Opinión
El antifascismo en el corazón de las acampadas

Por Miquel Ramos
Periodista
Sábado noche en Sol. Los accesos a la plaza están bloqueados por una masa de gente que ha acudido a defender la acampada ante las amenazas de grupos neonazis que habían llamado a reventar la protesta. "¡Aquí están los antifascistas!", gritan miles de personas. Una consigna que se oye desde el primer día en todas las acampadas. Aunque la policía rodeó a los ultras a cierta distancia, algunos trataron de llegar a Sol en pequeños grupos, se acercaron a los accesos menos controlados, retaron a algunos de los manifestantes y huyeron al mínimo gesto de respuesta. La mayoría de los provocadores son muy jóvenes. Los cabecillas ni aparecen. Hay miles de personas esperándolos, con la consigna de no caer en provocaciones y vigilar que nadie provoque un altercado que pueda justificar el desalojo de la plaza, el verdadero objetivo de la campaña ultra.
La policía acaba arrestando a tres neonazis. Algunos de ellos se quejan en redes de que los jefes los han dejado tirados. Y reconocen el fracaso, a pesar de los discursos triunfalistas de sus líderes, que ni se acercaron a Sol y mandaron a la chavalería a hacer el trabajo sucio. En la plaza todo vuelve pronto a la normalidad, sin bajar la guardia, pero conscientes de la enorme demostración de fuerza que acaban de dar y de la impotencia de los neonazis. El antifascismo se ha instalado desde el primer día en las plazas, no solo por la ofensiva ultra contra esta protesta, sino porque venimos de un ciclo en el que la extrema derecha marcaba el paso y trataba de convencernos de que la rebeldía estaba con ellos, y que los enemigos eran nuestros vecinos. Un ciclo en el que la violencia racista y fascista se ha vuelto cada vez más habitual, azuzada desde las grandes tribunas y los grandes medios, algo que ha provocado un rearme del antifascismo que hoy se hace evidente en las plazas.
La derecha lleva desde el primer día criminalizando a los acampados, acusándolos de estar armados mostrando los utensilios que usan para cortar tortilla y untar hummus, las piedras que sujetan las tiendas, hoy ya substituidas por garrafas de agua. Llegaron días antes los sicarios mediáticos habituales, micro en mano, cámara y guardaespaldas, a provocar la algarada. Uno de ellos lanzó gas pimienta a quienes le invitaban pacíficamente a irse. Otros ultras monetizadores de contenidos en redes quisieron también su momento, usando la acampada como plató, provocando y grabando cómo les echaban. El objetivo es, además de ganar dinero con los videos, retratar a los acampados como violentos, como intolerantes. Y, si pueden, provocar un incidente que acabe con el desalojo, para goce de los rentistas y especuladores.
La derecha política y mediática está desconcertada ante este acontecimiento que les ha robado el foco y el marco, y que ha puesto sobre la mesa los problemas materiales de los que son responsables, y que atraviesan también a una parte de sus votantes. Algunos de estos medios dan voz a los jóvenes acampados, pensando que los dejarán en evidencia, que los van a poder ridiculizar. El repaso que dan a los reporteros y presentadores de mala baba es brutal, y ya se han hecho virales varios videos de cómo esos jóvenes los dejan bailando.
Las provocaciones ultras contra las acampadas se repiten en varias ciudades. Esta semana, la policía detuvo a otros cuatro neonazis que agredieron a varios acampados en Oviedo. En València se presentaron varios niñatos con banderas de España a insultar a los acampados. En Alacant, más provocaciones. La gente mantiene la calma y la respuesta es siempre pacífica. En Sevilla, Núcleo Nacional organizó un acto el sábado y acabó huyendo escoltado por la policía tras la presencia de miles de antifascistas. Las provocaciones son constantes, pero la respuesta es firme. Nadie va a provocar un incidente que justifique a las autoridades desalojar las plazas. Es lo que quieren los ultraderechistas, y es lo que espera la derecha que pase. Una vez más, los escuadrones fascistas al servicio del poder.
El vínculo de los neonazis con las empresas que echan a gente de sus casas es de sobra conocido, y lleva tiempo siendo documentado. Hace diez años, tras una oleada de protestas contra la precariedad y el saqueo que supuso la crisis de 2007, los fascistas trataron sin éxito de arrebatar las banderas sociales a la izquierda, con proyectos como Hogar Social, atravesados, eso sí, por su inseparable racismo. Hoy ya ni eso, más allá del intento fallido de Vox, con Hernández Quero como emisario, de culpar a los migrantes del problema de la vivienda eximiendo a los fondos de inversión y a los especuladores. Ya no cuela.
La precariedad no se tapa con banderas, por mucho que algunos pongan por delante su nacionalidad a su condición de clase obrera. El problema de la vivienda ocupa hoy el foco mediático, tras varios meses en los que la ultraderecha marcaba la agenda e imponía sus marcos: migración, seguridad, corrupción y banderitas. Muchas banderitas. El golpe ha sido duro, y no ha venido de la coalición progresista, sino que ha sido la calle, los movimientos sociales, que no se casan con nadie, que señalan también al Gobierno, y que han puesto patas arriba el país en una semana, provocando un adelanto electoral y una huelga general.
El Gobierno lleva tiempo confiando su supervivencia al miedo a la ultraderecha, una excusa que se agota tras siete años de tibiezas. Podría haber hecho mucho más sin depender del bloqueo de la oposición, y es lo que le recuerdan hoy las plazas cuando trata de escaquear su responsabilidad ante el problema de la vivienda. Pero son muchos otros temas, como la Ley Mordaza, que seguirá ahí para quien venga a partir de noviembre, a pesar de que prometieron derogarla. El fascismo no se vence solo ganándoles en las urnas. Si gobiernas, los paras haciendo políticas que solucionen los problemas de la clase trabajadora, evitando así que esta abrace soluciones autoritarias y reaccionarias que no cambian las estructuras del sistema que provoca su precariedad. Pero la calle que hoy se manifiesta no gobierna, tan solo pone de manifiesto la incapacidad y la falta de voluntad de quienes sí lo hacen por solucionar estos problemas. Señala las soluciones, cambia el foco, impone el marco y, por si fuera poco, resiste en primera línea a la ofensiva ultra.
El antifascismo está hoy en la raíz de todas estas movilizaciones, no solo como mera autodefensa ante las amenazas físicas de los fascistas. Las ultraderechas ganan elecciones en varios países y disponen de un enorme arsenal mediático y propagandístico, que también se ha activado contra las reivindicaciones de la vivienda. Pero no controlan las calles, no conocen los barrios y no cuentan con el tejido social que los movimientos sociales llevan años construyendo lejos de los grandes focos. Es la conciencia y la solidaridad de clase, ese contacto con la realidad cotidiana de la clase obrera, poniendo todas las cartas de la precariedad sobre la mesa, el mayor muro antifascista construido en este país. Y es lo que más le va a costar derribar a quienes pretenden mantener un orden social que condena a la miseria a la mayoría y se sirve de la violencia y la amenaza fascista para mantenerse.


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