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Meirás antes de Franco: los orígenes de un espacio simbólico

Es inevitable: el pazo de Meirás fue epicentro político del régimen de Franco durante todos los veranos de la larguísima dictadura y explica buena parte de lo que somos porque somos producto de un pasado que nos construye y determina.

Pazo de Meirás
Emilia Pardo Bazán en la capilla de Meirás.

La historia de Meirás está repleta de dolor: el de las personas que perdieron sus tierras; el de las que se vieron en la obligación de pagar para agasajar la persona que les había robado el futuro y la vida de sus seres queridos; el de las que sufrían vigilancia, prisión y vejaciones cada vez que venía el dictador; el de un pueblo que tuvo que aprender a renunciar a sí mismo y a su porvenir. Era eso, o la muerte. La disyuntiva entre dos formas diferentes de morir. 

El solar que ocupa el pazo fue escenario de procesos históricos y de acontecimientos decisivos ya desde la baja Edad Media, pero, sobre todo, en la era contemporánea. Todos dejaron alguna huella, y todos pueden ser explicados a través de la interpretación de las piedras, de las estancias, de los ornamentos... Que componen el conjunto. Todos forman parte de la vida de una comarca y de una parroquia, Meirás, y fueron conformando el imaginario colectivo del vecindario. Sin embargo, la memoria de muchas de estas realidades y de la mayoría das personas que poblaron la finca se perdió en el tiempo. Olvidada, deformada, eclipsada.

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Los orígenes remotos del pazo de Meirás

El edificio que hoy asociamos a Meirás tiene apenas 120 años de historia. Sin embargo, a escasos metros, en la misma finca, se yerguen los restos de la construcción primitiva. A pesar de su aspecto actual, muy modificado, hay que retroceder más de seis siglos para localizar su origen. Un elemento nos recuerda aún hoy que fue el caballero Roi de Mondego quien, a finales del siglo XIV, irguió la que por entonces era una fortaleza: su sepulcro se conserva incrustado entre las losetas del suelo de la capilla. 

Cuando la Galicia de las fortalezas, de las reyertas entre familias nobiliarias, dé paso a la Galicia de los pazos, de los señores de la tierra, el edificio mudará sus usos. También, probablemente, su aspecto. Abandonará ese carácter defensivo para dedicar sus salones al ocio confortable de hidalgos e hidalgas. Mientras, las bodegas, corrales y hórreo acogerán los frutos de la explotación agropecuaria y las cuantiosas rentas de un vecindario sometido al poderío económico de sus moradores.

La granja de Meirás, en una fotografía de José Quiroga, padre de Emilia
La granja de Meirás, en una fotografía de José Quiroga, padre de Emilia.

Casa y tierras quedarán indisolublemente unidas por el vínculo que funda, en el año 1630, el sacerdote Pedro Patiño de Mondego, y que hereda su sobrina, Marta Patiño de Lourido. Son estos, a la vez que al antiguo caballero, los primeros nombres que hoy asociamos al pazo de Meirás. Su descendencia se sucederá, generación a generación, hasta que, con la llegada del siglo XIX, el edificio sufra nuevas e importantes vicisitudes. Su propietario, Miguel Pardo Bazán, estudiante de ideas liberales, luchará en la Guerra de Independencia contra los franceses. Las tropas bonapartistas, en castigo, incendiarán la casa a su paso por Meirás. Después vendrá la reforma, con la retirada del escudo heráldico. «Ni piedra de armas tiene, porque la hizo quitar de la fachada un mi abuelo, un liberal vestido en masón, que era entonces el abrigo más caliente del liberalismo», recordaría, años después, Emilia Pardo Bazán («Apuntes autobiográficos», en Los pazos de Ulloa, Cátedra, Madrid, 1997). El pazo, reconvertido en «Granja»; la condición nobiliaria, escondida bajo los espesos muros.

Interior del Pazo de Meirás (1905 a 1915). Fondo Real Academia Galega (RAG)
Interior del Pazo de Meirás (1905 a 1915). Fondo Real Academia Galega (RAG).

En la cronología de Meirás, entre don Miguel –el progresista destructor de blasones– y don Emilia –la escritora transgresora de roles–, ocupó la granja el hijo del primero. José Pardo Bazán fue un activo diputado liberal con inquietudes culturales y económicas. He ahí su Memoria sobre la necesidad de establecer escuelas de agricultura en Galicia (Madrid, 1862). Se casaría con Amalia de la Rúa, una mujer con amplia formación y sensibilidad artística. Producto de este encuentro sería su única hija, nacida y criada en un ambiente propicio a su desarrollo intelectual.

Doña Emilia y Meirás: una relación vital

Es cierto que Emilia Pardo Bazán vio la primera luz en A Coruña, y fue en la ciudad herculina donde transcurrió su infancia. Meirás era el destino idílico de cada verano. La finca adquiría connotaciones cálidas, festivas, bucólicas:

Visita ao Pazo de Meirás en construción [1890 a 1905]. Fondo RAG
Visita ao Pazo de Meirás en construción [1890 a 1905]. Fondo RAG.

«Tengo a dos pasos el bosquecillo cuyas calles en cuesta se abren difícilmente paso por entre macizos de aralias, paulonias, castaños de Indias y retamas de perfume embriagador cuando están florecidas […]. Por las tardes ofrece dilatado horizonte la ancha calle de camelias, que domina toda la extensión del valle y el mar de Sada, caído entre dos montañas como un fragmento de espejo roto» (Pardo Bazán, E.: «Apuntes autobiográficos», RAG. Depósito 1 Caixa 255 5). 

