Opinión
Ankara, la cumbre del aplacamiento

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
La cumbre de Ankara pasará probablemente a la historia como la cumbre del aplacamiento. No porque la OTAN haya renunciado a sus objetivos estratégicos ni porque la Alianza haya salido debilitada. Al contrario. Sobre el papel, las conclusiones no han generado ninguna sorpresa, se reafirma la vigencia del artículo 5, se da continuidad al apoyo a Ucrania, se mantiene el incremento sostenido del gasto militar europeo y se realiza una nueva apelación a la necesidad de fortalecer la capacidad de disuasión frente a Rusia. Nada fuera de guion. La fotografía oficial muestra una organización cohesionada y una Alianza que insiste en proyectar fortaleza. Pero las fotografías, como tantas veces ocurre en política internacional, ocultan tanto como muestran.
Como en tantas otras ocasiones, el verdadero protagonista de la reunión no ha sido Rusia, ni Ucrania, ni siquiera el debate sobre el futuro de la seguridad europea. El protagonista ha sido Donald Trump. Toda la arquitectura política y diplomática de la cumbre se diseñó con un único objetivo que era evitar cualquier incidente que pudiera provocar una nueva crisis transatlántica. El formato reducido de las sesiones, una declaración final cuidadosamente redactada, la ausencia de debates públicos incómodos y un tono deliberadamente complaciente respondían a una estrategia evidente que perseguía no contrariar al presidente estadounidense.
Los europeos han aprendido durante los últimos meses que discutir con Trump suele producir exactamente el efecto contrario al buscado. Frente a un presidente que entiende las relaciones internacionales en términos marcadamente transaccionales, muchos gobiernos europeos han optado por una política de perfil bajo. No se trata únicamente de cortesía diplomática; es la constatación del reconocimiento de una dependencia estratégica que sigue siendo extraordinariamente profunda.
La paradoja resulta difícil de ignorar. Nunca en Europa se había hablado tanto de autonomía estratégica y, sin embargo, nunca había parecido tan preocupada por no incomodar a Washington. La decisión de aumentar de manera muy significativa los presupuestos de defensa responde, desde luego, a necesidades objetivas derivadas de la guerra en Ucrania y del deterioro del entorno internacional. Pero también constituye una demostración política dirigida a la Casa Blanca: Europa quiere convencer a Trump de que merece seguir siendo protegida.
El problema es que esa lógica sitúa la relación transatlántica en un terreno completamente distinto al que había caracterizado las últimas décadas. La OTAN siempre se autodefinió como una comunidad política basada en valores compartidos. Sin embargo, se ha ido convirtiendo progresivamente en una alianza sometida a una negociación permanente sobre costes, beneficios y contraprestaciones, y sostenida sobre el miedo.
No es casual que buena parte del éxito diplomático de Ankara se mida precisamente por aquello que no ocurrió. Trump terminó la reunión hablando de unidad, reiteró formalmente su respaldo al artículo 5 y evitó protagonizar una ruptura pública con los aliados europeos. En las actuales circunstancias, eso ya se considera una victoria diplomática. Sin embargo, medir el éxito por la ausencia de crisis constituye, en sí mismo, un síntoma de la profundidad del problema.
Porque nada de lo sucedido en Ankara modifica la cuestión de fondo, que la constatación de que los europeos continúan sin disponer de capacidades suficientes para garantizar por sí solos su seguridad durante la próxima década. Los incrementos presupuestarios aprobados representan una inversión necesaria, pero los sistemas de armas, la industria de defensa, las capacidades de mando, la inteligencia estratégica, el transporte militar o la defensa antimisiles requieren años para convertirse en capacidades operativas reales. Incluso los gobiernos más comprometidos con el fortalecimiento del pilar europeo de la OTAN reconocen que la dependencia de Estados Unidos seguirá siendo estructural durante bastante tiempo. Esa dependencia explica la cautela europea. También explica el silencio.
Porque mientras en Ankara se hablaba de cohesión aliada, la política exterior estadounidense seguía desarrollándose exactamente como Trump entiende el ejercicio del poder: mediante decisiones rápidas, unilaterales y escasamente consultadas. El anuncio de la reanudación de los bombardeos estadounidenses sobre Irán apenas concluida la cumbre constituye el mejor ejemplo posible. Trump justificó la operación como respuesta a nuevos ataques iraníes contra el tráfico marítimo y volvió a advertir a Teherán de que cualquier nueva provocación recibiría una respuesta todavía más contundente.
El momento elegido posee un enorme valor simbólico.
Mientras los líderes aliados abandonaban Ankara insistiendo en la unidad del vínculo transatlántico, Washington demostraba nuevamente que las decisiones fundamentales sobre el uso de la fuerza continúan siendo exclusivamente estadounidenses. No hubo debate estratégico previo entre aliados. No hubo intento alguno de construir una posición común. Hubo, simplemente, una decisión norteamericana que el resto deberá gestionar políticamente.
No es un episodio aislado. Forma parte de una tendencia mucho más amplia. Desde el comienzo de la segunda presidencia de Trump, desde Europa se ha ido descubriendo que el principal desafío ya no consiste únicamente en responder a Rusia o gestionar la competencia con China. El verdadero reto consiste en adaptarse a un aliado cuya previsibilidad ya no puede darse por supuesta. Paradójicamente, esta realidad refuerza precisamente el argumento que durante años impulsó el debate sobre la autonomía estratégica europea. No porque se quisiera romper con Estados Unidos, algo que nadie se atreve a plantear en voz alta, sino porque necesita prepararse para escenarios en los que Washington pueda actuar conforme a prioridades propias que no siempre coincidan con las europeas.
La cumbre de Ankara confirma que esa transformación cognitiva ya está en marcha. Incluso los gobiernos más atlantistas comienzan a asumir que la relación con Estados Unidos ha cambiado de naturaleza. Nadie habla abiertamente de desacoplamiento, pero cada vez menos dirigentes creen que el paraguas estratégico estadounidense pueda seguir considerándose un elemento permanente, incondicional y fiable.
Quizá esa sea la principal conclusión política de Ankara. La Alianza Atlántica continúa existiendo. Por el momento, sin la puesta en marcha de una genuina arquitectura de seguridad y defensa europea, sigue siendo indispensable. De esta cumbre también saldrán con más millones en el bolsillo las empresas de armamento. Pero la confianza que durante décadas constituyó el cemento del vínculo transatlántico ha dejado paso a una relación mucho más condicionada por la incertidumbre. Se ha conseguido evitar una crisis con Trump, sí, pero lo que todavía está por demostrar es que esa estrategia baste para construir una arquitectura de seguridad estable en un mundo donde el que, hasta ahora había presumido de ser el principal garante del orden occidental, actúa al margen del mismo y, por supuesto, de sus supuestos aliados. Además, mientras se continúa aumentando el gasto militar, en muchos casos sin debate público, las opiniones públicas europeas se comienzan a manifestar contra los recortes del gasto público para esa inversión en defensa. Las consecuencias serán catastróficas para la cohesión social, para las poblaciones y también para los actores políticos que continúen por esta senda.


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