Opinión
Alba Carrillo, ¡presidenta!

Por Paco Tomás
Periodista y escritor
Alba Carrillo dinamitó, en cuarenta y ocho horas, todos los prejuicios que pudieran existir contra ella. Los míos, los primeros. Y lo hizo con una lección de ciudadanía, coherencia y justicia social, desde un sentimiento de solidaridad y compromiso que raramente encontramos en los personajes del corazón.
Alba Carrillo, a la que muchos conocimos a raíz de la prensa rosa, me parecía un personajillo más de esos que crecen, como champiñones, al amparo del dinero fácil. Me interesaba tan poco que no me di la oportunidad de escucharla. Directamente, como hago con muchos de estos personajes del salseo, doy al mute. Hasta que, por casualidad, la escuché opinar sobre un tema relacionado con el feminismo, ahora no recuerdo cuál, y, para mi sorpresa, no utilizó esos ingratos comodines tipo "feminismo neutral", a lo Mónica Naranjo, ni esas opiniones de cuñao que invaden las tertulias del corazón.
Se expresó con argumentos, sin desdibujar su compromiso ideológico con la izquierda, concienciada con el bien común y no sedada por el privilegio que a algunos les da trabajar delante de un micro y una cámara. Y empecé a prestarle un poco más de atención porque Alba Carrillo había desmontado mi prejuicio y ahora, como mínimo, debía escuchar.
Hace unas semanas, Alba Carrillo criticó algo que yo, como trabajador autónomo que invierte gran parte de su tiempo laboral en RTVE, considero importante. ¿Debe una televisión pública contratar, directamente o a través de una productora, a personas que hayan defraudado Hacienda y aún mantengan deudas millonarias con la Agencia Tributaria? Esa pregunta ha sido contestada, en redes sociales, con un rotundo no. Al día siguiente, Alba Carrillo abandonaba el programa D Corazón de TVE, en el que colaboraba, después de recibir "un toque de atención" por esas declaraciones. Ignoro si el "toque" vino de la capo de Shine Iberia, de la dirección de D Corazón o de la dirección de TVE pero, en cualquier caso, ningún jefe tiene derecho a llamar al orden a sus trabajadores por hacer uso de su libertad de expresión y criticar en qué se gasta el dinero la televisión pública.
Para que yo pueda escribir y grabar los programas de Wisteria Lane, que hago para Radio 5, cumplir con una sección semanal en Las Tardes de RNE y participar como colaborador en Cine de Barrio, debo presentar, lógicamente, una documentación que demuestre que estoy dado de alta en la Seguridad Social, pagando mi cuota de autónomos, y que no tengo ninguna deuda con la Agencia Tributaria. De lo contrario, no podría firmar el contrato y no podría hacer esos programas y colaboraciones. ¿Por qué Paz Vega sí puede? ¿Tal vez porque tiene a la intocable Shine Iberia como intermediaria?
Alba Carrillo no solo puso el ejemplo de Paz Vega. También habló de Ofelia Hentschel, una chica que se hizo popular gracias a ser algo excéntrica y arrolladora en su edición de MasterChef y que tuvo el cuajo de grabarse -porque ella ahora es creadora de contenido- retenida en Dubai, tras los ataques de Irán, animando a los españoles a que dejasen de pagar impuestos porque no servían para nada. Ese argumento, del que luego se retractaría, lo provocó el hecho de que la embajada española no se hubiera puesto en contacto con ella para sacarla de la zona de conflicto. Esa Ofelia también aparecía entre las próximas visitas al talent de cocina y Alba Carrillo, haciendo gala de su coherencia, también criticó esa decisión.
Las explicaciones que dio Ofelia respecto a su participación en MasterChef fueron que ella no cobraba por participar en el programa. Que iba gratis porque le hacía feliz y le encantaba el trabajo del equipo. Primero, creo que miente. Ninguna productora se arriesga a tener a una persona trabajando gratis. ¿O sí? Habría que observar eso. Pero el peligro de naturalizar el hecho de que una persona, embadurnada de privilegio, se permita el lujo de ir a trabajar gratis es un insulto a toda la clase trabajadora y alimenta esos abusos de poder de los empresarios, que siempre acaban coaccionando y sometiendo al que menos tiene. Y algo así nunca debería encontrar cobijo bajo una empresa pública. Sea ella quien contrate o lo haga a través de una productora.
Las palabras y la integridad de Alba Carrillo en la última semana son un ejemplo para toda la clase trabajadora. Porque señalan la ejemplaridad que una empresa pública debe dar a la hora de elegir los contenidos que ofrece en su programación y las condiciones laborales de sus trabajadores, así como impedir que ese escaparate se utilice para blanquear a defraudadores, evasores de impuestos, mentirosos, terraplanistas, negacionistas de las vacunas o neofascistas, por solo apuntar algunas de las especies depredadoras que asolan nuestra democracia.
Es un ejemplo porque ha demostrado que nuestra dignidad es algo que jamás deberíamos poner en venta. Que una empresa piense que puede comprar tu dignidad como ser humano, tu libertad de expresión y opinión, a base de "toques" y llamadas de atención, es justificar los principios deshonestos que naturalizaron la esclavitud. La actitud de Alba Carrillo anima a que los trabajadores, también de la empresa privada pero muy especialmente de la pública, podamos criticar las decisiones de nuestras empresas sin miedo. Y si hay miedo, cuidado con quien está al frente de esa empresa. No es solo una defensa de la libertad de expresión. Es conciencia ciudadana. Es solidaridad trabajadora y compromiso con un país más justo y democrático.
"Sabía que me iba a costar caro", dijo Alba, cuando abandonó el programa tras sus opiniones. Es muy grave que dar nuestra opinión, reivindicando una sociedad más justa y más honesta, nos cueste el trabajo o las posibilidades de crecer en el mismo. Me gustaría ver a esos rostros de TVE, que nos invitan a seguirles en sus redes para más salseo, cómo apoyan a su compañera en este caso. No está pasando. No públicamente, desde luego. Lo que sí vemos son personas, como Benita, que aprovecha la ocasión para señalar a la que supuestamente era su amiga y soltar el codicioso comentario de "yo no la veo en TVE". Joder, con amigas como esta, mejor los enemigos. Lo mismo es que Benita piensa ser una celebrity en un futuro MasterChef y no quiere ser vetada.
Cuidado con agachar la cabeza y cerrar el pico, con la ley del silencio, con esa interesada creencia de que nadie muerde la mano que le da de comer, porque ese ha sido el grillete con el que se ha sometido a la clase trabajadora durante siglos. Cualquier persona que se atreva a llamar al orden a un trabajador o colaborador, de RTVE en este caso, por criticar, con razones y argumentos, las decisiones cuestionables de la empresa, responde a una actitud caciquil que ya deberíamos haber desterrado de nuestra vida laboral. Que esto no son Los santos inocentes. Que, como dijo Martin Luther King, nadie se nos montará encima si no doblamos la espalda.
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