"Las niñas" de Inditex ya no tienen miedo
Las dependientas de la multinacional en A Coruña ya protagonizaron en 2022 otra huelga que puso de manifiesto la precariedad de sus condiciones.

Juan Oliver / Luzes
A Coruña--Actualizado a
En los 15 minutos que se tarda en leer con calma este artículo y observar las fotos que lo ilustran, Amancio Ortega ganará cerca de 50.000 euros. El cálculo puede parecer muy bruto, pero en realidad es sencillo: el fundador de Inditex obtuvo el año pasado 3.234 millones de euros en retribuciones de las empresas vinculadas al grupo que fundó en 1985. Es decir, 269,5 millones de euros al mes. Son 8,5 millones de euros al día, cerca de 354.000 a la hora, casi 5.900 euros por minuto, más de 98 por segundo… Su fortuna, según Forbes, asciende a más de 127.000 millones de euros.
Hace unos años, las dependientas de Inditex en la provincia de A Coruña mantuvieron un pulso con la empresa del hombre más rico de Galicia, de España y, a veces, también del mundo, según vayan en la bolsa las sociedades y fondos en los que participa. Protestaban porque trabajaban 180 horas al mes para ganar un sueldo base de 1.050 euros. Para obtener lo mismo, a su patrón le sobran 15 segundos. Así que decidieron echarle un pulso. Y lo ganaron.
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En Inditex trabajan en todo el mundo alrededor de 165.000 personas de 177 nacionalidades diferentes. La inmensa mayoría de quienes lo hacen de cara al público como dependientas, reponedoras y cajeras en Zara, Zara Home, Massimo Dutti, Stradivarius, Pull&Bear, Bershka, Oysho y Lefties son mujeres. Las que menos cobran, a veces menos de la mitad que sus compañeros hombres de categorías similares a la suya, y las que tienen, además, las condiciones más precarias. Hasta el punto de que es excepcional que puedan trabajar a jornada completa y, por lo tanto, vivir de su empleo. Quizás por ello, porque a ellas nunca las tomaron en serio como trabajadoras, desde que Ortega abrió el primer Zara en calle Juan Flórez de A Coruña a las dependientas de Inditex siempre las llamaron "las niñas".
Paternalismo
"¡Las niñas! ¡Pero si yo tengo 51 años!", protesta Carmiña Naveiro, dependienta de Zara en Santiago y entonces presidenta del comité de empresa en la provincia de A Coruña por la Confederación Intersindical Galega (CIG). "Es una expresión denigrante que deja bien claro el carácter paternalista de la dirección de esta empresa. Como si fuéramos unas pobrecitas muertas de hambre a las que menos mal que hay un patrón que les da trabajo", explica.
Naveira y media docena de compañeras, delegadas y afiliadas al mismo sindicato, charlan con Luzes en una cafetería de la calle Picavia, en A Coruña. Es la calle con la mayor renta por persona de toda Galicia, según el Instituto Nacional de Estadística, y en apenas un puñado de manzanas a su alrededor hay seis comercios de Inditex. En un radio de medio kilómetro son una docena.
Justo a la vuelta de la esquina de Picavia, en la calle Compostela, frente a la plaza de Lugo, las dependientas montaron un stand improvisado para celebrar una jornada de reivindicaciones. En plena semana de compras navideñas, quieren explicarles a los coruñeses que pasean por el acaudalado centro de la ciudad las condiciones en las que trabajan, por qué fueron a la huelga en el Black Friday y en Nochebuena y por qué estaban dispuestas a seguir antes de Reyes, en las rebajas de enero o cuando haga falta. A primera hora de la tarde son unas 40, llevan allí varias horas y las rodean varias furgonetas de la Policía y agentes armados.
"La empresa no nos otorga la consideración de trabajadoras", dice Lucía Domínguez Rodríguez, licenciada en Ciencias Políticas y dependienta de Stradivarius. Entró en la empresa en 2006, cuando tenía 23 años. "La estrategia es que no podamos vivir de nuestro trabajo, de ahí que lo habitual sean los contratos a tiempo parcial. Los de 40 horas a jornada completa se otorgan como si fueran un premio, para que nadie proteste ni reivindique nada porque, si lo haces, seguirás a tiempo parcial y nunca podrás vivir de tu trabajo. Es una estrategia de mobbing a largo plazo", asegura.
