Opinión
Ana Botella y la guillotina

Por Anibal Malvar
Periodista
-Actualizado a
Hay un fragor de togas en España, o eso le parece a Ana Botella. Un fragor de togas rojas, que son más justas que las negras. Ana Botella no es tonta y acaba de darse cuenta de que el rojerío se ha introducido en la judicatura, y unos cuantos jueces están cayendo en la irresponsable tentación de dictar sentencias justas. Que venga Dios y lo vea. Estaba muy enfadada la aznaresa consorte por una sentencia reciente: la Audiencia de Madrid no ve delito en el escrache que le montaron a Soraya Sáenz de Santamaría, abril de 2013, los afectados por hipotecas basura. "Me parece lamentable y muy peligroso para el Estado de Derecho, y la vara de medir siempre ha sido distinta. Si hubiera habido un escrache a un dirigente del partido socialista no quiero ni pensar, habrían dicho que estamos en la involución. He leído, incluso, algún auto que habla de que [los jueces] se tienen que guiar por el sentir de la calle. Eso no es así, eso era en la Revolución Francesa", ha bramado Ana Botella en los beatíficos micrófonos de la Cope.
Toda una lección para aquellos que nos creíamos que la Revolución Francesa fue uno de los episodios más gloriosos y aventadores de la Historia de la Humanidad. Pues no, nos dice Botella, toda llena de Historia. La razón, la libertad, la igualdad y la fraternidad son conceptos subversivos que un juez no debe de tener jamás en consideración. La Revolución Francesa y la Ilustración fueron un desastre para nuestra civilización, y acabaron obligando a las señoras a dejarse tutear por las criadas. Y el rencor de aquel contradiós lo viene gestando Ana Botella desde 1789, para ofrendárselo en exclusiva a la Cope 215 años después, que ya es tener paciencia cristiana. Porque un rencor inmanente contra la Revolución Francesa anida aun en la cadena genética de nuestros oligarcas, que no solo han deplorado siempre la revolución, sino todo lo que viene de Francia menos el cognac.
Que un político presuntamente democrático ose bramar hoy contra la Revolución Francesa demuestra que nuestros políticos de derechas le tienen más miedo a la guillotina que a la libertad, y eso les hace padecer un cierto desentendimiento de la Historia. Además, la guillotina ya no vale contra estos. La guillotina hacía rodar cabezas, no peinados. Y si se le aplicara tal medida a nuestros próceres de hoy, solo rodarían peinados, y no vale la pena vestirse de libertad guiando al pueblo para tan pilosa menudencia.
Ana Botella cree que la justicia, los jueces, no se tienen que guiar por "el sentir de la calle". Salvo que sea la calle Serrano, donde habitan los más hondos sentires. La calle, para Botella, es el espacio donde se fraguan las involuciones, las protestas de preferentistas, los escraches, las tetas de Femen y esas cosas de perroflautas y de hambrientos. Ana Botella se merece un think tank para ella sola, de tanto pensamiento que concentra en su peinado. El ruido de la calle nunca es música para los acordeonistas del poder, y eso lo sabe cualquier músico. Así que la calle y los jueces deben de abstenerse de la política, de la justicia y de la libertad, que para ocuparse de esos elevados asuntos ya tenemos a alcaldesas elegidas democráticamente a dedo como Ana Botella. A Ana Botella y a su peinado, tan poco guillotinable. Tan ignorante de lo que significó y significa la Revolución Francesa. Y tan ignorante de lo que significó y significa "el sentir de la calle" más allá de Serrano. El sentir de esas calles donde personajes como Botella ya han cerrado todas las peluquerías, todos los bares, todas las tiendas, todos los colegios, toda la esperanza, todas las revoluciones y todos los juzgados.


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