Opinión
La acelerada desaparición de la derecha española

Los llamados "democristianos" son la familia política tradicionalmente mayoritaria en la derecha europea. Se caracterizan por ser culturalmente conservadores, con arraigadas influencias religiosas, favorables al libre mercado y decididamente europeístas. De hecho, a lo largo de su historia, muchos de los grandes líderes de la UE provenían de esta corriente: Schuman, Adenauer, Kohl, Junker…
En España, es el PP el partido que se reconoce como democristiano, aunque con algunos rasgos propios, como ser un puntito más fundamentalista en lo religioso (con una importante presencia del Opus Dei), menos liberal y más nacionalista (español) que europeísta. Y es que ha existido y existe, en la derecha española, una importante división entre los entusiastas de la Unión (hasta ahora, mayoría) y los euroescépticos (en crecimiento). Pero esta división no se limita a un sentimiento identitario, sino que se ramifica en postulados políticos esenciales, de los que configuran posiciones tan determinantes ante el cambio climático (Agenda 2030 y las renovables), la política comercial (Mercosur), la migratoria, la de defensa común o la de alianzas.
Para el PP, esta división en las preferencias de su electorado está siendo una tragedia, como ya lo ha sido para la mayoría de los partidos democristianos europeos, que han visto crecer y asentarse, en su cuenca ideológica, a partidos de extrema derecha. Y es en esta coyuntura en la que los democristianos tienen que elegir si mantener sus valores identitarios o si sucumbir a la propaganda radicalizada de sus nuevos competidores que, en muchos casos, no dejan de ser escisiones exaltadas de estos partidos conservadores.
Por si estas tensiones internas no fueran suficientes, el fenómeno Trump ha venido a someter a más presión, si cabe, a muchos de los principios políticos democristianos. Energías fósiles, aranceles, gasto en defensa, minerales raros y, por si fuera poco, acciones militares unilaterales y caprichosas, casi siempre en connivencia con Netanyahu, son posicionamientos muy incómodos a los que los líderes democristianos se están viendo arrastrados, sin saber muy bien ni cómo salir de ahí ni cómo manejarse dentro.
Y si para la derecha europea, que suele tener mejor visión global, el tablero geopolítico está siendo traumático, la derecha tradicional española, siempre presa de una miopía política doméstica, se haya completamente perdida. En su desnortamiento, los de Feijóo no consiguen hundir al magullado PSOE de Sánchez y, al mismo tiempo, no se detienen las fugas de su electorado en dirección a Vox.
Desde que el gallego sustituyera al defenestrado Pablo Casado, ha pasado de representar una política moderada y sin estridencias a basar toda su acción política en el odio a Sánchez. No hay, en el PP de Feijóo, más plan ni más futuro que el intentar desalojar al actual Presidente del Gobierno. Una estrategia tan "sencilla" que no debería hacerle pensar mucho, incluso en tiempos tan convulsos como los actuales. La ideología "antisanchista" consiste, simplemente, en posicionarse a la contra de todo lo que haga o diga el Presidente.
Si bien es cierto que los desatinos de Sánchez, sobre todo a la hora de dirigir la interna de su partido (y de elegir a sus Secretarios de Organización), lo han convertido en una figura muy polarizante en la política española, basar toda tu estrategia política en oponerte a él es estúpido. Sobre todo, si tu enemigo ha demostrado tener bastante habilidad para sobrevivir a las más inesperadas calamidades (pandemias, volcanes y guerras inclusive).
Dar por hecho que todo lo que diga o haga Sánchez puede ser sistemáticamente criticable es un disparate digno de una estrategia diseñada por una cabecita de parvulario. ¿Y qué pasa si Sánchez adopta, en cualquier asunto, una posición éticamente intachable o socialmente mayoritaria? ¿Nadie en el gabinete de Feijóo ha pensado en ello? ¿Nadie en el PP ha reparado en que 3 de cada 4 españoles ven a Trump como un peligro y de que el otro, probablemente, sea votante de Vox?
Feijóo ha caído en la trampa de Abascal que, como en Regreso al futuro, no para de decirle "¿eres un gallina, McFly?". Presa de una especie de "derechismo frágil", Alberto no para de comprar, una y otra vez, todos los marcos que propone la extrema derecha, ósea, de mandarle votantes con lacito, mientras espanta a los que pudieran llegarle por el centro. La mimetización del PP con Vox, a cuenta del antisanchismo, ha llegado a tal punto que, hoy por hoy, el PP ha perdido las que fueron sus señas de identidad.
Por un lado, en el conflicto abierto entre Sánchez y Trump, a cuenta de la intervención en Irán, Feijóo se ha puesto del lado del tirano extranjero que amenaza a España, al igual que Abascal, permitiendo que sea la izquierda la que enarbole la bandera nacional y exude patriotismo. Esta ridícula posición, además, lo aleja de la UE, que ya ha manifestado su compromiso con la defensa de España y sus intereses. Pero es que, para colmo, Feijóo está criticando la posición pacifista de España que está perfectamente alineada con lo que acaba de manifestar el Vaticano.
De una tacada, el PP ha cambiado la bandera española por la de EEUU, ha renunciado a la unidad europea, se ha visto defendiendo la imposición de aranceles contra el libre mercado y se ha separado de la doctrina de la Iglesia. Si eso lo sumamos a las rebajas ideológicas de los barones autonómicos, en busca de investidura, hoy por hoy ya es imposible distinguir al PP de los ultras de Vox. Feijóo se ha cargado a la derecha española en menos de una legislatura.

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