La ONU certifica su impotencia ante un mundo cada vez más violento, unilateral e impredecible
La Asamblea General de Naciones Unidas concluye con más liturgia que materia su semana de debate y confirma que el mundo atraviesa una transición marcada por el unilateralismo de viejas y nuevas potencias y de actores medianos que no quieren quedarse fuera del nuevo equilibrio de poderes.

Madrid--Actualizado a
La 81ª Asamblea General de Naciones Unidas no ha descubierto nada nuevo, pero sí ha servido para ratificar varias cosas, y eso no es poco. La AGNU, que debería ser el foro del multilateralismo y el diálogo, ha confirmado en su semana de debate que el mundo atraviesa una transición geopolítica impredecible, violenta y marcada por el unilateralismo de viejas y nuevas potencias, pero también de actores medianos que saben que el tablero se mueve y no quieren quedarse fuera del nuevo equilibrio de poderes.
António Guterres, a unos cien días de abandonar la Secretaría General, abrió el martes el debate con un diagnóstico sin paliativos: "Las líneas de fractura en nuestro mundo se están ampliando. Las grietas se han convertido en cañones". El portugués describió un poder que se reconfigura en tres direcciones —la emergencia de nuevas potencias estatales, la transferencia de autoridad de los gobiernos a corporaciones privadas e individuos, y el peso creciente de la inteligencia artificial y las armas autónomas en decisiones antes reservadas a los humanos— y volvió a reclamar la reforma de un Consejo de Seguridad en el que la ausencia de representación permanente africana es "injusta e indefendible".
El Consejo de Seguridad, cúspide de la arquitectura de Naciones Unidas, sigue operando con la lógica de la posguerra: cinco miembros permanentes con derecho de veto —Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido— y ningún asiento permanente para África ni para América Latina, dos regiones de un sur global que concentra la inmensa mayoría de la población del planeta y una creciente influencia económica y política. Ese diseño explica, entre otras cosas, muchos conflictos cronificados ante la pasividad de Naciones Unidas, la parálisis ante Ucrania y Gaza, bloqueadas una y otra vez por los vetos de Moscú y de Washington.
Lula da Silva, que reabrió el debate en su décima participación en la Asamblea General como jefe de Estado, lo formuló con crudeza: "Somos todos rehenes del inmovilismo de un Consejo de Seguridad que no cumple su papel". Y añadió que "las concesiones a la ley del más fuerte ya han sobrepasado los límites". Al día siguiente, Pedro Sánchez propuso directamente suprimir el veto: "Ningún país debe ser juez y parte a la vez, por muy poderoso que sea".
La soberanía del fuerte
Donald Trump habló justo después de Lula y dedicó buena parte de su intervención a Irán, una guerra en la que el magnate republicano se encuentra empantanado desde que el 28 de febrero comenzaron los bombardeos estadounidenses e israelíes sobre el país persa. Planteó así su dilema: un acuerdo que permita a Irán reconstruirse "o aniquilo a la República Islámica, y lo hago rápido". Habló de "empujarlos al infierno sin ninguna posibilidad de supervivencia" y describió a la Corte Penal Internacional como una institución "llena de gente malvada" de la que los Estados deberían retirarse.
Un alegato a la violencia como eje rector de las relaciones internacionales que ratificó nada más bajar del atril para firmar con Dinamarca y Groenlandia un acuerdo que, según sus palabras, otorga a Washington "control permanente sobre la seguridad" de una isla que a principios de año había amenazado con invadir si no se respetaban sus pretensiones. En la misma línea, Trump apareció esa noche junto a Delcy Rodríguez en un hotel de Manhattan: ella, con los dedos en uve; él, con el pulgar en alto. Horas antes, la presidenta encargada había escuchado impasible en el hemiciclo cómo el estadounidense reivindicaba la operación con la que en enero sus tropas se adentraron en Caracas y secuestraron a Nicolás Maduro —"fue una guerra", dijo—, presumía del "mayor acuerdo petrolero de la historia" y resumía su doctrina en una frase: "Al vencedor le pertenece el botín". Ese mismo día, según su asesor, María Corina Machado intentó tres veces entrar en Venezuela y fue rechazada. Al día siguiente, desde el atril en el que en 2019 acusó a Washington de "terrorismo económico", Rodríguez agradeció a Trump "su disposición a retomar el camino de las relaciones diplomáticas y de cooperación", redujo el ataque a una "confrontación agudizada con los Estados Unidos de América" y prometió que "habrá elecciones", sin fecha. No mencionó a Maduro, preso a pocos kilómetros, en una cárcel de máxima seguridad de Brooklyn.
Al día siguiente, mientras el representante estadounidense abandonaba la sala, el presidente iraní, Masoud Pezeshkian, respondió: "Irán no busca un trato especial. Buscamos igualdad de derechos". La semana anterior, un informe del Consejo de Derechos Humanos había hallado "motivos razonables" para creer que Estados Unidos cometió crímenes de guerra en ataques contra una escuela y una zona residencial iraníes en febrero.
