Entrevista a Jeremy Atherton Lin, escritor LGTBIQ+"Los bares gais pueden ser lugares donde convertirse en quien uno querría llegar a ser"
El ensayista estadounidense de origen asiático ha publicado recientemente 'Gay Bar' en la editorial Capitán Swing. En esta conversación con 'Público' reflexiona sobre el papel de estos espacios en las luchas 'queer' y por la libertad sexual.

Madrid-
¿Qué queda de una comunidad cuando poco a poco van desapareciendo aquellos lugares donde aprendió a reconocerse? Los espacios de ambiente han sido históricamente refugios frente a las hostilidades que en el día a día, en la cotidianidad, han sufrido y sufren las personas LGTBIQ+. Pero también han sido escenarios testigos del placer, del deseo, ensayos de nuevas formas de relacionarse y auténticas escuelas informales de las culturas queer.
En las pistas de baile, las barras y los cuartos oscuros han pasado muchas cosas, algunas seguramente inconfesables. Los clubes de ambiente no han sido ni son utopías moralistas, pero sí buenos generadores de anécdotas eróticas, de chismes y, así, comunidad. Hoy, cuando las aplicaciones de citas, la gentrificación y la mercantilización del deseo han transformado profundamente nuestras vidas, los bares LGTBIQ+ también se han metamorfoseado.
En Gay Bar: Frafmentos de aquellas fiestas (Capitán Swing), el escritor Jeremy Atherton Lin reflexiona, a través de una mirada muy personal, sobre todo esto. En esta conversación con Público, el ensayista habla sobre las relaciones de poder dentro de los propios espacios queer y el lugar que aún pueden ocupar estos escenarios en un momento de renovada ofensiva contra los derechos de las personas LGTBIQ+.
En Gay Bar describes cómo estos espacios pueden llegar a configurar casi una geografía de las vidas queer. Durante décadas, los bares gais han sido refugios frente a una sociedad hostil, pero también lugares donde se han inventado nuevas formas de relacionarse, de hablar y de desear por parte de las disidencias sexuales. ¿Qué estamos perdiendo cuando este tipo de lugares desaparecen?
Para mí, un bar gay no ha sido necesariamente un lugar donde encontrarme a mí mismo, sino donde perderme. Donde volverme anónimo, conectar con otras personas y entregarme a las posibilidades de la noche. Pueden ser espacios que nos permiten acercarnos a algún tipo de autenticidad, aunque sea a través del artificio: los disfraces, el pastiche.
Los bares gais han sido lugares de activismo y de refugio, pero también son negocios, de modo que siempre ha existido una tensión entre las intenciones empresariales y las altruistas. Y, en algunos casos, no solo han sido refugios frente a una sociedad hostil, sino también espejos que reflejaban esas mismas hostilidades. Pero, en su mejor versión, pueden ser lugares donde ser uno mismo o, mejor dicho, donde dar pasos para convertirse en quien uno querría llegar a ser.
A veces parece que solo podremos avanzar en derechos civiles si nos presentamos como personas respetables y dignas
La historia de los bares gais forma parte de una historia de resistencia política, pero en su libro también reivindica otras dimensiones: el placer, el ligue, la noche, incluso el exceso. ¿Por qué crees que a menudo cuesta tanto reconocer que el deseo y la diversión también pueden ser experiencias profundamente políticas?
Para mí es muy importante escribir sobre el deseo y celebrar la sexualidad, incluso cuando es kinky o explícita. A veces parece que solo podremos avanzar en derechos civiles si nos presentamos como personas respetables y dignas. Entonces la identidad queer acaba reducida a una idea vaga de libertad y a una sensibilidad brillante, pero se dejan fuera los cuerpos que desean. Esa ha sido, por supuesto, una discusión constante.
En el libro contrapongo dos locales de San Francisco. Por un lado, el bar Twin Peaks, con sus grandes ventanales que simbolizaban una nueva visibilidad, aunque en sus primeros años implicaban un fuerte autocontrol para no mostrar comportamientos demasiado coquetos o evidentes. Por otro, las Catacombs, un club sexual clandestino que creaba un entorno oscuro para prácticas transgresoras, pero que también fomentaba una comunidad basada en la confianza y el respeto.
Muchos espacios LGTBIQ+ nacieron precisamente para escapar de las jerarquías y normatividad de la sociedad. Sin embargo, también allí se han reproducido en ocasiones ciertas dinámicas de exclusión vinculadas al género, la etnia, la edad, el cuerpo o la clase social. ¿Hasta qué punto los bares gais han reflejado algunas de estas desigualdades?
