Opinión
La amenaza populista sobre la soberanía digital europea

Por Emilio García García
Colaborador de la Fundación Alternativas y coautor de “Chips y Poder”.
-Actualizado a
Algunas de las claves del conflicto geopolítico actual pueden encontrarse en el libro “América contra América”, escrito en 1991 por Wang Huning, actual ideólogo y número cuatro del Partido Comunista Chino. Es un relato de su viaje de estudios a universidades estadounidenses en 1988, cuando la nación asiática iniciaba su apertura al escenario global. El político chino describe las diferencias ideológicas y culturales entre su país y Occidente, principalmente con EE UU y en menor medida con Europa. Huning habla también de posibles futuros escenarios de conflicto y predice la importancia que en ellos podría llegar a tener la tecnología.
Europa está quedando rezagada en la carrera tecnológica a pesar de haber estado en el centro de sus políticas casi desde su momento fundacional, a mediados de los años 1990 con la creación de la UE mediante el Tratado de Maastrich. Ya en el Consejo Europeo celebrado los días 23 y 24 de marzo de 2000 en Lisboa, se estableció el objetivo de “convertir el continente en la economía basada en el conocimiento más competitiva y dinámica del mundo”. De esa reunión emergió el primer marco regulador de servicios digitales de la Unión, el impulso de los servicios de Administración electrónica y la plena liberalización basada en una legislación común del mercado de telecomunicaciones.
Sin embargo, a pesar de las diversas estrategias puestas en marcha por la Comisión Europea –eEurope, Agenda Digital, Mercado Único Digital, Década Digital–, el sector digital europeo ha ido jibarizándose con los años. En el año 2000, dos compañías tecnológicas del Viejo Continente –Nokia y Deutsche Telekom– y tres estadounidenses figuraban entre las diez empresas con mayor capitalización bursátil en el mundo, hoy este grupo lo dominan los siete magníficos de Silicon Valley y tan solo por debajo de las treinta de mayor tamaño encontramos las dos primeras empresas del sector digital localizadas en Europa. Si miramos a las tecnologías críticas en el futuro –inteligencia artificial (IA), los semiconductores y cuántica–, la Universidad de Harvard sitúa a la UE por detrás de EE UU y China.
Entre la ciudadanía de Europa, aun siendo consciente del relevante lugar que ocupa la digitalización en sus vidas, se está creando el caldo de cultivo del rechazo a las políticas tecnológicas de la Unión. Aproximadamente el 90% de los europeos y las europeas sitúan la tecnología digital entre las tres áreas que menos merecen un incremento de recursos en el presupuesto de la UE. Las fuerzas populistas de extrema derecha han identificado esta debilidad del proyecto europeo y, en su apuesta por la desintegración de la Unión, acometen contra la política digital común. En su manifiesto oficioso –“The Great Reset:Restoring Member State Sovereignty in the European Union”– llaman a que el desarrollo tecnológico se deje en manos de cada Estado, siendo cada uno de ellos quien determine con quién y en qué medida coopera, así como establecer las normas que rijan esa "cooperación reforzada".
La amenaza populista sobre las políticas digitales de la Unión está siendo minusvalorada por las restantes fuerzas políticas. Por los equilibrios propios de la cámara representativa europea, se dejó en manos de Sarah Knafo, integrada en el grupo de “La Europa de las Naciones Soberanas”, el liderazgo en la elaboración del informe parlamentario “Soberanía tecnológica europea e infraestructura digital”. Las enmiendas de otros parlamentarios suavizarán las intenciones de la política de extrema derecha francesa, pero quedan registradas en el memorando explicativo que acompaña la iniciativa: achicar el ámbito de las políticas tecnológicas de la Unión mediante la reducción de inversión pública comunitaria y una simplificación regulatoria radical, eliminando dos normas por cada nueva norma introducida.
El asalto de la extrema derecha a los rescoldos del poder digital europeo para impedir su revitalización vienen también desde el exterior. Conocida es la posición de la Administración Trump contraria a la regulación tecnológica europea, que apoyada en el efecto Bruselas ha sido garantía de su soberanía digital. Y quien tendría que defenderlo no parece dispuesto a ello, como ha demostrado el principio de acuerdo comercial alcanzado entre los EE UU y la UE el 27 de julio de 2025, reflejado en el comunicado conjunto. El gran patrón de los populistas ha arrancado a la Unión su competencia a regular de modo soberano en la esfera digital (punto 17), y además Europa se pliega a adoptar los requisitos de seguridad tecnológica de EE UU (punto 5).
Alimentada por las cesiones en la guerra comercial, es difícil que en estas condiciones no se incremente el riesgo de desapego de la ciudadanía por la necesidad de asegurar la competitividad digital de la UE agitado por el populismo. Tras el decepcionante acuerdo con EE UU, tan sólo Draghi ha recordado que Europa no puede aspirar a la prosperidad y soberanía sin su dimensión tecnológica.
En uno de los pasajes de “América contra América”, Huning enuncia que “La política sin tecnología no puede ser una política fuerte, y, por supuesto, la tecnología sin política no puede ser una tecnología fuerte”. La UE acertó al dar relevancia a la transformación digital dentro del proyecto europeo. Los enemigos de una Europa fuerte han identificado la importancia en el mismo de un pilar sólido de soberanía tecnológica. Es hora de que los líderes del Viejo Continente, que supuestamente creen en la UE como la garantía del bienestar y crecimiento europeo, protejan y ensanchen el ámbito de sus políticas tecnológicas. El camino es una política industrial digital ambiciosa, una inversión pública acorde y la defensa de su regulación con una implementación más coordinada.
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