Opinión
Agnotología a saco

Por Marta Nebot
Periodista
Hace ya unos meses que duermo cerca de El diccionario de Tristezas sin Nombre. Me mira cada noche desde la mesilla aunque confieso que no todas lo abro buscando una tristeza nueva que me acune.
Lo escribió John Koenig, un creador, actor y escritor multifacético estadounidense. Empezó como un blog en 2009, luego fue un canal de YouTube y después un libro que en España editó en enero Capitán Swing. Es una colección de palabras inventadas que riega lagunas lingüísticas con cientos de términos para emociones sin nombre.
Por otro lado he descubierto una palabra que no conocía: agnotología.
La agnotología es la disciplina que estudia la producción deliberada de ignorancia. Obviamente faltan agnotólogos y todos deberíamos serlo un poco para mantenernos en guardia. Además, me he dado cuenta de que el término (la agnotología) no describe la emoción que produce y que, por lo tanto, es una firme candidata esperando a que Koenig escriba el segundo tomo de su diccionario infinito.
La inventó Robert Neel Proctor, un historiador de la ciencia profesor de la universidad de Stanford, que junto a la lingüista Londa Schiebinger, publicó en 2008 Agnotology: The Making and Unmaking of Ignorance, que podríamos traducir como "Agnotología: hacer y deshacer ignorancia" que consolidó el término académicamente.
Proctor estudió sobre todo cómo la industria tabacalera ocultó y distorsionó deliberadamente la evidencia científica sobre los daños del tabaco durante décadas. Es el mayor experto mundial en la historia del tabaco y su relación con la ciencia.
Hoy su nuevo término es tan aplicable a tanto... La industria de la ignorancia está en alza, quizás en uno de sus periodos más prósperos.
En España esta semana hemos tenido un nuevo episodio antológico. La presidenta de la Comunidad de Madrid, recién llegada de sus vacaciones mexicanas, después de intentar sin éxito agnotologar al pueblo mexicano, dixit en sede parlamentaria: "México no existió hasta que llegaron los españoles" y entonces a todos los historiadores del mundo, voten lo que voten, se les cayó el bolígrafo.
La Historia verdadera de la conquista de la nueva España, escrita por Bernal Díaz del Castillo, es la crónica de un soldado de Hernán Cortés en la conquista en 1519 de lo que hoy es México. La versión original, la que escribió ya octogenario para desmentir "las crónicas de oídas" que se habían publicado, se puede leer gratis en internet en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Libros del Asteroide la acaba de editar y publicar en español actual, en un intento de acercar al lector contemporáneo un clásico fascinante, de poderosa voz narrativa, de prosa ágil y de valor histórico incuestionable.
En el capítulo LXXXVII cuenta cómo descubrieron Tenochtitlán, el DF actual, por primera vez desde el cerro de Iztapalapa. Los soldados se quedaron sin habla. Describe una ciudad inmensa construida sobre el agua, conectada a tierra firme por largas calzadas. Había torres, templos y edificios blancos que relucían, y todo estaba rodeado por el lago. La escena les recordaba a las ciudades encantadas que describían los libros de Amadís de Gaula, los libros de caballerías que todos leían. Literalmente escribe que no sabía si lo que veían era un sueño.
También cuenta el gran mercado de Tlatelolco con una admiración enorme: la variedad de mercancías, el orden, el bullicio, la especialización de cada zona. Dice que ningún mercado del mundo, ni el de Constantinopla ni el de Roma, podía compararse con aquel. Y después lamenta que la conquista destruyera todo aquello tan valioso y hermoso.
La paradoja maravillosa de esta obra es que el mismo hombre que describe esa civilización con tanta admiración participó en su destrucción y lo sabe. Esa tensión está presente en todo el libro.
Así que, mientras esperamos que Koenig o alguien invente un término que defina la desolación que produce la diseminación deliberada de ignorancia supina diaria, la bomba atómica de cada día sobre el cuerpo social, sobre lo que debería ser el siglo XXI, sobre la época de la historia con más acceso global al saber, sobre los cimientos de la democracia que la ignorancia corroe día tras día, tenemos su "gaudia civis", del latín gaudia (alegría) + civis (ciudadano), que "El Diccionario de Tristezas Sin Nombre" define así: "humilde sensación de gratificación al actuar como ciudadano y percibir que los engranajes de la democracia se han movido un poquito porque hemos echado una mano". Gaudia civis sin parar contra la agnotología imperante. Esa humilde sensación mola mucho.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.