Opinión
Ankara, la cumbre de las dudas europeas

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
La próxima cumbre de la OTAN en Ankara será la primera que se celebre después del acuerdo alcanzado en La Haya para elevar hasta el 5 % del PIB el gasto en defensa y seguridad antes de 2035. Sobre el papel, la Alianza llega reforzada. La invasión rusa de Ucrania ha revitalizado una organización que hace apenas unos años el presidente francés Emmanuel Macron calificaba de encontrarse en "muerte cerebral". Sin embargo, tras esa imagen de unidad se esconden disensiones internas entre los socios europeos y EEUU en un momento de máxima tensión a ambas orillas del Atlántico.
En esta cumbre se seguirá hablando, por supuesto, de la guerra de Ucrania. Los aliados revisarán el apoyo militar a Kiev, la evolución del conflicto y el futuro de las garantías de seguridad para Ucrania. Pero el verdadero debate trasciende el campo de batalla. La guerra ha demostrado que los europeos continúan dependiendo de Estados Unidos para capacidades críticas como la inteligencia estratégica, el transporte militar, la defensa antimisiles, el reabastecimiento en vuelo o los sistemas de mando y control. Tres años de incremento del gasto militar no han corregido una dependencia construida durante décadas. El compromiso del 5% en ese sentido mostró el reconocimiento de un cambio en el entorno estratégico europeo, y global, situando las cuestiones vinculadas con la Defensa en el epicentro de las prioridades políticas del continente que relega a posiciones subordinadas, aunque de alto riesgo, la lucha contra el cambio climático o el refuerzo de sus propias señas de identidad, esto es, la Europa social tal y como se observa estos días en las previsiones del nuevo marco financiero plurianual.
La decisión de aumentar el gasto sin embargo no establece una relación de causalidad con alcanzar una mayor autonomía. La cuestión decisiva ya no es cuánto dinero invertir, sino dónde hacerlo, quién desarrollará las tecnologías críticas y qué industria se beneficiará de ese enorme esfuerzo financiero. Desde el inicio de la guerra de Ucrania una parte muy significativa del incremento del gasto europeo ha terminado en la adquisición de sistemas de armas estadounidenses. Si esa tendencia continúa, Europa reforzará sus capacidades militares, pero no reducirá su dependencia estratégica. Y este es precisamente uno de los asuntos que sobrevolará la cumbre de Ankara. Porque tampoco existe una posición europea única respecto al futuro de la relación con Estados Unidos. La guerra ha evidenciado que dentro del propio pilar europeo de la OTAN conviven culturas estratégicas muy diferentes.
Los países del flanco oriental —Polonia, los Estados bálticos, Finlandia o Rumanía— consideran que la única garantía creíble frente a Rusia sigue siendo la presencia militar estadounidense y, especialmente, su capacidad de disuasión nuclear. Su experiencia histórica les lleva a desconfiar de cualquier planteamiento que pueda interpretarse como un distanciamiento de Washington. Para ellos, reforzar el pilar europeo de la OTAN significa fortalecer el liderazgo estadounidense, no sustituirlo. De este modo, la capacidad de cesión ante los estadounidenses es extremadamente grande.
Francia, por su parte, mantiene una visión diferente. Desde hace décadas defiende que Europa debe desarrollar una capacidad real para actuar de manera autónoma cuando sus intereses no coincidan plenamente con los de Estados Unidos. Su propuesta de soberanía estratégica europea no pretende romper con la OTAN, sino construir un segundo pilar capaz de asumir mayores responsabilidades y reducir las dependencias acumuladas durante décadas. España, Italia o Bélgica comparten parcialmente esa aproximación, mientras que las instituciones europeas han convertido la autonomía estratégica en uno de los ejes de su discurso político. Alemania continúa situada entre ambas posiciones. Tras la Zeitenwende anunciada por Olaf Scholz, Berlín ha incrementado notablemente su inversión en defensa, pero sigue considerando que la disuasión nuclear y buena parte de la arquitectura de seguridad europea dependerán todavía durante muchos años de Estados Unidos. Estas diferencias explican que el debate sobre la defensa europea avance mucho más lentamente de lo que exigiría el contexto geopolítico. No se trata, por tanto, de gastar más, sino de acordar qué capacidades desarrollar, qué industria fortalecer y qué grado de autonomía desean realmente construir los europeos y, especialmente, a qué coste social, político y económico hacerlo. Y esto es algo que deberían explicar a la ciudadanía.
