Opinión
Ante la duda: no le gustas

Por Leonor Cervantes
Graduada en Filosofía y Ciencias Políticas. Cofundadora de Filosofía en Los Bares
Dice mi amiga María que ella, cuando conoce a alguien nuevo, sabe ver al momento si a ese extraño le han querido mucho. Ella es medio bruja, así que yo la creo. Callo y asiento, como le hacía a mi maestra de infantil cuando me contaba mis primeros cuentos. Dice María que lo nota porque esa gente aterriza en la mesa con un aire reposado. No llegan temerosos, tampoco sedientos. Esperan a ser atendidos. Traen consigo algo más delicioso que la chulería, la calma. Los que han sido muy queridos son empiristas. Confían en que cada mañana saldrá el sol y en que caigan donde caigan, ellos, una vez más, volverán a caer bien.
María lleva razón. Sin embargo, lo que verdaderamente huele más que una basura con restos de pescado en agosto, es la gente a la que jamás le han dejado de querer. Existen. Hay gente por ahí, en la asociación de padres y madres del cole, en la oficina, en la clases de zumba del polideportivo, a la que nunca le han roto el corazón. No me dan envidia. Me provocan más bien una ternurilla flácida, como cuando un padre de familia se hace el listillo en un free tour. Hay algo de indignidad en tener más de veinte años y no haber conocido el fracaso. ¿Cómo vas a tener algo que contarme si nada verdaderamente importante te ha salido mal? Los buenos narradores son derrotados con mucha labia.
A los que jamás han recibido una cornada les pasa lo mismo que a la peña extremadamente guapa de nacimiento. Personas hermosas con la que basta una conversación para descubrir que también son un poco aburridas o un poco tontas. Es la consecuencia de no haber necesitado desarrollar una personalidad para medrar en la vida. Para crecer hay que perder los dientes de leche y ganar, en el camino, algún rechazo. Por higiene, por decoro o porque la gente sexy siempre es la que está algo magullada. Pero también para ganar libertad. Mis amigas menos promiscuas son las que tienen más miedo a ligar. Da igual que sean preciosas o que tengan dobles titulaciones universitarias, no va por ahí. A las inexpertas es a quienes más le aterra declararse. Por una cuestión de prueba y error, son las que menos noes se han zampado. No saben lo que se siente y, como todo lo que no conocemos pero sí imaginamos, es mil veces peor en su cabeza.
Se necesita autoestima para creer que puedes gustarle a alguien, la misma que para saber que no tienes por qué hacerlo. Es difícil aceptar esto último sin morir de agonía en el proceso. Pero lo cierto es que nunca pasa nada tan serio. Sobrevives a ese plantón. Te olvidas de ese leído. Encuentras a otro guapo que te guiñe el ojo. Te sobrepones. Además, después de varias calabazas te das cuenta de que tu valor personal es, en realidad, el último motivo por el que te escogen. Mucho antes va algo crucial: que el otro tenga ganas de elegir a alguien. Que tenga tiempo, que no esté a idas y venidas con su ex, que le apetezca amanecer acompañado. La negativa se vuelve más amable cuando, en lugar de pensar en todas las cosas por las que alguien puede no quererte, descubres la única que tiene que pasar para que lo haga: un milagro.
Es tan azaroso el deseo. En mi caso es suficiente escuchar ciertas palabras para que, cuando todo va bien, me entre dentera. Por ejemplo, me escama cuando la gente llama "birra" a la cerveza. Es un detalle, pero me desconecta. Luego me recompongo, pero al rato basta con que nuestra respiración no vaya al unísono para que sea incapaz de dormir en tu cama. En cambio, hay otros días que no puedo dejar de mirar las manos de una desconocida y entonces, sin haber visto siquiera su cara, ya sé que me gusta. Es tan azaroso el deseo. Solo se necesita un tono de voz. Una cadencia. Una peca. Un paso de baile. Una carcajada. En definitiva, una sutileza, para despertar o anestesiar el anhelo.
Los clichés enfadan porque son lo suficientemente ciertos como para convertirse en universales, pero no lo bastante certeros como para funcionar en todos los casos. Sin embargo, a mis ojos, hay uno inapelable: si dudas de que le gustas, es que en realidad no le gustas.
A estas alturas de la película, gustar se define de forma práctica. Tirando de mínimos, podríamos decir que le gustas a alguien cuando esa persona tiene ganas de pasar tiempo contigo. Nos da igual si de madrugada mira tus fotos entre lágrimas o si en secreto puso tu cumpleaños como su contraseña en el iPhone. No estamos buscando petróleo, da igual lo que suceda en el fondo. Si le gustas, se nota. Te llama, te escribe, te va a buscar al trabajo. Pero ni siquiera hay que ser tan evidente. A la mínima que tengas desarrollado algo de intuición, lo sientes.