Niños de Primera Comunión en los Jardines de Meirás. 1910-1925.
Niños de Primera Comunión en los Jardines de Meirás. 1910-1925.

Con el tiempo, la condesa de Pardo Bazán –así era conocida en la localidad– iría alargando sus estadías en Meirás, que llegarían a ocupar la mitad más cálida del año. Solo un elemento le faltaba a aquella realidad para satisfacerla plenamente. Una casa a su altura. A diferencia de su difunto abuelo, doña Emilia quería lucir blasones. Quería crear un escenario en el que mostrar su doble condición de noble con título –a pesar de ser de reciente adquisición– y de mujer escritora, independiente y emancipada de cualquiera tutela masculina. Ni granja ni pazo. Un castillo, con sus amenas, su inmenso vestíbulo y una torre entera, la mayor, reservada para los usos exclusivos de la escritora. 

Bebé en los jardines de Meirás. 1910 a 1930.
Bebé en los jardines de Meirás. 1910 a 1930. Fondo RAG.

A caballo entre siglos, iba apareciendo en el alto la silueta de las Torres de Meirás. Enseguida se convertirían en la referencia del paisaje, hasta el punto de sumir en el olvido a la vieja granja, reformada y conservada a escasos metros. Como s¡ la majestuosa mansión de connotaciones medievales siempre estuviera ahí. El edificio había sido producto del ingenio de doña Emilia. A ella había correspondido el diseño del aspecto exterior y de los ornamentos pétreos. En sus estancias discurría la vida de la condesa, que había encontrado su espacio idóneo para la creación literaria y para la recepción de visitantes ilustres: escritores, políticos, miembros de las casas reales europeas... Lo que nunca acabaría por acoger serían sus restos mortales. El sepulcro de piedra creado a tal efecto en la capilla, cerca del del ancestro Roi de Mondego, quedaría vacío tras su muerte en 1921.

El tiempo olvidado: Meirás y los Pardo Bazán entre 1921 y 1938

La descendencia de la autora de La Tribuna seguiría veraneando en Meirás en los años siguientes, cada vez por menos tiempo. Su hijo, Jaime Quiroga, conde de Torre de Cela, optaría por deshacerse del inmenso patrimonio familiar a cambio de liquidez, pero las disposiciones testamentarias de doña Emilia impedían la venta de las Torres. Asociadas al mundo de las letras y de las artes hasta entonces, irían adquiriendo matices castrenses y connotaciones reaccionarias. Los nombres de Jaime Quiroga, su hermana Blanca y, especialmente, el general Cavalcanti, marido de esta última, estarían asociados a los sectores más opuestos al cambio social y político en la España de los 20 y de los 30. Así lo acredita su implicación en los golpes de estado de 1923, 1932 y 1936. El primero haría de las Torres un lugar ligado a la dictadura de Primo de Rivera: Cavalcanti era uno de los hombres de confianza del dictador. En este contexto, los propios reyes visitaron Meirás en 1927. Para recordar tal efeméride, en los jardines se levantó un obelisco.

Jornada en el Pazo de Meirás. 1922 a 1928
Jornada en el Pazo de Meirás. 1922 a 1928.

Estos antecedentes situarían a los moradores ocasionales de la mansión a contracorriente de los nuevos tiempos, que se inauguraron con la proclamación de la República. Como vestigio de una época pretérita, de condes, marqueses, rentas y vasallajes, a la que tocaba archivar en los cajones del pasado. Al lado del pazo las cosas estaban cambiando. El campesinado, al que doña Emilia observaba desde su propia torre de marfil con superioridad de clase, se organizaba ahora en un sindicato anarquista para reclamar justicia y construir un futuro diferente. 

El conflicto entre ambos mundos, el viejo y ek que irrumpía con ímpetu, no tardaría en surgir. El motivo, la venta de unas tierras por parte del conde de Torre de Cela, arrendadas desde época inmemorial a dos familias, y el incremento abusivo en el precio de la renta por parte del nuevo propietario. A los desahucios, ante la imposibilidad de asumir el alquiler, reaccionó el vecindario como nunca antes: tomando y trabajando las tierras por la fuerza. Los periódicos volvían a recoger el nombre de Meirás, pero no para comentar glorias literarias ni los banquetes de gala. Para hablar de rebelión. 

En 1936, después de tres años de un conflicto que se agravaba mes a mes, la sublevación militar sumiría la parroquia en el terror. Comenzaron los asesinatos, las vejaciones, las huidas, los encarcelamientos. Nada, en todo caso, que hubiera hecho presagiar aún lo que sucedería a partir de 1938. Una historia que hoy ya es conocida y que situaría de nuevo el topónimo en la primera plana durante décadas.

Adquisición de Torres de Meirás
Adquisición de Torres de Meirás.

Hubo un tiempo en el que parecía que el mundo giraba alrededor de las Torres de Meirás. Al menos de manera intermitente y estacional. Algo de eso queda. Pocos edificios de su índole atesoran hoy más carga simbólica y más diversa. El futuro parece depararle una nueva vida, producto de un proceso de reivindicación en el que venció el valor del trabajo colectivo; en el que se supo hacer del pazo un lugar de encuentro. Ahora, sus jardines, sus piedras y sus estancias deberán contar las historias de las que fueron testigo. Como un libro abierto.