Opinión
La ciudad ambulante

Por Juan Losa
Periodista
Me dijeron que si de verdad quería entender a qué se dedica la Unidad de Innovación y Desarrollo tenía que hablar con Antúnez. Pregunté dónde encontrarlo y me informaron de que ya se encargaría él de encontrarme. Como no quería prolongar mucho la espera, recorrí la acampada a fin de dejarme ver: pasé por la Plaza Gaza varias veces, me invitaron a café en la calle de la Rabia y fui amablemente interpelado en la glorieta de la Tercera República. Así hasta llegar donde la estatua de Carlos III y su caballo, cuya sombra, proyectada por el sol de media tarde, cubría buena parte de la zona oeste del asentamiento, dejando el este —núcleo fundacional— libre de Borbón.
Fue ahí donde escuché la voz de Antúnez; sonó débil, velada por la cubierta de una Quechua desvencijada. Me asomé a su interior y vi a un hombre joven de piel cetrina y alopecia prematura. Nada en su rostro decía gran cosa, salvo su media sonrisa, que se me antojó descarada, como si tras ella latiese un profundo sentimiento de soy tremendo máquina, algo que, desde un punto de vista estético, no encontraba justificación alguna. Me invitó a pasar y empezó a hablarme del Programa Rotacional de Vivienda, una utopía metropolitana que él mismo había diseñado con la ayuda de un urbanista amigo suyo y que, de llevarse a cabo, podría dar respuesta a algunas de las principales demandas del colectivo.
El así llamado "Programa Rotacional de Vivienda" permitiría que los 97.000 inmuebles que, según el INE, presenta Madrid en distintos grados de desocupación pasaran a uso público mediante un "modelo de asignación sucesiva de residencia", por el cual cerca de 100.000 personas —entre ellas, quienes carecieran de alojamiento estable, menores de 35 años que no hubieran podido emanciparse por razones económicas y unidades familiares cuyo esfuerzo residencial superase el umbral establecido reglamentariamente— podrían acceder a una de estas viviendas durante una semana, procediéndose al término de cada periodo a la asignación aleatoria de un nuevo domicilio.
La propuesta de Antúnez, por descabellada que parezca, nos convertiría en inquilinos ubicuos: podríamos transitar el abigarrado urbanismo de Los Carabancheles, con sus recodos en cuesta y sus desconchones; sentir el dulce sueño de estar vivos que otorga un amanecer en San Blas, un gotelé en Aluche o un adosado en Sanchinarro. La ciudad de todos para todos. "¿Por qué hemos renunciado a la ciudad?", se pregunta Antúnez tras una pausa dramática. "¿Por qué no convertimos la experiencia de habitar en un bien común?", prosigue. "¡Por una redistribución dinámica del espacio habitable!", se viene arriba. "¡La ciudad nos pertenece!", estalla y perdigonea.
Llegado este punto, Antúnez decide dar por zanjado el asunto volviendo a esbozar la media sonrisa ya referida, si bien esta vez acompañada de un leve matiz de confirmación: soy tremendo máquina y lo sabes.
Salí de la Quechua y busqué otras voces que corroborasen lo que acababa de escuchar, quería saber hasta qué punto lo de Antúnez era ingenio o locura. Una persona de la organización me indicó que mi interlocutor integraba lo que ellos denominan la División de Soñantes e Imaginadores, adscrita a la Unidad de Innovación y Desarrollo, siendo Antúnez uno de sus principales soñantes. "Su labor no es otra que la de extender los límites de lo posible", me dijo. Me explicó también que Antúnez no estaba solo; una joven buscaba el modo de abolir los martes por medio de una reconfiguración algebraica del calendario jacobino, incluso un colectivo de estudiantes había ideado la eliminación de varios centenares de fascistas sin derramamiento de sangre, mediante la implementación un Protocolo de Inmersión en la Diversidad y el Matiz que, en casos muy determinados, podría complementarse con un Protocolo de Higienización Ideológica con Altas Temperaturas.
Se sueña fuerte en Sol.
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