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La rebelión en la granja de Cristina Fernández

Los pequeños agricultores piden un trato diferente al de los latifundistas

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Yo no veo mal las retenciones. Hay que ser solidarios con los que menos tienen. No es lo mismo el que tiene más de 1.000 hectáreas y saca el dinero al exterior que yo, que tengo 200 y reinvierto todo en mi país. El Gobierno no puede meternos a todos en la misma bolsa". Quien así habla es Gustavo Arias, un pequeño productor de 44 años de la provincia de Santa Fe, apostado en el piquete de la ruta 34 y la AO12.

El humo de los neumáticos quemados forma una cortina alrededor de este grupo de 20 productores que no están asociados a ninguna entidad rural. Todos se conocen, incluso con los camioneros. "¿Ustedes me van a parar a mí perejiles? ¿Ustedes y cuántos más?", bromea al paso un camionero que transporta granos. "Acá nos conocemos todos. Somos un desastre. No paramos a nadie", dice Gustavo.

Gustavo es uno de los miles de trabajadores del campo argentino que estos días protagonizan la mayor revuelta contra la presidenta Cristina Fernández de Kirchner desde que asumió el cargo hace más de tres meses. El Gobierno desató la ira del sector rural al subir el impuesto sobre la renta de los agricultores del 33% al 44% con la excusa del aumento del precio internacional de los productos agrícolas.

Tras 16 días de paro, el pasado jueves la presidenta Cristina Fernández tendió la mano al campo, distinguió entre pequeños y grandes productores, y llamó al esperado diálogo. La acogida fue buena y las entidades levantaron la medida de fuerza. Pero tras la reunión del viernes, las entidades criticaron la falta de propuestas concretas y aludieron que el diálogo con el Gobierno fue un compendio de "generalidades". Y Gustavo volvió al piquete en la carretera.

Casado y con dos hijos, Gustavo vivió en Albacete entre 1990 y 1997. Amante de los poetas de la generación del 98, dice que sentía una "llamada" para vivir en España, donde se dedicó a la fotografía y a la publicidad. Allí sus manos no eran las de un labrador. Pero la familia y la tierra motivaron la vuelta de este hombre de clase media del campo, que ingresa unos 4000 pesos (900 euros) por mes -"un buen sueldo", dice- que le permite vivir mejor que muchos, pero sin lujos.

En 2007, el campo que labra en sociedad con su cuñado produjo cerca de 60 toneladas de soja, 35 toneladas de maíz y 30 toneladas de trigo. En 11 años pasó de tener 20 a 100 vacas. Tienen un empleado fijo y durante la cosecha contratan a otra persona. "Hacemos todo a pulmón", dice, pero reconoce que pocos tienen su suerte. Su campo está en la denominada Zona Núcleo, que reúne los mejores suelos con inmejorables condiciones climáticas. Además, la cercanía con el puerto de Rosario, abarata todos sus costes.

En Argentina, el 70% de los productores son como él. Estos 300.000 gustavos poseen menos del 5% de la superficie cultivable. Son los que sobrevivieron a la difícil década de los noventa sin vender el campo. Pero su porción de tierra es mínima. Del otro lado, tan sólo 2.000 productores son responsables por el 80% de la producción de soja -45 millones de toneladas- del país.

Tras 18 días de conflicto, Gustavo tiene a flor de piel la necesidad de diferenciar las castas en el campo. El Gobierno "cometió un error al generalizar", sentencia. "Los que están en las rutas no son golpistas, ni los ricos que sacan el dinero al exterior. Trabajamos la tierra con nuestras manos, damos trabajo y asumimos todos los riesgos de una mala cosecha", dice.

"No somos insolidarios"

Le duele haber sido tachado de oligarca que conduce una camioneta 4X4 -"yo tengo una Ford F-100 del año 86, ahí está, la rojita", dice Gustavo-, y como golpista. Por el contrario, se siente identificado con la Federación Agraria, y recupera la historia de uno de sus fundadores, Antonio Noguera, un anarquista español que participó en el Grito de Alcorta, cuando los colonos se rebelaron contra los precios de arrendamiento de los grandes terratenientes a principios del siglo XX.

"Nosotros somos el campo y los que estamos en las rutas. Y no se confundan, no somos insolidarios. No tengo problemas con que me retengan el 35% de la renta. Es justo. Pero el 44% es demasiado. Espero que la presidenta entienda que somos los que poblamos el país y damos trabajo. Somos la historia viva de la cultura agrícola de la Argentina", concluye.