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Laura Bugalho, sindicalista y activista trans: "Somos mucho más que mujeres"
Laura Bugalho ha desarrollado una intensa vida de trabajo en su sindicato, la Confederación Intersindical Galega (CIG), en los movimientos feminista y trans, en la lucha contra los desahucios y en la militancia independentista.

Ana Luisa Bouza / Luzes
Santiago--Actualizado a
Quedamos con Laura Bugalho en el 16, restaurante mítico de Compostela, con tantos recuerdos para las dos. Laura es paradigma del activismo. Toda una vida de trabajo en el sindicato, en los movimientos feminista y trans, en la lucha contra los desahucios y en la militancia independentista.
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Usted empezó trabajando en la oficina de inmigración de la Confederación Intersindical Galega (CIG).
Hay una parte de aquella época que echo en falta. Todo el trabajo que desarrollaba en el tema de migración, que realmente me apasionaba y en el que di mi vida. No soy abogada, soy maestra y pedagoga experta en intervención social. Sin embargo, en cuestiones de ley de extranjería me empeñé el máximo posible para intentar resolver la vida de las personas migrantes, sobre todo sin papeles. Me sentí realmente, en algún momento, diosa. Sabía que podía llamar a todas las puertas y buscar en muchos casos resoluciones favorables para esta querida gente migrante. Fue un trabajo bastante amplio. Tengo estadísticas de personas atendidas desde el año 2000, unas 34 por día, incluidos los sábados, que no abría el sindicato pero mi oficina sí estaba abierta. Ahí toda la colectividad interseccionaba, porque venía gente LGTBI+. "¿A dónde vas a ir?". "A donde Laura". Conformaba también otro tipo de lucha dentro de la lucha de migración porque llegaban a tener papeles, pero no para las personas trans: el papel de extranjería, la tarjeta de residencia, no reflejaba su identidad. Ponía el nombre del pasaporte obligatoriamente.
Hubo un punto de inflexión con la 'operación Peregrino'. Usted denunció una mafia de trata para explotación laboral y al final, la perseguida, detenida, procesada y juzgada fue usted.
En esa mafia, la última, la decimonovena que denunciaba, acompañé a 78 marroquíes a denunciar en la policía de A Coruña. No lo hicimos en Compostela porque había documentos que implicaban, supuestamente, a policías de aquí, del grupo operativo de extranjería e, incluso, a un comisario. Cuando me detuvieron no sabía qué pasaba. Quise denunciarlos. No lo hice; mal hecho. Esas 48 horas en las instancias policiales, aquí en Compostela, en la comisaría de la calle Rodrigo de Padrón, fueron el infierno en vida. Me hicieron bastante daño a nivel psicológico. Sabían qué tecla tocar, decían que yo era amiga de las putas porque denuncié las mafias que obligaban las mujeres a prostituirse reteniéndoles los pasaportes. "Antes eras un buen hombre y mira en lo que has acabado". Sabían todas las teclas. Lo primero que hicieron en la comisaría nada más entrar fue obligarme a desnudarme delante de cuatro maromos –que no tienen otro nombre, aun los veo a veces por la calle–. Cuando entra una mujer policía que me conocía, suelta: "Cabrones, ¿qué hacéis? Laura, ¡vístase!". Cuando me visto, me dice: "¿Por qué te metiste con mi jefe?". Me dio una pista de por qué estaba allí.
Había una frase manida que parecía consensuada entre los cuatro policías que estaban allí abajo, en los calabozos. A cada cosa que yo preguntaba respondían: "Aquí no, pero cuando vayas para Teixeiro [la cárcel provincial de A Coruña ublicada en esa localidad]...". Me daban la comida en una bandeja de madera y el plástico del microondas me quemó las manos: "Esto te pasa aquí, pero en Teixeiro...". Olía mucho a tabaco, y yo, fumadora que soy y era, pedí un cigarro. Me echaron el humo en la cara: "En las dependencias públicas no se puede fumar". Quise ir al baño, no me dejaron cerrar la puerta: "!No, delante de nosotros, porque en Teixeiro...". Todo era "en Teixeiro, en Teixeiro...".
