Opinión
27 de enero: el día que interpela a Europa

Historiadora, investigadora del CEDID-UAB y coordinadora del Archivo Histórico de la Fundació Carles Pi i Sunyer
Si les digo "27 de enero", ¿qué les viene a la cabeza? No me refiero a Barcelona, puesto que cayó en manos franquistas un 26 de enero de 1939. Tampoco es Madrid porque los asesinatos de Atocha fueron un 24 de enero de 1977. Una pista: amplíen el marco geográfico. Alemania quizás? Nos vamos acercando, pero tampoco: Hitler fue nombrado Canceller de Alemania un 30 de enero de 1933. ¿Será Rusia? Caliente: la liberación de Varsovia de la ocupación nazi fue el 17 de enero de 1945. Avancen diez días y lo tienen: 27 de enero de 1945, el día de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz Birkenau por parte de las tropas soviéticas. Efectivamente, esta fecha es la que en el año 2005 la Organización de las Naciones Unidas decretó como Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto.
Cada 27 de enero, el calendario nos sitúa en una fecha marcada en rojo en la Historia de la Europa contemporánea. Evidentemente, no es una fecha festiva ni una celebración para saltar de alegría. Es una fecha que invita al recogimiento y a la memoria. Aquel día de 1945 las unidades de la 322ª División de los Fusileros del Ejército Rojo fueron los primeros en descubrir la barbarie del Holocausto. Tras los alambrados no encontraron solo algunos supervivientes del genocidio nazi, sino que desvelaron la evidencia material de hasta dónde puede descender el ser humano cuando la dignidad desaparece.
El Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto no es, por tanto, una conmemoración más. No es un día más de la larga lista de días mundiales que llenan el calendario con celebraciones banales y algunas, hasta cierto punto, inútiles. No. Este día merece ser subrayado y reivindicado con voz alta. No pertenece al pasado. No nos equivoquemos ni nos dejemos llevar por los discursos de algunas fuerzas de extrema derecha que manipulan, tergiversan e ignoran la trascendencia de este pasado. Porque pertenece, sobre todo, al presente. Y nos pertenece a todos.
Recordar el Holocausto es recordar el punto exacto en que la civilización europea se quebró. Aquella Europa que durante siglos se construyó como la cuna del progreso, la Razón y la Cultura (en mayúsculas); aquella Europa que se edificó como bastión del Pensamiento y la Humanidad; aquella Europa fue, justamente, la que organizó con precisión burocrática, frialdad política y eficacia industrial, el exterminio sistemático y premeditado de millones de personas. Judíos, gitanos, homosexuales, republicanos y un largo etcétera de víctimas que dejaron de tener "dignidad humana" a los ojos del Tercer Reich.
Theodor W. Adorno y Max Horckheimer fueron los principales autores de esta reflexión que desarrollaron magníficamente en su "Dialéctica de la Ilustración" (1944), uno de los libros fundacionales de la Escuela de Frankfurt. En él, advirtieron que la propia Razón moderna contenía una paradoja inquietante. Aquella Razón que había nacido para emancipar al ser humano acabó reducida a una "razón instrumental", orientada exclusivamente al cálculo, la eficiencia y el control, sin preguntarse por la justicia y la dignidad. Cuando la Razón se limita a organizar medios sin cuestionar los fines, el ser humano puede convertirse en un objeto más dentro de un sistema cruel. El Holocausto fue, precisamente, la expresión extrema de esta deriva: un exterminio ejecutado no contra la Razón, sino mediante una Razón degradada en instrumento de dominación.
El Holocausto se ejecutó materialmente en los campos de exterminio: Auschwitz Birkenau, Dachau, Treblinka, Mauthausen, Buchenwald, Ravensbrück, Belzec, y muchos más. Pero atención: el Holocausto no comenzó allí. El Holocausto comenzó años atrás y vino gestándose con determinación y planificación. Comenzó con palabras y gestos. Con discursos que despojaban al «no deseado» de su condición humana y lo anulaban como persona. Con leyes que lo excluían. Con consignas que los señalaban como culpables y los perseguían como quien quiere atrapar el demonio. En definitiva, con gestos inicialmente cotidianos que acabaron normalizando la discriminación y justificándola en pro del proyecto nazi.
Hannah Aredt, la gran filósofa judía que reflexionó sobre esta conversión lo calificó como "la banalización del mal". El mal puede surgir de la renuncia a pensar, de la incapacidad de juzgar moralmente y de la adaptación pasiva a un sistema y unas órdenes que normalizan lo inaceptable. La mayor amenaza no es el fanático sino el individuo corriente que deja de ejercer su responsabilidad moral y convierte la obediencia en sustituto de la conciencia. Cuando la indiferencia sustituyó la conciencia y la dignidad humana se convirtió en selectiva, el Holocausto arrancó motores.
