Opinión
Un 8M gratis

Escritora y doctora en estudios culturales
Recuerdo con una sonrisa la fiesta de cumpleaños en que mi amigo el poeta Juan Antonio Bernier se puso de pie y, haciendo tintinear una copa de vino con una cucharilla, anunció que yo debía pronunciar unas palabras por ser la homenajeada. "Aunque Azahara no habla si no le pagan" –matizó, desatando una ristra de carcajadas–. La anécdota ha quedado en los anales de nuestro círculo más cercano no necesariamente como símbolo de mi laconismo, sino como la prueba jocosa de las veces que he rechazado comparecer en eventos culturales que no ofrecen remuneración. Una vida dedicada a la literatura (y al periodismo), ámbitos del pensamiento profundamente precarizados, implica una serie de sacrificios que tienen que ver con trabajar en condiciones mejorables a cambio de una foto, el aplauso anónimo o el ‘like’ en redes; la visibilidad como compensación cuantitativa –pero nunca económica– se ha impuesto tiranamente bajo la premisa falaz de que la vocación ya conlleva una satisfacción implícita, y exigir más que la nutrición momentánea del ego puede incluso sonar petulante. Ahora bien, existe una versión aún más turbia de esa demanda de mano de obra –o cerebro de obra: el cuerpo sigue siendo uno– gratuita, y ésta consiste en pedir la participación de mujeres en actos relacionados con el 8M bajo el paraguas de un feminismo que no llena los bolsillos. ¿Cómo lograr que sean compatibles la reivindicación de nuestros derechos y la renuncia a los mismos? Me lo pregunto a menudo, y aún no he hallado respuesta.
Ocurre con tanta frecuencia que, a veces, me da vergüenza confesarlo; la perversión, en este sentido, radica en evocar una causa por la cual me siento especialmente interpelada, de manera que la negativa venga cargada de culpabilidad, aunque la considere justa. Porque diciendo que "no" abiertamente parece que traicionas a la tradición de féminas valientes que te preceden y obliteras la posibilidad de servir de ejemplo para quienes vengan; en el peor de los casos, que ejerces una suerte de superioridad injustificada que nadie atribuiría al fontanero que te envía la factura por arreglar la tubería del baño o al técnico que coloca el micrófono en ese mismo escenario sobre el cual esperan que tú disertes. Sin embargo, no es de recibo continuar perpetuando unas dinámicas perniciosas que históricamente nos han subyugado: las de las labores desempeñadas por amor al arte (o a los cuidados, o a la casa), y mucho menos hacerlo al amparo del supuesto fin de la opresión. Por lo visto, no ha bastado leer El entusiasmo (Anagrama, 2017), de Remedios Zafra, para darnos cuenta del juego perverso entre el anhelo de cumplir sueños y, a la vez, posponer su materialización a lo largo de un presente eternizado. Más recientemente, Yolanda Castaño advirtió en su Economía y poesía (Páginas de Espuma, 2025) de los mismos mecanismos de explotación, tan feminizados, y aplicados a veces por colectivos activistas. Ambas autoras han sido galardonadas con sendos Premios nacionales en distintas categorías; con todo, sus denuncias suelen caer en saco roto, el del silencio disfrazado de cordialidad y untado de las intenciones más benévolas.
En plena resaca del 8M, cuando todavía se celebran eventos conmemorativos, vale la pena subrayar lo obvio. Ni el token de la señora que decora la mesa del coloquio, ni la de aquélla que da las gracias al percibir su discurso al fin enunciado –lo de "escuchado" no siempre sucede– gratifican lo suficiente como para cubrir las grietas que deja el sistema capitalista. Precisamente, la lucha por la igualdad debería conllevar un trato digno desde las mismas organizaciones y espacios que la promueven, si no queremos que se transforme en el significante que oculta su contradicción. En un sector como la cultura, donde la mayoría somos (falsos) autónomos ya enfrentados a los ingresos tardíos, la inestabilidad propia de la estacionalidad, o la carencia de numerosas prestaciones, resultan todavía más incomprensibles ciertas peticiones realizadas, para más inri, envueltas de moralidad; más incoherentes, puestas al lado de carteles que abogan por la reducción de la brecha salarial o la rotura del techo de cristal. A todo ello habremos de sumar el hecho de que quien piensa, poetiza, fabula o crea arte de forma profesional contribuye con más énfasis a activar las conciencias colectivas, desafiar los lenguajes anquilosados del statu quo y producir belleza. ¿No tiene eso valor? Y, ¿no en el contexto del Día Internacional de la Mujer? Si se confirma que así es, entonces sería urgente recalibrar el orden de prioridades de una sociedad cada vez más gobernada por la misoginia y la ignorancia, tanto que hasta una broma de cumpleaños puede leerse como acérrima disidencia.
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