"Denuncié mafias que obligaban a las mujeres a prostituirse reteniéndoles los pasaportes. Me dijeron: 'Antes eras un buen hombre y mira en lo que has acabado'"
Me deshicieron. En las dependencias estaba sola. No había nadie más. Esa frase repetida una y otra vez. Después de 48 horas, ya estaba convencidísima de que me mandarían a Teixeiro. Al día siguiente, cuando comparezco delante del juez, me da un vaído y le vomito en la mesa. A estas alturas, bien contenta estoy de haberlo hecho. Era un juez muy conocido. No tenía reloj. Escuchaba la Berenguela [la campana de la catedral de Santiago, ubicada a unos 50 metros] para intentar saber cuánto tiempo pasaba. Fue lo que peor llevé, no saber la que hora que era. Me habían detenido el martes a las cuatro y media, y el miércoles, cuando escucho un revuelo en la calle, para mí eran las tres de la madrugada. No lo entendía. Escuchaba que chillaban mi nombre, abajo había eco. Luego bajó un compañero del sindicato, Paulo Trepado. Me preguntó qué tal estaba. Lo abracé y dije: "Estoy bien, pero voy para Teixeiro". No eran las tres de la madrugada, eran las ocho de la tarde.
A la detención la siguieron unos años duros de acoso.
Me avisó la policía de A Coruña: "Laura, vienen a por ti". Yo pensaba: "¿Por dónde van a venir?". Miraba el coche, a ver si tenía paquetes extraños. Entraron en mi casa, abrieron mi ordenador, bloquearon la contraseña... Les pregunté a los de A Coruña. "Fuimos nosotros. Bueno, no nosotros, las fuerzas de seguridad". El miedo estaba ahí. Me paraban en la calle, como a una delincuente, aquí en Compostela, en la calle del Vilar en pleno verano, lleno de turistas. No fueron fáciles esos ocho años de espera. En esa época viajaba mucho por la incipiente red transfeminista. Y aparecían los mismos dos policías en Lisboa, en Madrid, en Donosti, en Zaragoza, en Iruña... Y nunca tomaban nada, además. En sitios de copas o comiendo, siempre estaban de miranda.
En 2016 llega por fin el juicio.
El momento del juicio fue un subidón después de esperar tanto tiempo desde 2009. Creo que el movimiento que se dio alrededor de mí fue interdisciplinar, interseccional, inter de todo, porque aparecieron solidaridades, sororidades o fraternidades, también internacionales, no sabía que me podían conocer. Tocaba el mundo LGTBI+, tocaba el mundo de los feminismos amplios, tocaba el mundo de la migración, y también movimientos de izquierdas variadas, incluidos anarcos y comunistas. Fue vital para mantenerme en pie. Porque me pedían ocho años de cadena por falsificación documental y porque me acusaban de tener yo una mafia de trata de personas. Se fue desmontando. Era una vendetta. Yo estaba con mi madre mal, en el inicio de su demencia. Y tuve que negociar, porque para cuando el juicio, la Fiscalía aún pedía tres años. Acepté uno de condena y 750 euros que pagó el sindicato.
Fue también un punto de inflexión y una pérdida, porque desapareció el departamento de migración en la CIG. Lo digo con mucho dolor y con rabia ambién, porque me parece que es necesario acompañar a la gente que llega, a esas personas gallegas de adopción. No eran solo papeles, era escolarizar niñas y niños, tarjeta médica, vivienda, ropa... Porque suelen llegar con una mano delante y otra detrás. Y tienen que pasar por una ley de extranjería y unos reglamentos que cambian, pero que siempre son xenófobos, misóginos y que no reconocen nada de las identidades.
Con todo, me quedó la satisfacción de que de algo sirvió todo aquello. De aquella gente marroquí, que se pudo quedar aquí y recuperar los 10.000 euros que les había cobrado la mafia que denunciamos, que llevaba 20 años funcionando, con 39 empresas del sector del metal gallegas, con el consulado de España en Casa Blanca y policías implicados.
Otra de sus militancias fue en el independentismo político, también muy activo. Como ve hoy el movimiento arredista [soberanista]?
