pedí una entrevista con él, tal y como hacemos todos los periodistas extranjeros, pero oficialmente nunca llegó. De todas formas pude “acorralarlo” en 1996, en una recepción de la embajada mexicana. Le hice 8 preguntas en 24 minutos, al parecer fueron demasiadas porque en un momento me preguntó con tono irritado
“¿Me vas a dejar hablar?”. Poco después el jefe de su escolta pasa por detrás, le toca la espalda y Fidel se despide de mí.

Un hombre en la puerta de su vivienda en La Habana, en cuya fachada tiene pintado un retrato de Fidel Castro. REUTERS/Stringer

Es famoso por hablar mucho, tiene incluso el record en las Naciones Unidas. Sin embargo, si me guiara por las dos cenas en las que participé tendría que decir que es un hombre parco de palabras. Se acababan los años 90 y decidió invitar a comer a una docena de
periodistas extranjeros. Empezamos bebiendo un mojito a las 8 de la noche y nos despedimos de el a las 4 de la madrugada. Hizo infinidad de preguntas sobre nuestro trabajo informativo y los problemas que enfrentábamos pero hablo muy poco.

Después de medio siglo en el poder, los cubanos no se imaginaban lo que sería su vida sin Fidel

Lo cierto es que es un hombre de conversación extensa y un difícil oponente verbal. Responde con preguntas y destruye al adversario a partir de sus respuestas. En la inauguración de un hotel de Varadero, un periodista español le dijo que había notado que la gente ya no apoyaba la revolución como antes. Castro le preguntó cuánto tiempo llevaba en Cuba y cuando el colega le respondió 4 días, le dijo que era sorprendente como, en tan poco tiempo, había podido hacer semejante encuesta.

Después de medio siglo en el poder, los cubanos no se imaginaban lo que sería su vida sin Fidel. El país entero contuvo la respiración cuando la TV anunció que el “Comandante en Jefe” se sometería a una peligrosa operación por lo que cedía todos sus cargos antes de entrar al quirófano. En esos días vi lágrimas de muchos fidelistas y alegría en sus enemigos quienes esperaban que la naturaleza hiciera lo que ellos no habían logrado. Pero en el grueso de los cubanos había, sobre todo, mucha incertidumbre sobre lo que sería el futuro sin él.

Fidel Castro sobrevivió a la operación, como antes al Bogotazo, al asalto al Cuartel Moncada, al viaje en el yate Granma, a la lucha en la Sierra Maestra, a los 600 atentados planeados por la CIA, la mafia y los anticastristas. Como sobrevivió también a las cientos de veces que apareció la noticia de su muerte en la prensa de Miami. Riendo nos
dijo a un grupo de periodistas: “El día que me muera de verdad nadie se lo va a creer”.

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