Así, el auténtico debate será efectivamente sobre el tipo de relación transatlántica que se quiere poner en marcha. Durante más de siete décadas la OTAN funcionó sobre una división relativamente clara del trabajo donde Estados Unidos proporcionaba el liderazgo militar y el paraguas nuclear mientras Europa aportaba estabilidad política y económica. Ese equilibrio respondía a un mundo en el que Washington consideraba Europa como su principal prioridad estratégica. Pero, como sabemos, ese mundo ya no existe. La competencia con China condiciona hoy la política exterior estadounidense, independientemente de quién ocupe la Casa Blanca. Europa ya no es el centro de gravedad de la estrategia norteamericana. Estados Unidos no abandonará el continente, pero exigirá que sus aliados asuman una parte mucho mayor de su propia defensa mientras concentra crecientemente sus recursos en el Indo-Pacífico.
En este contexto hay en este momento tres escenarios sobre la mesa. El primero sería el del continuismo donde Estados Unidos continúa liderando la Alianza mientras Europa incrementa su gasto militar. Es la opción preferida por buena parte del flanco oriental, pero también la que perpetúa la dependencia europea. El segundo escenario apuesta por una europeización progresiva de la OTAN. No se trataría de sustituir a Estados Unidos, sino de redistribuir responsabilidades. Europa asumiría un mayor protagonismo en la defensa convencional del continente mientras Washington concentraría parte de sus capacidades en Asia. Es la visión que Francia impulsa desde hace años y que la Comisión Europea intenta trasladar a través de la política industrial de defensa. Existe, finalmente, un tercer escenario consistente en que las diferencias estratégicas y políticas entre ambas orillas del Atlántico terminen debilitando la cohesión de la Alianza y favorezcan una OTAN más flexible, basada en coaliciones variables y prioridades divergentes.
La paradoja es que todos los gobiernos europeos, incluso los más favorables a reforzar la soberanía estratégica, comparten un mismo diagnóstico que no es otro que Europa todavía no dispone de las capacidades necesarias para sustituir a Estados Unidos como garante último de su seguridad. Aunque el compromiso del 5 % se cumpla íntegramente, serán necesarios muchos años para desarrollar capacidades propias en inteligencia, transporte estratégico, defensa antimisiles, industria militar o sistemas de mando y control. Y esta es la verdadera tensión que marcará la próxima década. Europa sabe que debe prepararse para un escenario en el que Estados Unidos sea un aliado más exigente y menos disponible. Pero también sabe que todavía no puede prescindir de él.
Las posiciones más pragmáticas en este sentido apuestan por avanzar en autonomía estratégica sin romper con el vínculo transatlántico confiando en que Trump sea solo una pesadilla de la que en algún momento despertarán. Sin embargo, todo apunta a que lejos de ser un hecho coyuntural, el desplazamiento del interés estadounidense hacia Asia-Pacífico será algo permanente y, por tanto, la separación transatlántica se irá consolidando progresivamente. La cuestión es si se hará con los tiempos que marque Washington y con sus condiciones, o si los europeos, a pesar de la conciencia de sus debilidades estratégicas, están dispuestos a proponer otros escenarios más imaginativos que podría incluir nuevas alianzas estratégicas.
Lamentablemente lo que veremos en la cumbre de Ankara reforzará un posicionamiento conservador y poco rupturista que apostará por mantener los equilibrios sin poner en riesgo la capacidad de disuasión que, hoy por hoy, sigue descansando en gran medida sobre el liderazgo estadounidense. Eso, y luego trasladar a sus poblaciones lo acordado a través de la construcción de una narrativa que seguro que obviará los costes derivados de esa apuesta que irán al debe de la cohesión y que, a buen seguro, pasará factura política a todo el continente. Y este y no otro será el reto de esta y de futuras cumbres de la OTAN, pero todo esto no aparecerá en la declaración final de la cumbre.


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