Cuando Gay Bar se publicó por primera vez hice una entrevista en la radio en la que describía una discoteca de Los Ángeles de los años setenta, un imán para quienes amaban bailar música disco, pero que también aplicaba políticas de acceso excluyentes: sexistas, racistas y transfóbicas. Cuando emitieron la entrevista solo dejaron mi descripción inicial de la euforia de la pista de baile; eliminaron todos esos matices y, en su lugar, pusieron I'm Coming Out o alguna otra canción festiva de música disco.
Para mí es fundamental que los registros históricos recojan no solo los avances, sino también los problemas, y que permanezcamos atentos a los que siguen existiendo hoy. pero no soy un promotor de clubes ni el propietario de un bar con soluciones para estas cuestiones; soy un escritor que puede compartir sus propias experiencias complejas, atrapadas entre el sentimiento de pertenencia y el de alienación.
En las aplicaciones y en las redes sociales nos convertimos en mercancía
Las aplicaciones de citas han transformado radicalmente la forma en que las personas se conocen. Tú has defendido en numerosas ocasiones la importancia de los espacios físicos. ¿Qué ocurre en un bar, en una pista de baile o en un barrio queer que ninguna aplicación puede reproducir? ¿Qué tipo de conocimiento sobre los demás y sobre uno mismo surge de los encuentros cara a cara?
En las aplicaciones y en las redes sociales nos convertimos en mercancía: nos reducimos a un conjunto de características, nos presentamos como si fuéramos impermeables, como una imagen detrás de una pantalla, y luego esperamos que los demás nos admiren o que hagan match con esa versión idealizada de nosotros mismos.
Con Gay Bar quería mostrar encuentros reales, en persona: algunos incómodos, incluso desastrosos, pero siempre llenos de la sorpresa propia de las interacciones de la vida real. Cuando alguien consigue hacerte cambiar de opinión, conquistarte o decepcionarte, cuando te ve en toda tu complejidad. Los bares gais están lejos de ser utopías, pero pueden ser lugares donde experimentar la serendipia.
El libro se publicó inicialmente durante los confinamientos por la covid, cuando el aislamiento era la norma, así que creo que muchas personas lo vivieron como una forma de salir de casa de manera vicaria, de mantener viva la confianza en volver a reunirnos en persona, con todo el potencial mágico -y también caótico- que puede traer la noche.
Históricamente, los espacios queer han estado sometidos a mucha vigilancia, persecución y también control moral. Hoy, sin embargo, muchas de las presiones que sufren ya no proceden tanto del Estado o de la policía, como de fenómenos como la turistificación y la gentrificación. ¿Quién está expulsando hoy a las disidencias sexuales de las ciudades?
Sí, algunos bares gais representan un tipo de pequeño negocio independiente amenazado por propietarios codiciosos. Me da pena decirlo, pero cuando vuelvo a Londres siento que la ciudad está cada vez más llena de grandes cadenas: un refugio, sí, pero para conglomerados empresariales e intereses corporativos, no para personas excéntricas o bohemias.
Por otro lado, las personas gais pueden ser percibidas como ajenas a una comunidad concreta: como turistas o colonizadores que traen consigo una monocultura gay cosmopolita en lugar de estar vinculados a las tradiciones locales. Esa percepción se amplifica y se utiliza para convertir a las personas queer -igual que a las migrantes- en chivos expiatorios de unas condiciones económicas profundamente desiguales.
Creo que la gente es hoy más escéptica que nunca respecto al 'pinkwashing'
¿Crees que los bares gais siguen produciendo contracultura queer o vivimos un momento sobre todo absorbido por el mercado?
Creo que la gente es hoy más escéptica que nunca respecto al pinkwashing. Hemos visto cómo muchas empresas han retirado su apoyo a las celebraciones del Orgullo, lo que abre una oportunidad para que estas fiestas vuelvan a ser no solo un desfile, sino también una protesta.
Yo ya estoy prácticamente retirado de la vida nocturna -aunque anoche me tomé unos estupendos refrescos con tequila en el legendario Julius' de Nueva York-, pero sé que siguen existiendo contraculturas muy vivas en las que personas racializadas y con identidades de género no normativas se sostienen mutuamente y están creando formas nuevas e inspiradoras de comunidad.


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