Opinión
El baile de Argüello en 'El pecado de Satán'

Por Sato Díaz
Coordinador de Política.
El pecado de Satán es nombre de bar queer. Oscuro, oculto. Pinchan música techno y se te van los pies. En los baños hay mucho gentío, lugar de encuentro. En la pista las sombras danzan solitarias hasta que coinciden con otra y se funden en una sola. Al salir, amanece, otra vez. "El orgullo es El Pecado de Satán", escuché decir una vez a Luis Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal. Y ahora, cuando me pierdo entre miradas inconexas, en el fondo del bar, me lo imagino bailando junto a la DJ, quemando zapatilla, comiendo bafle.
Vaya ritmo, Argüello, cuando se pone a bailar. Su silueta, perdida entre las demás, parece una verdadera "deconstrucción antropológica". "Las leyes aprobadas en materia de sexo y género en los últimos diez años en este país, un ejercicio de deconstrucción antropológica", declaraba esta semana el presidente de la Conferencia Episcopal en un curso de verano organizado por la Universidad Pontificia de Salamanca y la Fundación Pablo VI. Y es que monseñor no acepta que las personas tengamos "autonomía para decidir el propio género", a lo que añade: "Despreciando el bios, el cuerpo". Pero, ¿hay mayor desprecio al cuerpo que no amoldarlo a los propios sentimientos e identidad, aislándolo, como si el cuerpo fuera por un lado, la mente por otro y la emoción por un camino distinto?
"Yo puedo ser lo que quiera y mi cuerpo no es más que un instrumento", me lo imaginaba acercándose a la barra, repitiendo sin cesar esta frase, uniéndose a la conga, perreando hasta el suelo. "(El cuerpo es) el territorio que el capitalismo me deja para poder experimentar que soy libre", gritaba a los cuatro vientos, libre, partiéndose la camisa como Camarón, en la escena creada por mi desaforada imaginación. Se le veía feliz, a Argüello.
Quizás la noche me confunde, quizás los neones y los destellos de la discoteca me hayan vuelto majareta. Puede ser, pero por más que intentaba concentrarme, cerrando los ojos y buscando la lucidez que no encontraba en aquel antro, no imaginaba escena más coherente para aquellas palabras que las de una farra sacada de quicio, que las de una farsa de alcohol y de vicio. No podía ser que una persona en su sano juicio afirmara "la consolidación de las terapias afirmativas, al mismo tiempo que se condenan, llamando terapias de conversión, al acompañamiento a una persona que tenga problemas, dudas, conflictos entre su corporalidad, su orientación sexual, su género". ¿No puede ser? ¿O sí?
Podría ser solo en el supuesto caso que el objeto de mis reflexiones, el sujeto Argüello, se creyera en un púlpito tan alto que considerara que su modelo de vida es el único que merece ser vivido, que tiene la razón absoluta que le otorga su militancia clerical, que tiene la más mínima importancia lo que él diga sobre la vida de los demás. Quizás sea eso, que una organización se otorgue la exclusividad de la moral, una organización gobernada solo por hombres, que excluye a las mujeres del papel de mediación con dios todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, que practicando el celibato ha ocultado durante siglos la pederastia en su seno, sea la mejor solución para ejercer de "acompañamiento" a las personas LGTBIQ+ para arrancarles de cuajo su orientación sexual, sus deseos, sus anhelos, sentimientos o identidad de género.
"No hay una aconfesionalidad, hay un confesionalismo antropológico", aseguraba el jefe de los obispos este jueves, justificando esta sentencia: "Se prohíben las terapias de conversión, al mismo tiempo que se consolidan las terapias afirmativas, es decir, no hay tal vacío antropológico". Las torturas de conversión, pronto serán tipificadas en el Código Penal. En ellas, una supuesta autoridad moral le dice a una persona que sufre que tal y como es no vale la pena. Las terapias afirmativas no son tales, tan solo refuerzan que cada vida merece la pena ser vivida, que cada persona es un tesoro tal y como es.
Prefiero imaginarme a Argüello borracho, en el sótano de El Pecado de Satán, que intentando imponer su visión del mundo al resto de los mortales desde el curso de verano de una universidad católica.
Me fui del antro, el sol ya era de justicia. Pero justo antes de salir, tras tropezar con nuevas sombras sin género definido, unas letras dibujadas en la pared con leds fosforescentes, decían: "Podéis ir en paz".


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