Las trabajadoras con contratos a tiempo parcial no solo tienen que conformarse con unos ingresos exiguos, sino que se ven obligadas a hacer horas extra que luego no computan para calcular la fecha en la que pueden acceder a la jubilación, con lo que están hipotecando su futuro. Lo explica Marina Ferro, de 57 años, en Oysho desde los 44 pero con solo nueve contabilizados a efectos del cálculo de su edad de jubilación por culpa de los años en los que tuvo contratos de diez, 15 y 20 horas a la semana.
A Lucía Domínguez le ofrecieron en Stradivarius uno de 40 horas cuando la ascendieron a segunda encargada de su tienda, justo tras ser elegida delegada sindical. Pudo mantener el puesto porque le ganó un juicio a la empresa. "Quizás pensaron que ascendiéndome podían comprarme como delegada. A partir de entonces, empezaron a reclamarme informes sobre mis compañeras: qué hacían, qué decían, con quién hablaban, si creía que hacían mal su trabajo… Me negué. Así que me degradaron e intentaron rebajarme de nuevo a un contrato de 20 horas. Era ilegal y el juez me dio la razón", cuenta.
Amonestaciones por ir al baño
Lo del control sobre las dependientas de Inditex no es una leyenda urbana. Todas las entrevistadas por Luzes recuerdan haber sufrido avisos y amonestaciones por ir al baño más de lo que su encargada o encargado consideraban oportuno, por excederse unos minutos en el tiempo de descanso, por retrasarse en la ejecución de una tarea... Incluso les registraban como faltas de puntualidad las llegadas a la tienda antes del comienzo de su jornada. No es un error de redacción: faltas de puntualidad por llegar incluso antes del comienzo de su jornada.
También se quejan de que las obligan a vestir ropa sexista, muchas veces ajustada e insinuante, frente a la sobriedad de los elegantes trajes de sus compañeros hombres, y de que a las dependientas que no luzcan el uniforme como la empresa cree que deberían hacerlo, o que no cumplan con determinados estándares físicos o de imagen, las acaban destinando a los almacenes para que no tengan contacto con el público.
"No basta con dar buena imagen, porque cada zona donde está una tienda tiene su propia imagen", cuenta Vanessa Castiñeira Blanco, con dos ciclos superiores de Formación Profesional, en Zara Home desde 2014, con un salario base de 1.053 euros al mes, una niña de diez años y dependiendo de sus familiares para poder cuidarla. "Aquí al lado, en la Plaza de Lugo, escondieron a una chica lejos del punto de venta porque llevaba el pelo al estilo borroka, y a otra porque tenía la piel muy morena", añade. Era la época en la que la directora de la cadena era Eva Cárdenas, pareja del presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, y varias dependientas aseguran que amenazaba a las empleadas que se presentaban a las elecciones sindicales para convencerlas de que lo hicieran por sindicatos afines a la compañía.
Carmiña Naveiro explica que no se trataba de una estrategia aislada en Zara Home, sino implantada en todas las cadenas de Inditex: "A la gente con más edad también intentan apartarnos. Hace poco despidieron a una compañera en Lefties porque decían que, por su imagen, iba a llenar la tienda de chusma", narra. "Nos movilizamos y conseguimos que no la despidieran". Lucía Domínguez también recuerda situaciones similares cuando era segunda encargada en Stradivarius: "Llegaron a decirme: '¿Por qué pones a fulanita en la caja? ¿No ves qué está gorda y que es la última imagen de la marca delante del cliente?'". Otra compañera recuerda que a una dependienta de Bershka que estaba siendo tratada con quimioterapia por un cáncer, y a la que se le caía el pelo, también le impidieron seguir trabajando de cara al público.
Llorar
Miriam Rego, que lleva de dependienta en Zara desde 2004, corrobora lo habitual de esas escenas de acoso que narran sus compañeras: "Hubo años muy duros, en los que las encargadas y los encargados se tomaban como un mérito profesional hacernos llorar", añade. "Una de ellas me dijo una vez: 'Algo estoy haciendo mal que a ti aún no te he hecho llorar'. Le parecía lo más normal del mundo".
Durante muchos años, las encargadas de las tiendas de Inditex tenían que anotar en un cuaderno cualquier incidente o detalle relevante que observaran en la actitud de sus subordinadas. Luzes ha tenido acceso a una de esas libretas, escrita entre 2012 y 2015 por tres encargados y encargadas de un comercio de una de las marcas de la compañía. De su contenido se deduce que la intención de quienes la escribieron iba mucho más allá de cualquier ejercicio normal de supervisión del personal a su cargo. Se trataba de un control exhaustivo, individualizado y subjetivo de cada una de ellas, con nombres y apellidos.
"A las ocho salió al baño 10 minutos".
