Seis mujeres que abrieron caminos incluso antes de saber que eran pioneras
'Público', el Ministerio de Igualdad y el Instituto de las Mujeres celebran la II edición del 'Homenaje a Mujeres que han hecho Historia', un acto que rescata vidas que transformaron la educación, la justicia, el deporte o el feminismo.

Madrid--Actualizado a
La Biblioteca Nacional volverá a abrir sus puertas el este 12 de noviembre a las 18.30 horas para acoger la segunda edición del acto Homenaje a Mujeres que han hecho Historia, organizado por Público en colaboración con el Ministerio de Igualdad y el Instituto de las Mujeres y la Biblioteca Nacional. Un acto que, como el pasado año, pone luz sobre trayectorias de mujeres que han contribuido a la transformación del país, desde la educación, el deporte, la justicia, la sanidad, el feminismo o la cultura; aunque muchas veces lo hicieran en la sombra, sin que su labor fuera fácilmente reconocida.
Presidirán la ceremonia la ministra de Igualdad, Ana Redondo; el director de Público, Manuel Rico; la directora del Instituto de las Mujeres, Cristina Hernández; y el director de la Biblioteca Nacional de España, Óscar Arroyo. No será solo un acto institucional, sino que más bien se asemejará a un ejercicio de memoria y agradecimiento colectivo. También contará con la participación de Paquita Sauquillo, Cristina Almeida, Rosa María Calaf, Rosa Villacastín, Marta Nebot y Sarah Santaolalla.
Las galardonadas
Cada homenajeada representa una forma de lucha. Luchas que en sí mismas, por el hecho de darse, dieron lugar a avances. Sus vidas forman parte de esos faros, referencias, en las que fijarnos para entender en qué medida los derechos de las mujeres han tenido poco de concesión y mucho de pequeñas disputas diarias. "Este año cumplo 50 años de militancia feminista organizada… porque me ha merecido la pena", cuenta Begoña San José, pionera de la Secretaría de la Mujer de CCOO, una de las galardonadas. "El feminismo te acompaña toda la vida y tiene un mensaje: que seas fiel a ti misma, que no tengas que responder a un mandato predeterminado", afirma.
Desde los últimos años del franquismo, pasando por cárceles, detenciones, huelgas y debates parlamentarios, su trayectoria es la historia viva de la consolidación de derechos feministas en el terreno laboral. "Hemos pasado de tres millones de mujeres trabajadoras a diez millones… La autonomía económica, que es fuente de otras autonomías, es infinitamente mayor", recuerda.
Una sensación que se asemeja a Carmen Arce, la primera guardameta internacional de la selección española de fútbol femenino. Debutó el día que cumplía 15 años y es difícil saber si entonces llegó a imaginar que defender aquella portería era también defender el espacio que las mujeres tenían derecho a ocupar en el mundo del deporte. Medio siglo después, mira atrás con orgullo y cautela: "Las cosas han mejorado muchísimo, por supuesto, pero queda muchísima labor… Llenar campos y jugar bien también se convirtió en un problema para la Federación. Decían que por nuestra salud no debíamos jugar". Además de pionera del fútbol, fue enfermera en oncología. "Cuando acabé enfermería tuve una crisis de identidad muy grande… Me preguntaba: ¿para qué he estudiado tanto?, ¿cuál es realmente mi rol? Tuve que irme a Estados Unidos y al Reino Unido para aprenderlo", confiesa. Hoy, da nombre a un premio que reconoce a jóvenes porteras.
Por su parte, Irune Costumero, tercer nombre de entre las galardonadas, lleva años denunciando el falso Síndrome de Alienación Parental (SAP), esa falsa teoría usada para retirar custodias a madres protectoras que denuncian violencias por parte de los padres hacia sus hijos. "He ido durante años sin chaleco salvavidas, dando la cara con nombre y apellidos… por mi hija y por tantísimos niños y niñas atrapados", relata. Ver que profesionales de la judicatura y la psicología empiezan a dar la cara para que las cosas mejoren "es muy grande", dice, pero no suficiente: "Un sistema donde el pater familias prevalece frente al sufrimiento de un niño no es garantista de Derechos Humanos. Nuestras criaturas tienen derecho a vivir sin violencias, y la judicatura tiene la obligación de defenderles".
Precisamente pensando en las infancias, en los juzgados de Barcelona, la jueza Isabel Giménez ha hecho algo poco común: explicar sus sentencias a niños víctimas de violencia para que entiendan la justicia sin miedo. Coautora en el libro Hijas del miedo de la Asociación de Mujeres Juezas (AMJE) y participante del largometraje documental No estoy loca de la directora María Bestar, ha combatido desde los tribunales la violencia vicaria y el uso del inexistente SAP. "La primera sorprendida en descubrir que era feminista fui yo. Crecí en un entorno donde ver a las mujeres trabajar fuera de casa, ser independientes o conducir un coche era lo normal. Mi madre fue mi primer ejemplo de autonomía", expresa Giménez.
