Opinión
Adamuz en el corazón; el corazón vacío después

Escritora y doctora en estudios culturales
Mi amigo José García Obrero casi nació en Adamuz. Sus padres marcharon del pueblo a Barcelona durante esa emigración masiva que dejó despoblada buena parte de las zonas rurales andaluzas, y regresaron en 1998 para jubilarse en su tierra con ese hijo que es tan charnego como cordobés. Ésta es una de las historias de un municipio que nunca sale en los medios, de sólo 4.000 habitantes, con una de las rentas más bajas de España, y que estos días ha ofrecido una de las muestras de solidaridad más admirables de nuestra historia reciente a pesar de la humidad de sus gentes, o precisamente por ello. Como decía José en uno de sus poemarios, La piel es periferia (2017), desde aquí se ha sentido el dolor de esos trenes, pero también la ayuda indiscriminada que han regalado personas que no nadan en la abundancia.
Hay algo de esta tragedia que, a quienes la hemos vivido desde la cercanía geográfica y afectiva, nos ha vuelto modestamente orgullosos, como si nos hubiésemos reconciliado por momentos con esta región tan sufrida de éxodo indeseado y miseria, y con el resto del país. Las manos altruistas rescatando heridos en la oscuridad de la noche aterida; el periodismo local de Cordópolis , cuyos trabajadores han dormido muy poco (lo sé porque respondían a mis mensajes de madrugada); o la respuesta de una ciudadanía que acudió en avalancha a donar sangre son sólo algunos ejemplos que sacuden el corazón. En el hospital Reina Sofía de Córdoba –donde sanaron a mis abuelos varias veces antes de su adiós definitivo; al que acudo cuando la médica de cabecera, saturada, no me da cita– el personal sanitario se ha volcado con las víctimas, al igual que lo han hecho unas administraciones coordinadas bajo un propósito común y no obcecadas, esta vez, en la invectiva del cálculo electoral. Ayuntamientos, Junta de Andalucía y gobierno central remando a favor de la vida, a contracorriente del tiempo: como si, de repente, todo tuviese sentido y habitásemos el milagro de lo anhelado; la utopía de quien no se maneja en beneficio propio, sino movido por la empatía. Si pudiera redefinir la democracia, clavaría en el diccionario las acciones de estos días diluidos de egoísmo, ahítos de camaradería.
Y, sin embargo, debajo de esa oleada bondadosa, y a sabiendas de que la especie humana es capaz de lo mejor en las situaciones más adversas, subyace una inquietante sensación de excepcionalidad, pues: ¿no deberían seguir ese patrón las circunstancias habituales? La utopía deja marcas cuando la normalidad conforma su reverso, y nos hemos acostumbrado a una desposesión que guarda mucho de agenda partidista. Porque debajo de esa manta que abriga a las víctimas del accidente ferroviario se esconde la que no dio cobijo a las mujeres afectadas por los cribados del cáncer de mama, o al señor que cuenta los meses para su operación en una lista de espera. La sanidad pública andaluza –como la de otras comunidades autónomas– ha experimentado un deterioro reconocido por los enfermos, y por los múltiples profesionales que han reclamado condiciones laborales dignas en los últimos dos años, lo cual los ha llevado, en ocasiones, a ponerse en huelga: médicos, técnicos sanitarios, empleados del servicio de ambulancias, o personal de enfermería. Como ocurriera durante la pandemia o los incendios del pasado verano, lanzamos loas a los héroes y heroínas que nos salvan, pero, una vez transcurrida la mayor crudeza de las catástrofes, tendemos a olvidar una vulnerabilidad innata que sólo se mitiga desde la base.
Si pudiéramos pensar, pasado el choque emocional, en lo invisible que impulsa el bienestar y defender los servicios públicos, exigiendo que los refuercen, el milagro ocuparía el rostro de cada espejo: unas urgencias no colapsadas, un diagnóstico temprano con cura, una ayuda a la dependencia que llega a tiempo y dulcifica las rutinas de la anciana. La escuela pública masificada o la universidad desprovista de presupuesto serían polvo para el vertedero del pretérito; y los desastres se reducirían frente a la prevención diligente. Porque no sólo "el pueblo salva al pueblo", sino también el dinero de todos puesto a disposición de todos de manera equitativa, a través de una gestión libre de rencillas y plagada de esa colaboración que acabamos de atestiguar. A Adamuz le debemos el auxilio de familias enteras que no preguntaron por el carné ideológico de los necesitados y supieron construir, en la expresión de Rebecca Solnit, un paraíso en el infierno. Ahora bien, hay que impedir que el infierno colonice más espacios de los que ya abrasa impúdicamente, antes de extinguirlo completamente desde el civismo y la ética; promover que cada crisis de las que nos atenaza halle su fin en el tejido de las políticas públicas. Hay que saber, como dice el poeta José García Obrero, que “el Apocalipsis que nos envuelve/ es rechazado por los almendros del interior”, prestos ya a florecer. Así evitaremos que, después de alojar a Adamuz en el corazón, el corazón se nos quede vacío.
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