"En cuestión de dos horas fue dos veces al baño más el descanso".
"A las 18h tenía que entrar en la tienda y a las 17.58 estaba entrando por la puerta. Cambiada estaba en 2 minutos. Le pregunté por qué se retrasó y me dijo que había mucho tráfico. Hablé con ella para que tuviera cuidado".
"Su especialidad es la de llegar tarde".
"No llevaba el pantalón del uniforme, su contestación era que estaba sucio".
"Entró por la puerta a las 10 de la mañana, yo ya estaba cogiendo el teléfono para llamarla".
"No trae la camiseta reglamentaria".
"Su actitud desde la semana pasada, cuando tuvo un toque de atención, fue nefasta. Se creció y tiene una actitud muy negativa hacia sus compañeras y encargadas".
"A las 20h sale al baño tardando diez minutos".
Y un apunte final:
"Enviar fotos anexas".
Tensión y amenazas de despido
Los anteriores son solo algunos ejemplos. En el cuaderno al que tuvo acceso Luzes se relatan varias escenas de mucha tensión, amenazas veladas de despido por acciones intrascendentes y prácticas de acoso psicológico. Luzes preguntó al departamento de Comunicación de Inditex si fue o sigue siendo política de la empresa exigir a los encargados que hagan esas anotaciones sobre las dependientas, y, en su caso, qué uso se hace después de lo que contienen. La compañía alegó que no puede valorar ni investigar el asunto sin "conocer de manera directa la información factual del caso", pero aseguró que "cumple escrupulosamente con la normativa laboral en todos sus ámbitos de actuación y toma muy en serio cualquier indicio de incumplimiento".
Carmiña Naveiro, la presidenta del comité de empresa provincial de Zara en A Coruña, asegura que el acoso laboral y psicológico "es algo muy habitual" en las tiendas de Inditex. "Yo misma lo he sufrido. Estuve seis meses de baja con un trastorno ansioso-depresivo. Y cuando le pedí ayuda a la empresa, en vez de como a una víctima, me trataron como culpable y me mandaron a Vilagarcía [en Pontevedra, a 120 kilómetros de A Coruña]. Fue en la época en la que hacíamos jornadas de 21 horas", asegura.
La leyenda construida alrededor de Amancio Ortega cuenta que el modelo de negocio de Inditex se estudia en las facultades de Economía y Empresa de todo el mundo porque se trata, supuestamente, de una genialidad de innovadora gestión empresarial integrada y de manejo de la producción, la logística y la distribución, en una estrategia centrada en los gustos del cliente que las adapta día a día a los vaivenes de un mercado tan voluble como el de la moda. Pero las dependientas de A Coruña que trabajan para él piensan que el truco es mucho más sencillo.
Hecho a sí mismo
"'Amancio se hizo a sí mismo', nos dicen. Es mentira. Hizo su fortuna explotando sus empleados: primero la gente de la fábrica, luego las costureras, luego el personal de las tiendas…", explica Carmiña Naveiro. "Las mujeres somos el 99% del personal de los comercios, y es increíble que una empresa tan machista esté presidida por una mujer", señala.
La toma de conciencia de las trabajadoras de Inditex coincidió con la llegada a la presidencia del grupo de Marta Ortega, la hija menor de Amancio, en marzo de 2022. Al contrario que su padre, ella no elude la exposición mediática que rodea su figura social y empresarial. En sus primeros diez meses al frente de la compañía, la nueva presidenta se dejó ver en A Coruña en decenas de ocasiones rodeada de modelos, actores, actrices, diseñadores y diseñadoras de todo el mundo, celebrities que acudían en avión privado a las glamurosas exposiciones que ella patrocina y con las que está asentando una imagen pública de mecenas cultural en su ciudad.
Mientras tanto, rodeadas de policías, las dependientas de Inditex improvisan en calle Compostela otra exposición, la de sus condiciones laborales, que fueron llenando con láminas, fotocopias y tarjetas sujetos con pinzas y perchas de la ropa. Recogen viñetas, fotografías y los lemas que fueron ideando para acompañar sus reivindicaciones, con los que pretenden aclarar que, lejos del que se piensa, la compañía de los Ortega no es el paraíso de los salarios elevados y de las condiciones laborales envidiables: "Trabajo en Inditex y no llego a fin de mes"; "Trabajo en Pull, salario de full"; "Trabajo en Lefties, salarios indecentes"; "Trabajo en Pull&Bear y no tengo para vivir"; "Trabajo en Zara Home cobrando un mojón"; "Traballo en Oysho, salario de lixo [basura, en gallego]".
