Opinión
Anatomía de un bigote

Por David Torres
Escritor
La estampa que resume la intentona golpista del 23-F (la que guardamos en la cabeza, pintada en el blanco y negro de la época) es la de un señor con tricornio y bigote que está parando un taxi en el Congreso de los Diputados. No es seguro si se trata de un taxi, un coche fúnebre o una carroza, ya que la estampa nos remite rápidamente un siglo atrás, de 1981 a 1891, como si ese señor hubiera salido de una zarzuela y estuviera a punto de cantar una romanza con pistola. Tan anacrónica resulta la imagen que un periodista sueco, con la prisas, llegó a dar la noticia de que en España había asaltado el Parlamento un torero. Un grave error de apreciación porque, como todo el mundo sabe, los toreros no gastan bigote.
Es lógico que a los patriotas de plástico -los mismos que compran la bandera en los chinos- les fascine la figura de Tejero, ya que no se pueden meter más tópicos ahí: el uniforme de picoleto, el bigote, el tricornio, el brazo alzado, la estampa torera, el aire zarzuelero, los tiros en el techo y los cojones embutidos en el tricornio a presión. Se sienten, coño. La España eterna de Hemingway quintaesenciada en un imperativo y un bigotón macho cien por cien. Podía haber sido otra versión de El sombrero de tres picos, aunque sin música de Falla, sin autor de la letra y sin saber por dónde coño andaban los otros dos picos: una zarzuela decimonónica a ritmo de pasodoble, improvisada por un bigote a capella que estuvo a esto de llevarnos de la guardia civil a la guerra civil.
Por si fueran pocos, esta semana acabamos de descubrir otro tópico, más antiguo todavía, el parturient montes de Horacio reencarnado en los papeles del 23-F: los montes paren y dan a luz un ratón. Casi medio siglo conteniendo la respiración para saber cómo acaba el cuento de la Transición y al final resulta que detrás de todo el pifostio de los tanques, las llamadas telefónicas, los servicios secretos, el ruido de sables y la mano derecha del rey Juan Carlos, no había más que un bigote. Bueno, unos cuantos, porque Milans del Bosch también gastaba uno de pronóstico reservado. Sólo que el de Tejero era tan gordo, tan llamativo, que luego muchos de los implicados se apartaron corriendo de su lado, igual que aquel revolucionario mexicano con unos mostachos tremendos que posaba para un daguerrotipo junto a otros compañeros. "Apártese, hombre" le dijo un general dándole un empujón, "no se vayan a pensar que ese bigote es mío".
Con el bigote hay que tener mucho cuidado, porque se trata de un complemento masculino que suele sentar mal, muy mal. Para qué engañarnos, ni Paul Newman pudo con él. Le sentaba bien a Burt Reynolds o a Bigote Arrocet, aunque Arrocet -que era chileno- acabó haciendo de mexicano y Reynolds acabó de icono gay. A Aznar, en cambio, le hacía más interesante gracias a que le tapaba media cara, y todo lo que fuese taparle le venía fenomenal. Al final, sin embargo, es la cara lo que ha acabado por tapar el bigote, el cual se ha escondido como el Guadiana: uno más de los tantos mostachos impertérritos con los que, de Espartero a Franco y de Cánovas a Tejero, se ha ido escribiendo la historia capilar de España.
A quien le sienta el bigote como a Electra el luto es a Sam Elliot, un gran actor cuyo enorme atractivo ha sido desperdiciado una y otra vez en Hollywood, quizá porque la estola que atesora junto a la nariz eclipsa sin problemas a cualquier actor o actriz que se ponga junto a él. En De profesión duro, una de las mejores películas malas del cine, le obligaron a afeitarse para no quitarle protagonismo a Patrick Swayze. Los hermanos Coen confesaron que le habían dado el papel de narrador en El gran Lebowski porque podían mover sus monólogos a voluntad: a fin de cuentas, nadie sabía cuándo estaba moviendo la boca.
Algo parecido le ocurrió a Tejero, a quien utilizaron de ventrílocuo en el 23-F para que fuese diciendo las líneas de diálogo que no podían decir los demás, e incluso las que sí decían off the record, las que no habían dicho nunca y las que no volverían a decir. Al igual que Sam Elliot, Tejero se robó todos los planos durante el asalto al Congreso, e incluso varias décadas después, gracias a la ubicuidad de su bigote. Tal vez lo más significativo que se ha publicado en la transcripción de las llamadas telefónicas de aquel día aciago sean las conversaciones de su esposa, Carmen Pereira, quien lo llama "gilipuertas", "tonto desgraciao", y asegura que lo "me lo han dejao solo" "lo han dejao tirao como una colilla". "Qué asco de ejército" comenta. "Tanto amor a la patria, tanto darlo todo y mira cómo lo han engañao". Después de salir todo eso a la luz, no había más salida que morirse. No, si al final aquel periodista sueco iba a tener razón y el golpe de estado lo había dado un torero. Música, maestro.
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