Sin embargo, advierte, "fue en la judicatura donde comprendí que aquello que había naturalizado no estaba garantizado para todas. Que muchas mujeres, niñas, niños y personas en situación de vulnerabilidad no podían ejercer plenamente sus derechos en la práctica. Y fue ahí donde entendí que incorporar la perspectiva de género e infancia no era una opción personal, sino una responsabilidad constitucional orientada a garantizar la igualdad real y efectiva".
Si bien reconoce que "la llevanza de un juzgado aplicando esta perspectiva ha supuesto, sin duda, más trabajo, más análisis, más escucha, más cuidado interpretativo. Y también, en ocasiones, críticas e incomprensiones dentro del propio oficio. Lejos de desanimarme, siempre he intentado tomar esas críticas de forma constructiva. Porque es cierto: se aprende". "Quienes hemos avanzado en esta línea sabemos que la neutralidad no existe: las leyes y las instituciones no son neutrales porque fueron construidas desde miradas concretas: históricamente, la de hombres blancos heterosexuales de determinadas clases y posiciones sociales (...) Ha sido muy satisfactorio ver cómo prácticas que antes realizábamos unas pocas se han convertido en ley y en buenas prácticas. Hoy, cada vez más compañeras y compañeros asumen esta mirada".
La quinta de las premiadas se llama Isabel Jiménez y ha dedicado su vida a que niñas y niños gitanos tengan acceso a la educación. A mediados de los años 80, Jiménez comprendió que la educación no podía estar desconectada de la lucha política y social. Recuerda el día en que una mujer gitana, Pilar Clavería, madre de diez hijos, irrumpió en la Asociación de Promoción Gitana para exigir soluciones reales ante el realojo del poblado del 5º Julieta en Zaragoza. "No se trataba solo de pedir una vivienda", explica Jiménez. "Ella insistía en la necesidad de repartir las viviendas sociales entre distintos barrios para evitar nuevos núcleos de pobreza y guetos". Aquella mujer, dice, "era el prototipo de la mujer gitana de ley… se la respetaba. Yo la admiraba, la apoyé desde el principio y la acompañaba a reuniones con las instituciones". De ese vínculo nació una alianza imprescindible: "Me convertí en su asesora y amiga".
Desde entonces, impulsaron juntas proyectos pioneros para mujeres gitanas. "Iniciamos cursos de puericultura, corte y confección o restauración de muebles… íbamos poco a poco para que los hombres lo vieran como actividades de mujeres, y no como espacios propios de desarrollo personal y profesional", relata. "Fui invitada a la Conferencia Internacional sobre la Diversidad en Barcelona en 1992 como asesora de la Asociación, y más tarde viajamos juntas al Encuentro Internacional de Mujeres Gitanas en Budapest, en 1997; fue muy estimulante", recuerda.
Para Jiménez, estos pasos abrieron una brecha de oportunidad irreversible: "Las mujeres debían salir a formarse y trabajar fuera del entorno familiar… poco a poco se fue consiguiendo", aunque advierte que el reto continúa. "Se ha avanzado mucho, pero todavía quedan dificultades; la tradición gitana se resiste a la independencia de la mujer, y la sociedad mayoritaria sigue discriminando. Más del 80% de la población gitana vive en pobreza severa". Ahora, concluye, "toca a las nuevas generaciones preservar lo conseguido y seguir construyendo una sociedad más acogedora, sin olvidar el papel de las mujeres en todo este proceso".
Mientras que la última de las mujeres que va a recibir el galardón ha sido la voz de Sigourney Weaver, Susan Sarandon, Glenn Close y Jane Fonda. María Luisa Solá recuerda que llegó al doblaje "muy jovencita" y sin saber nada, solo con ganas de aprender. "Me pasaba muchas horas dentro de la sala escuchando, viendo lo que hacían aquellas personas que me parecía que hacían magia totalmente", cuenta. Empezó con papeles pequeños, casi invisibles, "cositas muy cortitas", hasta que poco a poco fue teniendo más responsabilidad y se afianzó en la profesión. Lo hizo observando, con paciencia: "Hay que tener paciencia, ganas de aprender".
También creció en un oficio rodeado de censura: "Había siempre como un respeto, un miedo a que, bueno, una vez acabada la película, van a venir los de la censura y lo van a censurar. Lo censuraban todo, absolutamente todo". Por eso le preocupa que la historia pueda repetirse: "Otra vez la censura… y eso no se puede tolerar, creo yo. Y contra eso sí hay que luchar". Ama su trabajo y lo dice con calma: "He sido muy feliz". Su hijo y su nieto también se dedican al doblaje: "Les he metido ese gusanillo dentro del cuerpo". Y, cuando le preguntan qué diría a quienes empiezan, lo resume sin rodeos: "Paciencia, paciencia y paciencia y cuando se te acabe, pues otra vez paciencia".
Carmen Arce, Begoña San José, Irune Costumero, Isabel Jiménez, Isabel Giménez y María Luisa Solá… Todas tan diferentes, pero a su vez comparten ese hilo que une la historia de millones de mujeres. Este 12 de noviembre se agradecerá precisamente que hayan contribuido a construir un patrimonio que ahora, gracias a figuras como ellas, es colectivo.


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