Primero estuve en el Movemento Comunista de Galiza (MCG) cuando tenía muy pocos años. No me enteraba de la misa, la media, pero me encantaba estar con la gente comunista. Luego, más adelante, entré en Esquerda Galega, pasamos al Bloque y terminé en Causa Galiza, y de vuelta al Bloque. En esa época fui bastante más visible. El movimiento independentista en Galicia no consigue sumar lo que debería sumar. Hay un problema de conexión con la población, y también de estar quemados. Hay mucha gente quemada de la continua mitosis del movimiento. Incapaces de hacer un frente amplio.
Yo, que soy enamorada de Uruguay y de su Frente Amplio, tuve la oportunidad de estar con el Pepe Mujica, que me preguntaba por qué en Galicia no teníamos una frente a nivel de Estado. Entendía que era un tema de soberanía nacional. Estamos en un Estado y podemos hacer una frente común como allí, que une desde socialdemócratas a comunistas. Como dice Rufián, las izquierdas no nos entendemos, pero las derechas se entienden bien y están avanzando.
Es una utopía, ¿no?
Creo que las utopías lo que hacen es ayudarnos a caminar. Luchas como la de Altri o como la defensa de la sanidad muestran ese camino. Pero la gente vive en el día a día. Me contaban que el verbo que más se conjugaba en la crisis de 2000 en Argentina, que a mí me mataba, era: "Rescátate, mira por ti, no a quien tienes a tu lado". Después de la covid veo crecer la agresividad, el individualismo... No aprendemos. Me identifico con una cita muy conocida de Martín Fierro: "Los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera; tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque sí entre ellos pelean los devoran los de afuera".
Me gustaría que cualquier revolución, cualquiera, sea la de la diversidad, la de la migración..., tenga que tener sabor a clase obrera. Entender que yo, una persona trans, tengo que trabajar por la clase obrera y no caer en la falacia de la clase media. No existe la clase media. Si necesitas trabajar para vivir, ¿qué clase media eres? Eres obrera. A lo mejor, con mejores condiciones de vida. Hoy, lo que me mueve más que todo lo del independentismo es sabernos clase obrera, porque desde ahí construimos. En el feminismo pasa igual. No tengo nada que ver con algunas que se declaran feministas y que están haciendo una verdadera caza de brujas. Hasta hay blogs en los que puedes denunciar a mujeres trans por invisibilizarte como mujer cis. Me parece terrible.
"No existe la clase media. Si necesitas trabajar para vivir, ¿qué clase media eres? Eres obrera"
Retomemos este hilo que abre. La aprobación de la ley trans en España mejoró los derechos de las personas del colectivo, pero provocó una profunda divergencia en el movimiento feminista y también en la izquierda. Se retrasó ''sine die' el pronunciamiento del Tribunal Constitucional español sobre el recurso del Partido Popular. La Corte Suprema británica declaró ya que, a efectos de la ley de igualdad, las cuotas para mujeres solo se refieren a mujeres biológicas. ¿Cómo cree que evolucionará este debate?
Recuerdo cuando aún no hablábamos de la red transfeminista. Como en Sevilla, en los encuentros de la campaña de Stop Patologización de 2012. Hablábamos de conformar una red trans-marica-bollo-puta-migrante, como si fuera una palabra alemana la que habríamos podido sumar más colectivos que están en los márgenes de la sociedad. Las vascas hablaban del feminismo tolleito, porque queríamos incluir también lo que ahora le llaman las disca, incluir también a toda esa colectividad. Me está resultando muy doloroso en estos últimos años encontrarme a compañeras que reconocí en las jornadas feministas en Córdoba, en Granada, como compañeras de viaje, y que estaban ahí con nombres y apellidos, compañeras militantes de las que obtuve en sus textos aprendizajes valiosísimos, y ahora encontrarlas de pronto en los encuentros feministas de Gijón, insultando directamente de una manera brutal y sin posibilidad de réplica...
Es un fallo, al sacar una legislación que avance en derechos, dejarla mucho tiempo al pairo, tendida en el tendal para que todo el mundo opine. El debate se va a ir crispando. Noté mucha violencia. Gente con la que hablaba a todas horas, de pronto estaban insultándome. En un grupo de Whatsapp feminista, tras un comentario mío sobre la obra del activista trans Miquel Mise, hubo una feminista consagrada, con libros publicados —no voy a decir el nombre—, que respondió: "¿Desde cuándo los hombres pueden hablar en este grupo de mujeres?". Después de más de una hora de silencio en el grupo, sin réplica a esta mujer, decidí abandonarlo. O después de una manifestación, de estas en las que nos dividimos por temas trans, básicamente, se me llegó a decir: "Nos robaste la manifestación", porque la que era trans positiva, digamos, había sido masiva y la otra había sido más minoritaria.
