No es un caso aislado: así funcionan los grupos de hombres que comparten fotos de sus parejas sin su consentimiento
Facebook ha cerrado un grupo italiano en el que, durante casi siete años, más de 30.000 hombres han compartido imágenes íntimas de mujeres tras la denuncia pública de una escritora.
Amparo Calabuig, politóloga experta en Igualdad, pone en foco en cómo estos espacios operan como lugares de "homosociabilidad masculina" y validación para muchos hombres.

Madrid--Actualizado a
Facebook ha cerrado un grupo italiano en el que, durante casi siete años, más de 30.000 hombres han compartido imágenes íntimas de mujeres –muchas de ellas sus parejas o exparejas– sin su consentimiento, como si dicha vulneración de su intimidad fuera algo parecido a un motivo para sentirse orgullosos o presumir. Un nuevo episodio de violencia digital que ha mostrado cómo la violencia machista encuentra en internet un espacio idóneo para perpetuarse, expandirse y validarse.
Conviene tener en cuenta que la clausura del mencionado grupo solo ha tenido lugar después de que la escritora italiana Carolina Capria denunciara a través de Instagram la existencia de este espacio y mostrara el tipo de contenidos que allí se compartían. "Me han informado de un grupo de Facebook con 32.000 usuarios en el que algunos de sus miembros intercambian fotos íntimas de sus propias mujeres para comentar su aspecto y dar voz a sus fantasías sexuales. Mujeres que a menudo no saben que son fotografiadas para ser sometidas a una violación virtual", alertaba Capria. Unas publicaciones a las que se sumaba una amplia lista de comentarios misóginos y sexistas. Poco después, la organización feminista No Justice No Peace se sumó a la denuncia pública de la escritora, generándose una oleada de reacciones que, solo llegado ese nivel de escándalo, han puesto a Meta contra las cuerdas.
"Resulta impactante porque se materializa en un grupo concreto, con una cantidad de hombres significativa (y especialmente porque podría ser nuestro novio, nuestro ex, nuestro colega, nuestro vecino, nuestro profe o nuestro compañero de trabajo). Sin embargo, a nivel estructural no supone, por desgracia, una excepción", resume la politóloga Amparo Calabuig Puig en declaraciones para Público.
Es decir, lo ocurrido en Italia no es un caso aislado. Se vio en Portugal, hace menos de un año, donde la Fiscalía investigó un canal de Telegram con más de 70.000 miembros que intercambiaban imágenes de mujeres sin permiso. Allí se difundían fotografías robadas de redes sociales o tomadas de extranjis –como en baños o transportes públicos— y, en algunos casos, incluso se pedía dinero para entrar en los grupos. Un estadio entero lleno de hombres organizados únicamente para compartir violencias digitales contra mujeres. Una concatenación de noticias semejantes que dan pie a sentirse, efectivamente, "francamente impactada", como expresaba la presentadora y activista feminista Henar Álvarez en un reel.
Tampoco se trata de un fenómeno circunscrito al entorno europeo. A finales de julio, se publicó que en China habían salido a la luz grupos en Telegram con más de 100.000 usuarios en los que se compartían fotos íntimas de mujeres sin su consentimiento, incluidas grabaciones hechas con cámaras ocultas. Al parecer, también se circulaban imágenes de menores. Aunque la aplicación está prohibida en el país, el acceso mediante VPN había permitido que estos espacios crecieran durante años.
En España también han salido a la luz episodios que retratan el mismo patrón. En 2023 saltó el caso, todavía en curso, de varios futbolistas de la cantera del Real Madrid acusados de difundir vídeos de sus relaciones sexuales con tres mujeres (una de ellas menor de edad) que, según ha sido denunciado, habrían grabado sin consentimiento y compartido en sus chats privados. Pero hay más casos recientes, como el de la red desmantelada por la Guardia Civil en la que 27 mujeres fueron grabadas por sus novios o ligues, y convertidas en "mercancía" en chats de WhatsApp, que siguen evidenciando que no se trata de conductas ni mucho menos solitarias. Si se mira atrás, nombres como el de Olvido Hormigos o casos como el de la trabajadora de Iveco que se quitó la vida en 2019 tras la difusión masiva de un vídeo suyo, sirven a su vez de recordatorio de la magnitud que alcanza el sufrimiento que puede llegar a acarrear todo esto que se está tratando de poner sobre la mesa.
