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"De nada ha servido ser el icono del terremoto"

Kiki, el niño rescatado cuya foto dio la vuelta al mundo, malvive en una aldea

SUSANA HIDALGO

Cuando hace un año las noticias que llegaban de Haití hablaban sólo de muerte, la imagen de un niño eufórico, haciendo una cruz con sus brazos en medio de una nube de bomberos y de vecinos aplaudiendo dio la vuelta al mundo. El pequeño, Kiki Joachim, fue rescatado junto a su hermana Sabrina después de pasar nueve días sepultados en vida bajo los escombros. Sin comida ni bebida. Público asistió en directo al rescate, que duró más de seis horas y en el que participaron bomberos estadounidenses. El niño y su sonrisa se convirtieron en un icono de la supervivencia.

Un año después, seguir la pista de Kiki y de su hermana Sabrina no es tarea fácil. Su casa se destruyó por el terremoto y su familia, como otras muchas, tuvo que emigrar fuera de la capital. Su nueva casa, en Jacmel (en el sureste), está a casi tres horas de Puerto Príncipe.

"Mucha gente prometió cosas, pero no nos dieron nada", dice el padre

El pequeño Kiki vive en una choza hacinado con otras seis personas, y ya no queda rastro de la sonrisa que le cruzó la cara en el momento del rescate. De fondo suenan cánticos de ritos vudú y el chaval corretea con sus amigos en un entorno lleno de vegetación y por el que deambulan gallos y cerdos. Cuando el niño, de 8 años, se incorpora a la conversación, encadena un monosílabo detrás de otro: "¿Te acuerdas del terremoto?". "Oui". "¿Y del rescate?". "Oui". "¿Y de los bomberos?". "Oui", contesta el niño con congoja.

 
Kiki Joachim en el momento en que fue rescatado.

Aunque Kiki va al colegio (tiene que caminar todos los días dos horas de ida y dos de vuelta para llegar), no podrá hacerlo por mucho tiempo. "No hay dinero para pagar la escuela", sentencia Audinel, su padre. "Mi hijo fue el símbolo del terremoto, pero no ha servido de nada. Mucha gente prometió cosas, pero no nos han dado nada", continúa explicando a este diario. Él y su esposa, Gracia, perdieron a dos de sus cinco hijos en el terremoto.

Aunque Kiki va al colegio lo dejará pronto. Su familia no puede pagarlo

En el momento del rescate, Kiki y Sabrina salieron bien, el niño sólo lloró cuando una enfermera le pinchó para ponerle el suero fisiológico. Recién montados en la ambulancia, alguien gritó: "¡El padre, el padre!", y fue entonces cuando apareció Audinel, conmocionado, preguntado por sus hijos y sin apenas poder caminar.

"Los niños tienen pesadillas, estrés", explica ahora Gracia, la madre. "Pero no tenemos dinero para llevarles al médico", continúa. Kiki se acuerda mucho de su hermano Didi, que también se quedó encerrado con ellos y que murió antes de que pudiera ser rescatado. El crío, mientras trata de olvidar la pesadilla, sueña con trabajar como conductor y tener su propio coche.

En la fecha del primer aniversario de todo aquello, Sabrina, de 11 años, no tiene ganas de recordar los nueve días que los dos estuvieron bajo tierra, encerrados en la salita donde hacían los deberes. "Fue una buena hermana mayor", dice orgullosa su madre. La niña sólo sonríe cuando se le recuerda que, al ser trasladada al hospital, no soltaba de su mano una muñeca que la acompañó durante todos los días del cautiverio. "Tenía la muñeca, pero un gato le comió el otro día la cabeza", cuenta en dialecto creol. Al rememorarlo, ella y sus hermanos, por fin, recuperan por un momento la infancia y se parten de la risa.

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