Opinión
Abandonar(se)

Por Joan Losa
Periodista
-Actualizado a
No está bien visto lo de abandonar. Y ya no digamos lo de abandonarse a uno mismo. Las autoridades competentes recomiendan perseverar en la medida de lo posible. Los padres, el jefe, la doctora, el marido, hasta los cronistas deportivos coinciden en la importancia de no renunciar, de mantenerse en la brecha. Hay momentos en la vida, sin embargo, en que mandarlo todo al carajo se antoja una idea perfectamente razonable. Puede que no la más digna, eso es cierto, pero la dignidad –como la jornada laboral o el yoga facial– es un concepto susceptible de ser revisado.
Este jueves me topé con un viejo amigo en un escaparate de la calle Atocha. Yo paseaba un perrete alto y delgado; él, en cambio, protagonizaba una suerte de agonía cardiovascular sobre una cinta de correr. Lo hacía a la vista de todos, en estado catatónico, con el sufrimiento pintado en el rostro como un cristo bizantino. El espectáculo era ciertamente comprometedor. Tanto es así que no pude evitar abordarlo a la salida y preguntarle qué propósito perseguía con semejante derroche gimnástico. Fue entonces cuando me habló de su burnout, diagnosticado hacía apenas unos meses, y de cómo, mediante un estricto régimen de entrenamiento y una serie de importantes renuncias, iba camino de completar su ambicioso proyecto de abandono.
Me interesó lo del abandono y le pedí más detalles. Me explicó que había empezado por dejar de votar: se hizo apolítico, lo que le procuró cierta ligereza moral que no tardó en hacer extensiva al resto del cuerpo abrazando el naturismo. Después abandonó la carne, tanto en sentido nutricional –se hizo vegano– como epidérmico, evitando cualquier contacto con otros seres humanos y limitándose a la práctica de un onanismo de baja intensidad, cuasi administrativo. Abandonó también el uso de cosméticos, alegando toxicidades varias, lo que repercutió en su higiene y cuidado íntimo, con efectos inmediatos en su entorno más cercano, que quedó prácticamente desierto, circunstancia que aprovechó para llevar a cabo todo tipo de aspavientos y extravagancias, pues para entonces había renunciado asimismo al decoro.
El caso es que me animó a iniciar mi propio proyecto de abandono. Para ello debía soltar lastre; solo así –me advirtió– podría acometer lo del abandono con mayor agilidad. No es lo mismo abandonarse con hipoteca, observó, que hacerlo a pelo. El tema de los estudios, por ejemplo, suele pesar bastante: los conocimientos, dijo, confieren al portador una espesa capa de supuestas erudiciones y retropensamientos que dificultan enormemente cualquier tentativa seria de abandono. Y luego están los aspectos socioeconómicos, que él quiso pasar por alto pero que en mi fuero interno entendí primordiales. No en vano, mi amigo, al tener el piso pagado, ha podido abandonarse a jornada completa. A mí, de momento, no me sale a cuenta. En cuanto gane un poco de liquidez, me abandono.
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