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Sáhara Campamentos Una vida al calor del Sáhara en plena pandemia

Tienen todo en contra, pero aguantan. El coronavirus ha llegado a los campamentos saharauis en mitad de una ola de calor insoportable, que además, ha coincidido con la festividad más importante del Islam.

Los ojos de Salka, tapada con melfa. JOSE CARMONA.
Los ojos de Salka, tapada con la melfa. JOSE CARMONA.

Una tarde española, cuando el calor apremia al ardor de la comida recién finiquitada, puede llegar a complicarse. El sudor derramado en el sofá, el agua en la nevera aún por enfriarse y los helados que no satisfacen ni compensan el fuego veraniego que irrumpe por esa ventana inocentemente abierta desde la mañana, cuando una pequeña brisa dio algo de tregua.

El verano en España, que no es moco de pavo, no tiene parangón con los meses de calor que sufre el pueblo saharaui, afincado en los campamentos a las afueras de Tinduf, la ciudad argelina que delimita el inicio el yermo, el comienzo de la nada hasta Tombuctú y Kifa, las primeras urbes al sur del desierto. Unos 2.000 kilómetros de vacío inhabitado, escasamente interrumpido por pequeñas poblaciones, nómadas, y algún que otro beduino.

El verano en los campamentos de refugiados alcanza sin demasiado esfuerzo los 48 grados a media tarde. El sol abrasa el terreno que Argelia cedió al pueblo saharaui en su lucha por reconquistar la tierra que Marruecos le arrebató durante la guerra. El conflicto, congelado desde 1991 con un alto al fuego, está pendiente de un referéndum de autodeterminación que nunca se llegó a realizar.

Salka, una joven de 28 años, residente en el campamento de Bujador, combate el acaloramiento con un aire acondicionado de marca española. El aparato, similar a los pingüinos de los hogares españoles, trabaja a todo tren para intentar equilibrar la balanza y ofrecer una temperatura que no genere desánimo, desesperanza, desilusión. El chisme hace tanto ruido que incluso puede resultar más molesto que el propio calor. Ataviada con una de sus decenas de melfas, la joven suda y espera que den las 21.00 horas para que la temperatura descienda hasta cifras menos criminales para salir a la calle. Junto a su hija Lita, que está a punto de cumplir tres años, viven en Agty, una de las dairas administrativas, y esperan a que el sol ofrezca una tregua mínima para respirar aire alejado de la quemazón del aparato refrigerante.

Las noches en Tinduf y sus campamentos saharauis rebajan la temperatura drásticamente, pero el calor sigue siendo mortal. Las noches de julio y agosto se estancan en 30 grados, lo que podría ser un día caluroso en el norte de España. Las ciudades costeras saharauis bajo control marroquí no sufren este calor tan agresivo. Dajla o Bir Ganduz, en el sur del Sáhara Occidental y casi colindando con el sur de Mauritania, tienen máximas de veinticinco grados e incluso amenazas de lluvia. Temperaturas similares a las de las Canarias, islas geográficamente muy cercanas. El contraste entre lo que viven en los campamentos y lo que vivirían en sus tierras es flagrante, un agravio comparativo. De un calor como el que expulsa una caldera de una locomotora a una apacible brisa marina. Consecuencias de la invasión marroquí y del abandono de España, cuestión que nunca ha vuelto a enfrentar cara a cara.

El Sáhara, si no fuera por la buena gente que lo habita, sería el infierno en la Tierra

El calor, lejos de su utópica versión de videoclip regguetonero, no pone las cosas fáciles. Durante una de estas jornadas estivales, Salka cuenta que, a mitad de mañana, la luz se les ha ido: "No podemos usar el aire acondicionado", comenta incluso antes de desear buenos días. Es común en la comunidad saharaui que los aparatos no puedan soportar el calor y colapsen. "Pasa mucho, suele durar un día", comenta la joven, que aprendió español en los veranos que pudo abandonar el desierto para pasar los días con familias españolas. Es fácil encontrar en la instalación de estos aparatos, habitualmente colocados por fuera como en las terrazas españolas, un paraguas que actúe de parasol, para que la máquina no colme tras sus esfuerzos titánicos por generar frío en el desierto. Aun así, hay días que son incapaces de ello. El Sáhara, si no fuera por la buena gente que lo habita, sería el infierno en la Tierra.

Y llego el coronavirus

Casi como puntilla para esta época del año, casi como puntapié definitivo para caer en el agotamiento mental, los saharauis tienen ahora que combatir la covid-19. El virus, que hasta hace una semana no había llegado a los campamentos gracias a las intensas y exigentes medidas impuestas en la zona, ha filtrado desde Argelia. La última semana de julio se reconocieron cuatro casos de coronavirus y allí rezan con que no se sume al ya pesado saco de problemas que tienen que soportar a diario.

La ministra saharaui de Salud, Jira Bulahi, confirmó el 23 de julio los primeros cuatro casos positivos de covid-19 en los campamentos donde más de 200.000 saharauis viven desterrados desde que Marruecos ocupara el Sahara Occidental en 1975. El Frente Polisario, movimiento de liberación saharaui y órgano que administra los campamentos, ya ha repartido y puesto a disposición los primeros lotes de mascarillas para que la población no propague un virus que podría hacer un daño irreparable en la ya frágil estructura saharaui.

Desde entonces, no hay nuevos datos, pero los saharauis tienen que vivir. Salka acude al mercado con normalidad y una de sus hermanas, Krakiba, bromea con la melfa, con la que se tapa la boca durante una videollamada, dice, para prevenir el coronavirus. El siempre presente buen humor saharaui no lo frena la pandemia, como tampoco frenó que España, pese a haber sido arollada y derrumbada con miles de muertos, perdiera la gracia al verse enfrentada a la desidia.

En mitad de todo, fiesta

Lita, hija de Salka, vestida para celebrar el Eid Al-Adha.

No se pueden sumas más adversidades, y sin embargo, los saharauis explotan de júbilo. Sin tierra, sin futuro, con calor y con virus. Y sin embargo. El carácter rocoso de un pueblo que no se rinde se puede comprobar en matices, en rutinas.

En pleno ojo del huracán, allí en el Sáhara, tocó celebrar el Eid Al-Alha, que en 2020 cayó el 31 de julio. Un hito del calendario musulmán y que también se celebra, aunque apenas se sepa, en las ciudades españolas de Ceuta y Melilla.

Durante la celebración, los matrimonios se reúnen junto a sus hijos, matan una cabra, la comen y estrenan ropa nueva. Las mujeres se pintan con gena y los vecinos se visitan para intercambiar felicitaciones. Una celebración de la vida, de la opulencia, que conmemora un pasaje del corán: "Para nosotros es algo parecido a vuestra Nochevieja. Es el día más importante del año", recalca Salka, emocionada con el día que estaba por venir. Recién divorciada, puede pasar el Eid Al-Alha con sus padres y hermanas, de las que es la mayor, y que así su hija juegue con sus tías. Sobre las 22.30h, la jornada llega a su fin, y con ello, Salka se enreda en su cama hasta la jornada siguiente. 

La festividad, que arrancaba nada más amanecer, transcurrió como tienen que transcurrir las fiestas. Sin altercados, sin novedades y sin apuros. La cabra fue devorada por los saharauis que acudieron a casa y Salka se puso de gala para conmemorar el pasaje en el que, por un pelo, Abraham no mató a su hijo Ismael. El coronavirus rondaba las conversaciones, el calor era el protagonista, pero eso no pudo evitar que la familia se reuniese al fuego de la barbacoa. Como si en el Sáhara hiciera falta poner más grados sobre el tapete.

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