'El castillo', un retrato de la España putera
Isabel Peña y Eduardo Villanueva exploran con su nueva serie el oscuro mundo de la mafia proxeneta a principios de los 2000, protagonizada por Raúl Arévalo, Omar Ayuso y Valentina Vidal.
La miniserie, dirigida a cuatro manos por Elena Martín y Sandra Romero, da un giro radical en la forma de representar con la imagen la violencia sobre las mujeres.

Madrid--Actualizado a
Un hombre con apariencia de lo más normal, sentado en la barra de un bar de carretera y comiéndose un bocadillo puede ocultar un criminal de lo más siniestro. No todos los delincuentes llevan traje y corbata; algunos simplemente parecen "cutres". Cuentan Isabel Peña y Eduardo Villanueva, las cuatro manos detrás de la aclamada Antidisturbios, que cuando dieron con el libro El proxeneta, de Mabel Lozano, no podían quitarse la idea de este personaje de la cabeza. Así, con esa imagen tan cotidiana, dio sus primeros pasos la serie El castillo.
La miniserie de seis episodios llega a Movistar Plus este 8 de octubre con un objetivo claro: sumergirnos de lleno en el oscuro mundo de la mafia proxeneta en España al comienzo de los 2000. Una serie incómoda y difícil, que "lo más normal habría sido abandonar", admiten sus creadores, pues en su crudeza El castillo saca a la luz un afilado retrato del modus operandi con el que los puteros "de toda la vida" se aprovechaban de mujeres en situaciones vulnerables para hacer negocio a costa de sus cuerpos, a la vista de todos, y con promoción directa de la cultura de la violación en horarios de máxima audiencia e incluso en los telediarios. "Es aterrador que algo así suceda tan a las claras en la sociedad", asegura Eduardo Villanueva.
Los datos lo avalan: España está considerado el primer país consumidor de prostitución en Europa; el tercero en todo el mundo. Según datos del Ministerio de Interior, en 2025 la Policía liberó a 1.869 víctimas de trata y explotación en España, principalmente mujeres y sobre todo migrantes. Es un 4% más que el año anterior y que reafirma una tendencia en alza que no deja de incrementarse desde 2012 -cuando se recopilan los primeros datos-. Antes, no existían informes oficiales en nuestro país sobre esta lacra. Hasta 2010, la trata no era delito en España. Ni siquiera hoy se sabe a ciencia cierta cuántas víctimas hubo (y hay todavía). Con esta información en la mano, es normal que, como admite Peña, tuvieran una sensación de "muchísimo cabreo, muchísima rabia": "No podíamos no contarlo".
A ese hombre normal y aterrador, conocido como Suizo, le da vida un fantástico Raúl Arévalo casi irreconocible, que para esta serie ha engordado hasta 20 kilos. Un proxeneta "sin escrúpulos y mucho tiempo libre" que podría ser un cualquiera: un hombre repostando en una gasolinera, un viajero en el metro, el vecino que siempre saluda en el ascensor. "La gente que hace cosas terribles está ahí, no va con pinta de chungos como en las películas", asegura el intérprete.
Junto a Arévalo, el peso de la serie lo comparten el actor Omar Ayuso y la actriz colombiana Valentina Vidal, que debuta en esta serie. Él interpreta a Gregorio, un agente de policía de la UCRIF (Unidad Central de Redes de Inmigración Ilegal y Falsedades Documentales); ella, a una víctima de trata, Claudia, obligada a prostituirse en el club de Suizo. Ambos papeles ponen de relieve no solo la violencia que sufren miles de mujeres que son víctimas de trata en nuestro país, sino también la indolencia que a principios de los 2000 -y todavía en 2026- existía en la sociedad, con especial énfasis en la figura de los servidores públicos, desde los agentes de policía que se encuentran en cualquier cuartel, a los comisarios, fiscales, jueces… Para Ayuso, "el título de la serie no se refiere solo a los castillos que son los clubs, sino a toda una sociedad que lo ampara con unos valores un profundo machismo y racismo muy adherido a nuestro ADN".
Esto se hace palpable en la violencia que sufre el personaje de Claudia allá donde va, y que muestra la realidad a la que se enfrentan todas las víctimas de trata o mujeres de deuda, como las conocen en la serie, por el sistema que usan los proxenetas para mantenerlas en sus clubs. Una deuda económica que tienen que pagar con lo que ganan de la prostitución, pero que no deja de crecer y crecer. Una estrategia que empieza con la sustracción de lo único que las reconoce como seres humanos con identidad propia en un país desconocido: su pasaporte. "El hecho de no tener un documento no le permite (a Claudia) tener otras posibilidades", señala Vidal. Este es el primer paso para el resto de violencias: la sexual, por supuesto, pero también la física, la psicológica, y la institucional, ante la complicidad "por omisión" (recuerda Peña) de policías y jueces, que o no la creen o la amenazan con deportarla.
Poner límites a la imagen
Una de las decisiones más originales de El castillo es su forma de poner el foco siempre en ellos: los puteros, los proxenetas. Una decisión de guion traducida en imagen por la brillante ejecución de sus directoras, Elena Martín (que se unió como creadora más tarde) y Sandra Romero. Ellas lo tenían claro desde un primer momento, aunque reconocen que era "difícil": "Hay una larga tradición en el cine de filmar a las mujeres con ensañamiento y erotismo", recuerda Martín, "y cuando se mezclan es muy peligroso", señala Romero.
"Hemos crecido con tantas imágenes de este tipo que si no te pones unos límites es muy fácil reproducirlas". Sus límites están muy claros, y son una decidida propuesta editorial: en El castillo, solo hay dos escenas de sexo, y en ninguna de ellas se incluye a la mujer en el plano. No muestran desnudos femeninos, ni íntegros ni fragmentados: la propuesta visual siempre busca hacerse preguntas sobre el que decide ser putero; escapar del punto de vista del deseo masculino, y darle la vuelta.
"Nos hemos preguntado ‘¿Cómo contarías esta historia para que las personas supervivientes de trata puedan ver esta serie sin sentirse utilizadas, revictimizadas?", exponen las directoras, que se muestran orgullosas del resultado final, y de que esas preguntas también hayan atravesado al equipo de la serie.
La importancia de hacerse preguntas
Para los miembros de El castillo, lo importante es que la serie ayude al espectador a hacerse precisamente preguntas. En ese momento en que, por ejemplo, "vas con el coche por la carretera y ves estos clubs con el rabillo del ojo y ni te detienes a mirar porque ya son parte del paisaje", remarca Arévalo, y coincide Vidal. "La serie no pretende dar lecciones de nada, pero ojalá quien la vea empiece a plantearse qué está pasando ahí dentro".
Es algo transversal a la sociedad y que tiene que ver con "cierto desinterés", recuerda Peña. "Eso de que es ‘prostitución de toda la vida’, muestra que hay (y hubo) una falta de interés muy revelador sobre qué tipo de sociedad somos". En ese sentido, su compañero Villanueva espera que se ponga atención en "cuántas personas estarán viviendo esta situación". "Podemos hacernos y hacer preguntas, escuchar a todas estas mujeres; tender puentes de empatía y entender que es difícil saber qué hay detrás de una puerta", sentencian, por su parte, las dos directoras, que no ocultan una sensación de enfado con el mundo, que "se contagia a muchos ámbitos de la vida".
"La trata no existiría si no existe un deseo consumidor de cuerpos", recuerda Ayuso. "A mí me gustaría que [el espectador] se hiciera la pregunta que yo me he hecho después de ver esta serie: ¿qué pasa con los hombres que tenemos un deseo de consumir cuerpos?".


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