Opinión
Ábalos y Fernández Díaz en Verrières

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
El cénit del primer tercio de Rojo y negro, la monumental novela de Sthendal sobre el aspiracionismo contemporáneo – quizá los criptobros parribistas deberían leerla en lugar de Padre rico, padre pobre –, llega cuando el jovencito Julián Sorel descubre lo importante que es el puesto de primer teniente de alcalde de Verrières. Hasta ese momento, el chavalillo, militante a ratos entre el modernismo liberal y la orfebrería sanguínea del Antiguo Régimen, no comprende la obsesión de los viejos políticos de la ciudad por un nombramiento secundario y estético, absurdo y cabalístico en el que la mayoría de habitantes – sobre todo, los fabricantes liberales que todavía gatean con pañales entre las costuras del poder – no encuentran ningún interés; sin embargo, la realidad noquea su cinismo y descubre pronto que ese diminuto resorte del poder político provincial alberga la última palabra sobre la posibilidad de ejecutar una pequeña obra que es decisiva para que el casposo núcleo aristocrático del lugar, siempre envuelto en hostias pretenciosas por ver quién acoge al rey de Francia en sus visitas u ofrece mejor sueldo al prefecto de Latín más reputado de la comuna, se saque otra estupenda tajadita pecuniaria. Sonará contradictorio, pero Sorel cura su cinismo político con verdadero cinismo político; entiende que los viejos dinosaurios del poder conocen mucho mejor cada grieta de este como entiende también que el poder es para sus dueños no un fin, sino un medio que estrujar y rebañar, que sembrar o recoger, que dejar en barbecho u explotar siempre en beneficio último del individualismo; desde ese momento, Sorel acepta que quienes mejor entienden el poder político son los que lo utilizan para sus fines propios y, más importante todavía, quienes consiguen convencer al pueblo que los legitima que al no ser para tanto ese poder, todos los pecados que allí cometen son peccata minuta indivisible del propio cargo: que no hay poder sin corrupción, que es imposible.
Esta argucia decimonónica puede parecer ya más desgastada que la tirita sucia de un padrastro, pero tanto el PP como el PSOE han vuelto a desempolvarla ahora que se juzga simultáneamente a dos de sus cargos más importantes, los señores Ábalos y Fernández Díaz, por delitos en apariencia diferentes que sin embargo son indistinguibles en su raíz: el uso del poder para fines últimos individuales, ya sea hacer la guerra sucia al rival o pagar con dinero público los condones y el Dom Perignon. De hecho, en esta ocasión el PSOE vuelve a ser el gran maestro de los tahúres cognitivos con el despliegue de sus relatores digitales para convencernos que lo de Ábalos era tan, tan pequeño y absurdo, tan chiquitito e indivisible de su posición, que no podemos hacer otra cosa que constreñirnos y aceptar, ay, mis pobres poderosos, que en el ejercicio de ciertas funciones suceden estas cosas y que el infeliz presidente no podía saber ni hacer nada. Por lo visto, debe ser habitual inflarse a putas con dinero público cuando te nombran ministro.
Los dos grandes partidos políticos quieren que adoptemos el mismo cinismo de Sorel y aceptemos su corrupción histórica – la Gürtel y Filesa, los hidrocarburos y la Púnica, los EREs y Novo Cartago, y aquí paro porque si no duplico el límite de caracteres – como parte del ethos de lo que llaman con sorna “mundo adulto”, como parte del juego; quieren que normalicemos que cada cierto tiempo caiga alguno de sus jerifaltes por hacer trajecitos con saliva y dinero público a profesionales de actividad no reglada en los epígrafes de la Agencia Tributaria, y que nosotros actuemos como si no supiéramos perfectamente que les resbala lo más grande lo que pagues de alquiler o cobres por tu esquilmada pensión. Manzanitas podridas, creo que los llaman.
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