Para Amparo Calabuig, el centro del asunto está en cómo estos grupos operan como lugares de "homosociabilidad masculina". "Estos espacios han sido una constante en el patriarcado, pieza fundamental para la estructuración y reproducción de todo el sistema ideológico patriarcal. La novedad respecto a otras épocas históricas reside, una vez más, en las herramientas que tienen: internet y las redes sociales", explica la experta en Igualdad, Derecho Constitucional y Masculinidades. En ellos, detalla, se reproduce "la 'performance' de la masculinidad, donde se demuestra la heterosexualidad obligatoria y los comportamientos típicamente de los 'machos'. Por eso no solamente se sienten con la libertad de actuar así, sino que esta forma de actuar les supone un reconocimiento de su propio valor como hombres".
De modo que socavar y violentar la intimidad ajena pasa a convertirse en un modo de lograr una validación que, por otra parte, acarrea muchos malestares y dolores de cabeza. Y ese comportamiento, insiste Calabuig, solo es posible en un contexto donde "las relaciones sexoafectivas dentro de los parámetros patriarcales son desiguales y asimétricas", y donde la construcción de la masculinidad tóxica pasa por el control del cuerpo y la sexualidad de las mujeres.
Lo que emerge de este tipo de dinámicas, en realidad, es un espejo de la manera en que se siguen configurando las relaciones a pie de calle. "La idea de los hombres de alto valor reside en tener un gran éxito sexual, ser capaces de conquistar al mayor número de mujeres y de tener el mayor número de relaciones sexuales", apunta Calabuig. "Por supuesto, también de tener un gran aguante sexual, tener siempre ganas y deseo y centrar todo el acto sexual en el falo y en la penetración. En el caso de la construcción de las mujeres de alto valor, la construcción se basa en la antítesis: el servicio", continúa la investigadora.
El estudio de 2022, recogido en el informe Aproximación a las violencias machistas online. Una mirada desde la juventud, muestra precisamente hasta qué punto estas prácticas forman parte del día a día digital de muchos. Más del 38% de los encuestados reconocieron haber recibido imágenes íntimas de terceras personas sin estar convencido de que hubiera consentimiento en su difusión. El documento a cargo de Berta Suárez Polo también alertaba sobre la complicidad a la que dan lugar los entornos digitales masculinizados. Algo más del 18% de los jóvenes reconoció sentirse incómodo ante mensajes sexistas en grupos de WhatsApp, pero admitió que no responde "por no saber qué decir o por no querer hablar". Ese silencio, señalan las autoras, alimenta la invisibilidad de la violencia al tiempo que contribuye a sostenerla.
Sobre posibles soluciones, Calabuig considera que "obviamente, la actuación de las plataformas digitales, en este caso Facebook, pero se debe incluir todas ellas, son deficientes. La pregunta es si son deficientes por negligencia, es decir, porque no han sabido detectarlo más rápidamente o porque las herramientas de censura no están bien perfiladas; o, por el contrario, no se actúa antes por intereses económicos e ideológicos".
En el mejor de los casos, se trataría de un problema eminentemente técnico. Algo que, ciertamente, "sería un alivio (...) porque la solución sería rápida y fácilmente mejorable". Si bien "los intereses económicos e ideológicos que se encuentran detrás son notables y conocidos". En ese segundo escenario, el problema se convertiría en "un posicionamiento estructural de una de las principales herramientas de socialización y de difusión de la información que existen en la actualidad". Por eso, insiste la politóloga, "a nivel colectivo la respuesta debe ser contundente y organizada", aunque resulte difícil en un ecosistema "donde casi todas las parcelas están ocupadas por empresas privadas".
Están en juego muchas cosas. En primer y principal lugar, la integridad de las mujeres y niñas víctimas de esos nidos de violencia. En segunda instancia, la forma perversa en que se siguen construyendo las masculinidades en la era digital. Y, por último, la complicidad de quienes gestionan las herramientas donde estas dinámicas se reproducen. Tener claro que no son excepciones es solo el primer paso para exigir, en consonancia con las expertas y activistas, una respuesta política, social y tecnológica a la altura.
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