También recuerdan que su trabajo no solo consiste en sonreír, empaquetar y vender, sino en trasladar pesos, descargar cajas, subir y bajar escaleras desde el almacén cargadas de mercancía, reponer expositores… "Con el tiempo, todas acabamos con fibromialgia, con túnel carpiano o con trastornos musculoesqueléticos", añade Carmiña Naveiro.
Mano dura
"Desde que llegó Marta Ortega están volviendo las formas arcaicas", dicen las trabajadoras. "Hay algunas tiendas donde volvieron a imponer que tengamos que pedir permiso para ir al baño y les dijeron a los encargados que empleen mano dura con nosotras. También están volviendo a poner dificultades para que las madres puedan adaptar su jornada al cuidado de sus hijos", advierten.
Inditex acumula varias sentencias en contra por ese motivo. En enero de 2022, poco antes de aquella huelga, el Tribunal Superior de Xustiza de Galicia había condenado a la compañía por denegar a una mujer que trabaja en Stradivarius su derecho legal a adaptar su jornada al horario que precisa para criar a su pequeña, y a la que también tuvo que indemnizar por daños y perjuicios.
La plantilla de dependientas de Inditex en A Coruña está formada por unas 1.500 personas, y la abrumadora mayoría son mujeres con contratos temporales y a tiempo parcial, con salarios y condiciones mucho peores que las de sus compañeros en la fábrica del polígono industrial de Sabón, en Arteixo, a unos 13 kilómetros de la ciudad, y del resto de departamentos de diseño, administración, servicios, logística etcétera, que tienen sed en el mismo polígono.
Según explica Vanessa Castiñeira, los trabajadores de Inditex en Sabón disfrutan de una paga de 200 euros si tienen hijos o hijas con una discapacidad superior al 33%, que en las tiendas se quedan en 150 euros. Allí tienen un plus de 210 euros de ayuda para la compra de libros para trabajadores con niños en edad escolar y de 400 euros si van a la universidad, que a "las niñas" les niegan. "Como si nuestros hijos valieran menos", dice Vanessa.
Inspección de Trabajo
Lucía Domínguez cuenta que en Sabón hay un restaurante para empleados con menús del día a 15 céntimos, mientras que ellas no sólo no disfrutan de nada parecido, sino que en Stradivarius incluso tuvieron que acudir a la Inspección de Trabajo para lograr que la empresa instalara en la tienda una nevera y los enseres básicos para que pudieran calentar la comida que se llevan de casa para poder comer.
Durante las semanas que duró su protesta, la dirección de Inditex intentó reventar la huelga informando a través de la intranet corporativa del dinero que iba a restar de sus nóminas a cada dependienta por cada jornada que secundara el paro, y advirtiéndolas sobre la comisión de delitos si participaban en piquetes. Y financió otros gastos extra en Sabón como para darles a entender a "las niñas" que la empresa tiene dinero más que suficiente, pero no para ellas: "Cruasanes traídos de una pastelería de París; pulpo de la pulpeira de no sé dónde; chocolate con churros de Bonilla [una conocida cadena local de restauración de A Coruña] elaborados in situ por un churrero que llevaron a Sabón; mariscadas con ostras justo después de nuestras huelgas… Todo eso circuló esos días por Instagram, nos lo restregaron por la cara", explican.
Pero siguieron. Unidas. Y ganaron el pulso. Solo unos días antes de eso, Carmiña, Lucía, Miriam, Marina y Vanessa aceptaron charlar con Luzes y fotografiarse, con sus nombres y apellidos y junto a otras compañeras, frente a varias de las tiendas de Inditex que rodean la calle Picavia de A Coruña, la de mayor renta de Galicia, sabiéndose conscientes de que ya habían logrado algo importante: "Estamos hartas de que se rían de nosotras". "Lo mejor de todo esto está siendo el compañerismo que hay ahora en las tiendas". "Estamos despertando". "Ya no tenemos miedo".
El 26 de diciembre de 2022, después de varias jornadas de paros, manifestaciones y protestas, y frente de la amenaza de que la huelga hundiera las ventas de sus tiendas en plenas rebajas, Inditex aceptó una subida de 322 euros mensuales en las nóminas de sus dependientas en A Coruña, cantidad que iría subiendo hasta llegar a los 382 euros años después. Para cada una de ellas significaba poder empezar a vivir dignamente de su trabajo. Para los Ortega, apenas cuatro segundos perdidos en el incremento anual de su colosal fortuna.









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