Violencia sin coste
El jueves fue el turno de Benjamín Netanyahu, sobre quien pesa desde noviembre de 2024 una orden de detención de la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra y de lesa humanidad en Gaza, donde una comisión de investigación de la ONU concluyó hace un año que Israel ha cometido genocidio, extremo que el Gobierno israelí niega. Cuando subió a la tribuna, por tercer año consecutivo, las delegaciones de casi todos los países árabes y musulmanes abandonaron la sala, seguidas por varias africanas, europeas y latinoamericanas. "Si hay algún otro cobarde moral que aún no haya abandonado esta sala, por favor, que lo haga ahora", respondió el israelí, que justificó así el ataque contra las instalaciones nucleares iraníes: "Si no lo hubiéramos hecho, todos estaríamos muertos"; una amenaza nuclear que organismos atómicos internacionales no han podido probar.
El plante fue la única sanción al alcance de la Asamblea. Estados Unidos no reconoce la jurisdicción de la Corte, y el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, que prometió en campaña detener a Netanyahu, admitió en julio que carecía de autoridad legal para ello. Guterres había pedido el martes el cumplimiento de las órdenes de la Corte Internacional de Justicia sobre Gaza; dos días después, el destinatario de una orden de arresto internacional habló desde el mismo atril sin más consecuencia que un hemiciclo medio vacío.
En Ucrania, tampoco hay tregua a la vista. Serguéi Lavrov avisó el miércoles en Nueva York de que Moscú no pausará su "operación militar especial" durante las negociaciones, "sea cual sea su formato". El mismo día, Volodímir Zelenski describió a Putin como el "paciente cero" del que "sigue propagándose esta idea de la guerra". La metáfora alcanza más allá del Kremlin: tras más de cuatro años y medio de invasión, casi tres años de devastación en Gaza —con altos el fuego que Guterres llamó "fuegos menores"— y casi siete meses de guerra en Irán, la fuerza ha dejado de ser el último recurso para convertirse en una herramienta ordinaria con la que redibujar fronteras y zonas de influencia en esta transición desordenada.
La mesa paralela
Ese mismo miércoles, Trump recibía en persona a Xi Jinping en la base de Andrews para una visita de Estado de tres días sin escala en Nueva York, adonde Pekín envió al vicepresidente Han Zheng. El gesto contrasta con el libro blanco sobre gobernanza global que China publicó en junio, que define a la ONU como el "núcleo" del orden internacional. Las dos principales del mundo decidieron verse cara a cara al margen del mayor encuentro internacional del mundo. En el nuevo orden internacional el mutilateralismo da paso al unilateralismo y el acuerdo individual.
El magnate republicano fue más allá y decidió organizar una cena de Estado al margen de la Asamblea General que tenía lugar en Nueva York. Trump organizó el jueves un pomposo convite en Washington al que invitó a Elon Musk, Tim Cook, Jeff Bezos, Jensen Huang y Sam Altman. Un día antes, Altman había comparecido ante el Consejo de Seguridad junto a Dario Amodei, de Anthropic, y Clément Delangue, de Hugging Face, empresa que sufrió en julio un ciberataque ejecutado de forma autónoma por un agente de inteligencia artificial de OpenAI. Altman admitió que estos sistemas "podrían concentrar demasiado poder en muy pocas manos"; Amodei fue más lejos: "Si se gestiona mal, creo que la IA podría ser un riesgo para la humanidad en su conjunto".
El martes, Trump había sido tajante: Estados Unidos "rechaza totalmente cualquier intento de construir un esquema globalista" para controlar la inteligencia artificial, porque "quien gane la superinteligencia, gana". "Vamos a fomentarla, no a frenarla", zanjó, un día después de que una veintena de países, en su mayoría europeos, reclamaran controles vinculantes que ni Washington ni Pekín respaldaron.
Liturgia del multilateralismo
Sánchez subió a la tribuna para "defender aquello que muchos están intentando destruir", reclamó "imponer a los tecno-oligarcas una regulación estricta" y advirtió de que "la mayoría de las voces que hoy se obcecan en criticarla no están describiendo su fracaso: están tratando de provocarlo". Cosechó un largo aplauso. Lula, a doce días de unas elecciones en las que se mide a Flávio Bolsonaro, aliado de Trump, habló tanto al mundo como a su electorado. Pero las ovaciones del plenario no alteran el reparto de poder en la sala contigua: el artículo 108 de la Carta exige que cualquier enmienda sea ratificada por dos tercios de los Estados miembros, incluidos los cinco permanentes, de modo que suprimir el veto requiere el consentimiento de quienes lo ostentan.
La misma lógica gobernará la sucesión de Guterres, cuyo mandato expira el 31 de diciembre. Sánchez pidió que le suceda "una mujer latinoamericana", pero el secretario general es nombrado por la Asamblea a recomendación del Consejo de Seguridad, donde cualquiera de los cinco puede vetar a un candidato, como hizo Washington en 1996 con el segundo mandato de Butros Butros-Ghali. Quien herede el cargo del hombre que ha denunciado durante casi una década la parálisis del Consejo necesitará, antes que nada, el visto bueno de los cinco.
Y así, con más liturgia que materia, concluyó la semana de debate de una Asamblea General que solo fue capaz de ratificar su impotencia ante un mundo cada vez más violento e impredecible.


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