"No seremos mujeres, seremos entes, pero tendremos derechos, ¿o no?"
La virulencia llegaba por todas partes, y a mí eso me duele. Hay un movimiento internacional terf [siglas inglesas de feminista radical trans-excluyente] de odio. Dentro del Partido Socialista también, pusieron alguna ministra que pinchaba y cortaba, como pusieron también en la comisión de debate de la ley a una mujer en contra del mundo de la diversidad, no solo trans, de toda la diversidad.
Lo de Gran Bretaña es ya el colmo. En la línea de Trump. Alerta de lo que puede suceder. Si algo me preocupa es que cuando nosotros conquistamos derechos, que al fin y al cabo son justicia, son derechos humanos universales, lejos de consolidarse, dependen del Gobierno que entre. Y la justicia juega también un papel político. Lo vemos en el Estado español, que nunca es imparcial y siempre tiene el mismo sesgo.
Pasó en Uruguay, en estos años de gobierno de la derecha, que echaron abajo la legislación feminista. Está pasando en muchos países con la llegada de los ultras. También en la UE. Si incumplen los acuerdos de derechos europeos, ¿no deberían ser sancionados? Lo de Gran Bretaña es un aviso a navegantes. Quieren que volvamos a los armarios. Como Carla Antonelli denunció en un discurso viral en la Asamblea de Madrid, "que les quede claro, no volveremos a los márgenes".
La sentencia británica mete miedo porque nos quieren recluir. Pues no. No seremos mujeres, seremos entes, pero tendremos derechos, ¿o no? Yo, llega un momento en que soy Laura, y no me preguntes mucho más, porque somos mucho más que mujeres. Yo me reivindico trans, tengo una trayectoria. Y reconozco también en mí todo lo que viví antes de decidir ser Laura, como Xan. Toda la militancia que tuve está en el bagaje de Laura y salí de ella enriquecida.
Para terminar, ¿cómo enfoca su activismo, su vida de cara al futuro?
Pues me veo terminando una época, hasta la jubilación. Dedicándome a coparticipar en aquellos encuentros a los que me llamen, intentando echar una mano en los activismos que más me mueven, que hoy por hoy pasan por el tema de la diversidad. Con la gente joven de Arelas [la asociación de familias de menores y juventud trans de Galicia] y otros colectivos parecidos de familias de niñas y niños trans, que ahora son chicas y chicos grandes, que ya tienen su grupo juvenil. Durante muchos años en Compostela, no encontraba a personas iguales a mí. Leía mucho, más que los médicos que me atendían. Me decían que había una persona trans por cada 30.000 habitantes. Yo miraba a Compostela, con 96.000, y me preguntaba: "¿Dónde están las otras dos?". Tuve que ir al exilio, tuve que irme a Madrid para, en Transexualia, encontrarme con iguales. Había una utopía. Llamaba gente joven cuando no había nadie en la casa, o llamaba algún abuelo o una madre pidiendo información, ayuda. Puedo decir que las utopías, a veces, se convierten en realidad. Que existan asociaciones como Arelas, una de las mayores de la península, con más de 50 familias, que acompañan a menores trans, es la utopía que me hizo caminar, como diría Galeano. Pero que hoy es una realidad.
A mí me ha gustado siempre ser la última de la fila. Estar por detrás de los colectivos, sin protagonismo. Promover que otra gente sea. Gente muy válida, desconocida para la mayoría. Hay que sacar partido de ese caldo humano que tenemos, tan rico, para que crezca. En el mundo trans hay compañeras y compañeros que vienen con mucha fuerza. Aquí en Compostela está Daniela, Eric en Ourense, Marcos, que está en Cangas... Repartidos por la geografía gallega, parece que ya hacemos un mapa. Creo que me voy a dedicar a eso. Y a leer, me encanta leer. A participar en lo que pueda, sabiendo que me voy a mudar a Vilaxoán [en Vilagarcía (Pontevedra)]. Me dice mi hermana uruguaya que es una coincidencia mayúscula. Pues lo es, sí.



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