¿Existe realmente una guerra entre mujeres y hombres?
Te doy la bienvenida a este consultorio de sexualidad, donde trataremos temas que son "hot topic", están "en el candelero" o al "pil-pil".
Como hemos venido analizando en temas concretos en los artículos anteriores de Sexualidad al pil-pil, en los últimos años parece haberse instalado una idea inquietante en el debate público: la existencia de una especie de guerra entre hombres y mujeres. Algunos discursos políticos, amplificados por determinados espacios mediáticos y las redes sociales, parecen presentar las relaciones entre los sexos como un juego de suma cero en el que el avance de unas implica necesariamente el retroceso de otros. La pregunta es inevitable: ¿existe realmente esa guerra o estamos ante una construcción social alimentada por la polarización y la simplificación del debate?
Admitámoslo: la guerra entre mujeres y hombres está siendo bastante fabricada. Lo que sí existen, casi desde que la humanidad es humanidad -y por tanto, sexuada- son conflictos, desigualdades, tensiones, experiencias históricas distintas y visiones enfrentadas sobre cómo interpretar determinados hechos o dificultades.
La brecha de ajuste
Analicemos este concepto. Esta expresión hace referencia al conjunto de diferencias observables entre hombres y mujeres en ámbitos como los ingresos, el empleo, la representación política, las responsabilidades familiares o incluso las actitudes y expectativas sociales.
En las últimas décadas, las mujeres han experimentado importantes avances en autonomía económica, nivel educativo y capacidad para diseñar sus propios proyectos vitales. En España, por ejemplo, superan a los hombres en acceso y finalización de estudios universitarios, un cambio histórico que ha modificado profundamente las dinámicas de pareja y las expectativas sobre el futuro.
Sin embargo, estos cambios no siempre han ido acompañados de una transformación equivalente en algunos aspectos de la masculinidad tradicional. Diversos análisis hablan de esta brecha entendida como la distancia existente entre las nuevas expectativas de igualdad y corresponsabilidad que expresan muchas mujeres y los modelos relacionales que parte de los hombres siguen reproduciendo. El resultado es un desencuentro que se manifiesta en conflictos sobre el reparto de tareas domésticas, la gestión emocional de la pareja o la conciliación familiar.
A ello se suma una creciente brecha ideológica entre hombres y mujeres jóvenes. Diversas encuestas muestran diferencias significativas en cuestiones relacionadas con los posicionamientos progresistas y conservadores entre los sexos, el feminismo, los roles de género o las responsabilidades dentro de la pareja. Cuando dos personas parten de marcos de referencia muy distintos sobre qué significa una relación justa o igualitaria, resulta más probable que aparezcan tensiones y frustraciones.
La existencia de estas brechas no implica necesariamente un enfrentamiento directo entre ambos sexos, pero sí pone de manifiesto desigualdades, experiencias vitales distintas y percepciones divergentes sobre la realidad social. En muchos casos, la sensación de conflicto surge cuando estas diferencias se interpretan como privilegios injustos o como discriminaciones sistemáticas, alimentando narrativas que presentan las relaciones entre hombres y mujeres en términos de competencia o antagonismo.
Desde esta perspectiva, la llamada "guerra de sexos" podría entenderse no como una lucha entre individuos, sino como una manifestación de tensiones derivadas de las brechas sociales, económicas y culturales que todavía separan a hombres y mujeres. O sea, más bien estaríamos hablando de un periodo de transición histórica en el que las reglas tradicionales de las relaciones están siendo cuestionadas y renegociadas. Lo que algunas voces interpretan como una confrontación puede entenderse también como el resultado de una adaptación a nuevas formas de convivencia.
Estamos construyendo los modelos de mujeres y hombres del futuro. Por tanto, el reto no consiste en decidir qué sexo tiene razón, sino en construir modelos relacionales capaces de integrar igualdad, reconocimiento mutuo y comprensión de las diferencias. Diferencias entre los sexos, que han de ser iguales en derechos y oportunidades, pero no son iguales. También es fundamental no negar estas diferencias y, al contrario, saber leer desde dónde nos está hablando el otro sexo.
El error del que se aprovechan quienes tienen intereses en polarizar entre los sexos
Convertir esas diferencias en una batalla permanente entre dos bloques homogéneos constituye un error intelectual y humano que dificulta la búsqueda de soluciones compartidas.
La primera trampa de esta supuesta guerra es asumir que todos los hombres piensan de una manera y todas las mujeres de otra. La realidad es mucho más compleja. Entre los hombres existen opiniones, experiencias y sensibilidades enormemente diversas. Lo mismo ocurre entre las mujeres. Reducir a millones de personas a una identidad colectiva única supone ignorar las diferencias de clase social, educación, cultura, ideología, edad y circunstancias personales que influyen mucho en la forma de entender el mundo.