Esta idea justamente, la de la defensa incuestionable de la dignidad humana, es la que ha regido el manifiesto institucional de la ONU de este año 2026: Holocaust Remembrance for Dignity and Human Rights. En él, la Organización de las Naciones Unidas afirma que "la defensa de los derechos universales es esencial para una paz sostenible y […] al recordar a las víctimas del Holocausto, afirmamos nuestra humanidad compartida y nos comprometemos a defender la dignidad y los derechos humanos de todos".
Pero más allá de esta reivindicación hasta cierto punto, previsible y evidente, la ONU reconoce el otro gran problema de nuestros días: la desmemoria. "El recuerdo del Holocausto desafía la negación y la distorsión, rechaza las falsedades, confronta el odio e insiste en la humanidad de las víctimas". Si no recordamos, olvidamos. Si no lo explicamos, no lo recordaremos. Por eso, recordar no es un ejercicio de nostalgia. Es un ejercicio de responsabilidad.
Durante décadas, la memoria del genocidio nazi estuvo representada directamente por sus supervivientes. Por aquellos centenares de personas anónimas que resistieron el infierno de los campos de exterminio, algunos sin saber cómo. Sus voces, sus cuerpos, sus llantos y sus gritos silenciados fueron la única imagen viva de aquella realidad exterminadora que parecía imposible. Ellos no hablaban des de la teoría, hablaban desde la horrible experiencia vivida en sus carnes. Sus palabras no eran una interpretación de unos expedientes consultados en un archivo, eran un testimonio real. Sólo su persona tumbaba cualquier intento de negación.
Hoy, sin embargo, ya son pocos los que quedan. Ley de vida. Cierto. Pero muy peligroso por los tiempos que corren. Nuestra generación presenciará la desaparición de esta memoria oral. Presenciamos, pues, la muerte de la memoria en primera persona. Y ante esta realidad, cambia la naturaleza del recuerdo. La memoria ya no se fundamenta en los recuerdos de los que lo vivieron, sino que se sostiene por el compromiso de quienes deciden no olvidarlos. Y esto es un giro de guion máximo.
En este contexto, la educación adquiere un papel decisivo para nuestro futuro y para el de nuestros jóvenes. La memoria histórica en las escuelas e institutos debería ocupar un espacio vip reservado. No solo porque transmite conocimiento sino porque forma ciudadanos. Explicarles el Holocausto no es un gesto de anclaje en un pasado negro, al contrario. Recordar el Holocausto es proporcionarles herramientas para descifrar un presente inmediato que pone los cimientos de su futuro próximo.
Y este presente no es idílico. Según el manifiesto de la ONU "más de ochenta años después del Holocausto, presenciamos ataques diarios contra nuestros conciudadanos del mundo. El antisemitismo y el odio aumentan. La negación y la distorsión del Holocausto persisten". En este sentido, es relevante fijarse en el informe emitido por la UNESCO en ocasión del Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto de este año: "Abordar el antisemitismo desde la educación: encuesta sobre el conocimiento y la comprensión del personal docente". Este estudio es importante porque pone el foco en la educación y nos desvela una realidad preocupante. Según este informe, que ha contado con la participación de 2030 docentes de 23 países de la Unión Europea, el 61% del profesorado participante reconoce tener estudiantes que niegan o distorsionan el Holocausto. Asimismo, el 44% de ellos se han encontrado con estudiantes haciendo gestos nazis y dibujando o usando simbología nazi. Y por si todo esto fuera poco, un último dato: el 78% del profesorado ha vivido al menos un incidente antisemita entre estudiantes.
¿Cómo les queda el cuerpo ante esta realidad? Ciertamente, el panorama no es alentador. Con más razón que nunca, debemos recordar porque recordar y explicar es un acto de afirmación. Y debemos afirmar que la dignidad humana no es negociable. La conmemoración del Holocausto no es un gesto simbólico sin consecuencias. Es una declaración de principios y el fundamento de la convivencia democrática.
En palabras del Director General de la UNESCO, Khaled El-Enany, "La memoria del Holocausto no es un legado inmutable, sino que requiere una vigilancia constante frente a los peligros a los que conduce el odio hacia el otro". Aquel 27 de enero es una fecha del pasado, pero su recuerdo es una exigencia de nuestro presente. La dignidad humana solo perdura allí donde existe la voluntad de defenderla.

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