Pero para que este radar funcione, para que el cuerpo juegue bien al Cluedo, hay que tenerlo desarrollado. Y, sobre todo, no atiborrarlo de absolutos. Tan torpe es pensar que jamás serás escogida como estar convencida de que te escogerán siempre. No hay nada más pegajoso que toparte con alguien que no contempla la posibilidad de no gustarte. Hay gente capaz de contarse Las Mil y Una Noches antes que barajar un mundo en el que se la sudas. Y por si fuera poco, están dispuestos a exigirnos que les digamos a la cara que nos importan un comino. Aunque solo les hayamos visto una vez y para tomarnos una caña que supo a vinagre. Son los nuevos párrocos, hombres y mujeres incapaces de coger el macuto y retirarse por su cuenta. Necesitan que les demos la manita y les acompañemos a la puerta. A eso lo llaman responsabilidad afectiva. Han aprendido a decir ghosting y lo tienen más en la boca que una teta. De hecho, literalmente, ese es el problema.
El ghosting no es Jack el Destripador ni tu casero que, a la mínima que te descuides, te va a subir el alquiler setecientos euros por un piso con humedades. Ghosting es que tu amiga que ha estado en tu casa y conoce a tu abuela un día deje de responderte a los mensajes para ver cuando quedáis. Ghosting es que un notas no te vuelva a ver después de decirte que está enamorado de ti. Ghosting es que tras cinco pruebas no remuneradas y ocho rosarios rezados, recursos humanos no te llame para decirte que al final cogen a otra. Pero el ghosting no es que, amablemente, te cuenten que tienen mucho curro y que al final no pueden volver a quedar esa semana. Une los puntos. Tampoco podrá la que viene. Ni en ochocientos años.
Quiero que la literatura me trate como si fuera inteligente. También le pido eso a los políticos y a mi madre. Así que, evidentemente, espero que mi amarre me trate como si yo fuera mayor de edad. Soy capaz de leer entre líneas. Es más, lo prefiero. Sé darme cuenta de que no has superado a tu exnovia. También puedo adivinar que estuvo bien, pero que no te cambió la vida. No fue love bombing, verdaderamente me quisiste durante una noche. Pero luego te sonó la alarma y volviste a ver a tu compañera del trabajo que siempre te ha gustado pero que se casa en septiembre en una masía y dijiste: "Bueno, tampoco fue para tanto, ya se verá si volvemos a quedar."
A veces, despechados, pedimos unas cosas que nosotros mismos no seríamos capaces de hacer ni con un lorazepam sublingual. ¿Verdaderamente necesitas un mensaje con las noventa y cinco tesis de Lutero para comprender que no habéis conectado? ¿Cuántas veces has tenido tú el valor de decir a la cara "no me gustas"? Francamente, prefiero que me llegue una citación de hacienda que un audio de dos minutos después de una primera cita. Vamos a acabar muriendo de literalidad. Lo siguiente será pretender que ligar no sea manipular. A este paso vamos a plantarnos en un primer encuentro con el pelo graso y los demonios de siempre. Toda la maquinaria pesada que solo aparece cuando ya nos han escogido y el juego cambia, ahora va de aprender a amar ese esperpento. Prohibido divertirse. No saquemos a pasear nuestras mejores versiones porque son mentira, qué más da que sean las mejores.
En ocasiones sí que sucede lo peor. Te deja de querer gente que no debería dejar de hacerlo. Ahí es cuando se te agría el carácter y se te empieza a poner cara de narradora. Todos contamos historias para que nos miren, especialmente para ver si nos echan un ojo esos que no nos corresponden. El rechazo cae de un quinto, con la misma simpleza con la que lo haría un saco de harina. Tu amiga encuentra otras amigas a las que quiere ver más que a ti. Comparten aficiones, se ríen con las mismas cosas. A tu pareja ya no le hipnotizan tus excentricidades, esos detalles por los que un día pensó que tú le complementabas ahora le estorban. Algo del estilo o un sucedáneo. Nada con mucha importancia, la banalidad del mal.
Nunca se sabe del todo por qué acaba el amor, tampoco por qué comienza. Sucede así, sin más. A veces tan sólo se impone la novedad, que es lo único que no puede darte quien ya te quiere. Cuando una se enamora siente que es especial y cuando la dejan se da cuenta del horror: es parecida a todo el mundo. Ese es el verdadero sufrimiento, no la despedida. Nos olvidaremos de la misma forma que se olvidan todos los amantes, todas las amigas. Por los mismos motivos, con los mismos llantos. Quizás en esos casos, en esas grandes trayectorias, sí que quepa pedir explicaciones. Pero lo cierto es que por mucho que el otro hable, rara vez sirve de consuelo. El desamor es un tipo de gripe, solo puedes esperar a que se te pase mientras te suenas los mocos.
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