Además, como ya sabemos, la narrativa de la confrontación genera beneficios políticos y económicos para algunos actores. Los algoritmos de las redes sociales premian los mensajes extremos porque generan más atención, más comentarios y más indignación. Un vídeo que presenta a los hombres como opresores por naturaleza o a las mujeres como manipuladoras obtiene más visibilidad que una reflexión matizada sobre las dificultades reales que enfrentan ambos sexos. La polarización se convierte así en un producto de consumo.
El conflicto vende
Una de las reglas más antiguas del periodismo es que el conflicto atrae atención. Así, un titular como: "hombres y mujeres enfrentados por...", genera más clics que otro como: "hombres y mujeres buscan soluciones conjuntas a...". La confrontación es más llamativa, más emocional y más rentable comercialmente.
El problema es que, cuando los medios destacan constantemente los casos más extremos (manadas, asesinatos de mujeres, mostrar a hombres jóvenes como fascistas…) pueden transmitir la impresión de que la sociedad está dividida en dos bloques irreconciliables, aunque la mayoría de las personas mantengan relaciones cooperativas en su vida diaria.
El problema de esta lógica es que produce desconfianza mutua. Algunos hombres terminan percibiendo que cualquier crítica a ciertos comportamientos masculinos constituye un ataque contra todos ellos. Algunas mujeres sienten que cualquier reivindicación de igualdad es cuestionada o ridiculizada. Como resultado, el diálogo se sustituye por la sospecha y la escucha por la confrontación.
Además, rara vez se convierten en noticia las parejas que negocian de forma saludable sus responsabilidades; los hombres implicados en tareas de cuidado; mujeres y hombres colaborando en proyectos sociales; iniciativas educativas que fomentan el entendimiento mutuo…La cooperación existe en mayor medida que la confrontación en el día a día de nuestras sociedades, pero es menos visible porque resulta menos espectacular.
No vivimos (aún) en un mundo arcoiris
Esto no significa ignorar los problemas reales. Existen fenómenos que afectan de manera particular a las mujeres, como la violencia por ser mujeres, determinadas formas de discriminación laboral o la distribución desigual de algunas tareas de cuidado. Pero también existen problemas que afectan especialmente a los hombres, como mayores tasas de suicidio, accidentes laborales mortales, abandono escolar en algunos contextos o dificultades para expresar vulnerabilidad emocional.
Reconocer estas realidades no debería convertirse en una competición por determinar quién sufre más. El sufrimiento humano no es una olimpiada. Una sociedad madura es capaz de atender simultáneamente problemas distintos sin necesidad de enfrentar a los grupos afectados.
Una vez más, educación de los sexos
En este contexto, la educación sexual podría desempeñar un papel mucho más importante del que habitualmente se le atribuye. Con frecuencia se entiende la educación sexual como una simple transmisión de información biológica sobre reproducción, anticoncepción o prevención de enfermedades. Sin embargo, su potencial es mucho mayor.
Una educación sexual integral debería enseñar competencias relacionales. Debería ayudar a comprender el consentimiento, la empatía, la comunicación emocional, el respeto mutuo y la gestión de los conflictos. Y también la gestión del rechazo. Y también debería proporcionar herramientas para comprender las experiencias de otras personas sin necesidad de compartirlas.
Asimismo, una buena educación sexual puede desmontar estereotipos perjudiciales para ambos sexos. Los hombres no tienen por qué encajar en el modelo del individuo fuerte, dominante e incapaz de mostrar vulnerabilidad. Las mujeres tampoco deben quedar atrapadas en expectativas sociales rígidas sobre cómo deben comportarse, relacionarse o construir sus proyectos de vida. Liberarse de esos estereotipos beneficia a todas las partes. Todo el mundo tenemos pizcas de aquello que atribuimos de manera esterotipada al otro sexo. Tenemos muchas más cosas que nos unen de las que nos separan. Y se trata, por tanto, también, de comprender cómo determinadas experiencias son vividas de forma diferente por cada sexo.
Porque cuando aprendemos a escuchar minimizando prejuicios, a reconocer emociones propias y ajenas, y a tener un espíritu crítico con aquello que se nos aparece como "la realidad objetiva" que reproducen distintos actores, disminuye la probabilidad de caer en discursos simplistas que presentan a los sexos como un enemigo. La educación sexual, entendida en sentido amplio, puede convertirse en una educación para la convivencia.
Quizá el mayor desafío contemporáneo consista en rechazar la lógica de los bandos. Los hombres no son un problema que deban resolver las mujeres, ni las mujeres son un problema que deban resolver los hombres. Ambos somos parte de la misma sociedad y compartimos muchos más intereses de los que suele reconocerse: seguridad, afecto, reconocimiento, oportunidades, bienestar y relaciones de cuidado.
La verdadera amenaza no es una guerra entre hombres y mujeres. La verdadera amenaza es una cultura de la polarización que convierte cualquier diferencia en una batalla identitaria. Frente a ella, la educación, el diálogo y el pensamiento crítico siguen siendo las mejores herramientas disponibles.
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