Opinión
El abuelo facha no verá crecer a su nieto

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
-Actualizado a
Pongamos que se llama Vicente y vive en un barrio de galones como Chamberí. Las calles son ahí anchas y verdes, con arbolitos y guirnaldas que se cuelgan como golondrinas de las fachadas viejas emperifolladas con adornos de pladur y yesería. A Vicente le encanta el barrio, se enamoró de él joven, cuando vino a Madrid a opositar para la Real Fábrica de Moneda y Timbre. Franco acababa de morir y España se convertía en tierra de oportunidades para golfos y cínicos, para agnósticos del nuevo régimen que olvidaban el viejo al creer que había un hueco, una grieta, por la que podrían colarse y hacer fortuna. Lo llamaron capitalismo primitivo: las puertas de las élites estuvieron entreabiertas durante un rato.
Vicente opositó, prosperó y fue feliz en Madrid, en su Madrid; se compró un piso con doble puerta de caoba y dos anchas terrazas a la calle y un lavadero cubierto por celosía que daba al patio interior; se lo compró bastante joven, nada más anunciada en el BOE su plaza, y no se movió de allí jamás por mucho que se acumularan los ascensos y trienios y complementos en el sueldo; los compañeros de la subsecretaría se burlaban de él, decían que no tenía una vivienda acorde a su posición ni nivel y que había pisos aún más grandes – el suyo tenía tres amplias habitaciones, nada mal – en el barrio de Salamanca o incluso en el nuevo Viso. Pero él no quería. Nacía un murmullo viejo y primitivo, cotillo y popular en su Chamberí que lo ataba como a un claustro. Moriría allí pese a haber nacido lejos.
Los años pasaron y Vicente fue muy feliz; se casó con una mujer de pelo negro con la que tuvo una hija de pelo muchísimo más negro. Se le caía la baba de ver la misma cara de su amada en aquella cosa tan chica y frágil en la que todos encontraban rasgos suyos, aunque él solo viera los ojos de guirnalda de feria de su mujer. Toda su vida era adorar a tiempo completo aquel cuerpo diminuto y blanco con pelo negrísimo, aquel regalo de una entraña profundísima con potencial para hipnotizarlo.
El regalo creció y se buscó sus primeros amantes, su primeros novios, que pasaron brevemente por la casa con lavadero en celosía de Vicente hasta que uno comenzó a ir más de la cuenta: se enamoró. Se casaron por la iglesia, como Dios manda, y tuvieron un segundo regalo para Vicente, un nieto de también pelo negro que heredaba los ojos de guirnalda de feria de la matriarca. Otra vez la baba se le agotaba de tanto caérsele.
Pero Vicente empezó a ver menos a su hija y su nieto. Se tuvieron que ir lejos, no hubo otra opción: Navalcarnero fue el lugar elegido. El joven matrimonio marchaba bien de ingresos porque ambos habían hecho lo que les habían mandado, pero vivir a tres calles de Vicente y comer arroz caldoso con él los domingos después de interrumpir el paseo para tomar un vermú ya era una cosa imposible, del pasado, de cuando los precios de la vivienda tenían algo de sentido; Vicente tenía que conducir treinta minutos si quería ver a su nieto, lo hacía siempre con los ojos empañados con lágrimas, y eso que él no era de llorar.
Vicente no entendía nada. Había hecho las cosas bien, pero los suyos no podían vivir en su barrio. Chamberí seguía siendo Chamberí por las guirnaldas y los portales anchos, pero algo estaba cambiando. Cada vez se cruzaba con menos ancianos de bufandas anchas que pasearan mirando distraídos al suelo, ahora casi todos eran turistas que andaban con maletas y prisas; las tascas habían dejado de ser genuinas, en ellas ya no había barras de acero sobre las que apoyaran los codos toda la noche los vecinos, sino sitios de colorines y nombres repetitivos, franquicias, que habían cambiado sus barras cálidas y clientes fieles por mostradores fríos y nativos digitales dispuestos a pagar siete euros por un café.
El barrio que vivió y se imaginó después para su hija no había cambiado: lo habían borrado. Vicente había votado al Partido Popular desde siempre; se consideraba un facha, uno muy presumido y soberbio que solo hablaba de ello con dos copas, aunque se llevara bien con el camarero sociata de la esquina – ya no estaba, ahora era una tetería neoyorquina –. Sin embargo, estaba quemado. Odiaba ver a Ayuso cada mañana en Telemadrid hablando de lo bien que iba la ciudad; odiaba escucharle presumir lo rápido que se modernizaba y transformaba para convertirse en la Miami de Europa. Qué Miami ni qué Miami, pensaba Vicente: yo lo que quiero es que mi hija pueda vivir a dos calles. Él lo había hecho todo bien en la vida, había ganado dinero y poder, pero no había conseguido que lo más quería se quedara cerca.
Al acabar el día, caminaba desde el bar, el único sin turistas de la calle, hasta su casa. El cabreo lo envenenaba, se juraba a sí mismo que no votaría de nuevo a Díaz Ayuso. Pensaba en todos los Vicentes de otros barrios como Aluche o San Blas o Puerta del Ángel que pese a haberlo hecho todo bien no podían ver a diario a sus nietos porque les estaban robando la ciudad. Pensaba que si fuera político, empezaría a articular un discurso en esa dirección. Ahora, cree de verdad que hay opciones, hay partido, y puede ser la última legislatura de la actual presidenta si las otras ofertas políticas saben dónde mellar. Necesita que alguien le dé esperanzas.
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