Opinión
El anuncio de Campotibio

Periodista
-Actualizado a
No soy la persona mejor informada de la Vía Láctea, pero sé que una famosa empresa de charcutería ha despachado la campaña navideña con un elogio entusiasta del término medio. Contra la polarización. Como el frío y el calor son extremos irreconciliables, llamaremos a la marca Campotibio. Los publicistas del asunto, que no se chupan el dedo, han elegido un tema de rabiosa actualidad y han vestido el teatrillo con un elenco de mucho ruido. ¿A quién no le va a gustar un careo de postín con Xavier Sardá y Carmen Machi? A mí, sin ir más lejos, Salva Reina me gusta más que a un tonto un lápiz. Más que a Ana Rosa la fruta, para entendernos.
Lo que viene a hacer el anuncio de Campotibio es tararear la monserga facilona de los extremos que se tocan. Es Pascua de Navidad y tiempo de conciliación. Es hora de deponer los insultos y plantarle un abrazo al cuñado que insiste en darte el turrón con la dictadura woke, los menas, las charos y la agenda 2030 de Sanchinflas y Zetaparo. Por más que te vengan las ganas tontas de estrangularlo con una tira de espumillón, debes impregnarte del espíritu festivo, rezar por la paz un avemaría y cantar a voz en cuello tus mejores propósitos de concordia, a Belén pastores, we are the world, we are the children.
Lo último que me apetece en estas fechas tan entrañables es ponerme el traje de aguafiestas, maquillarme de payaso triste y espetarle a los cocineros de Campotibio que se les ha ido la mano con la glucosa. Ni por todo el chóped del mundo habría hecho yo tal cosa de no haber visto que se me ha adelantado la mismísima Isabel Díaz Ayuso. Dice la generala que el futuro es para los audaces, que ha llegado el momento de arrojarse con pasión a la piscina y llamar a las cosas por su nombre, así haya que amargarle el mazapán a la abuela. "No puede ser que uno se ponga tibio en estos momentos".
Algo debe de saber el PP madrileño sobre chorizos, así que ha llegado el momento de enmendarle la plana a Campotibio y poner en cuarentena la patraña torera de la polarización. No es la primera vez que nos vemos en estas. En 2023, la Fundación del Español Urgente proclamó a los cuatro vientos que "polarización" era, sin lugar a dudas, el palabro más sonado del año. "Polarizar", en última instancia, es el gemelo malvado de "antagonizar", "enfrentar", "rivalizar" o "dividir". Después de "turismofobia", flamante incorporación al diccionario de la RAE, nunca una palabra de nuevo cuño había tenido tan mala prensa.
La propagación del vocablo coincide en el tiempo —ya es casualidad— con la irrupción de las derechas radicales en el tablero político. El caso español es paradigmático. El crecimiento de Vox, nacido como una excrecencia sectaria del PP, ha escorado el discurso público hacia posiciones hasta ahora impensables. Llegaba Ortega Smith, pongamos por caso, y difundía cifras imaginarias sobre criminalidad migrante. Alguien lo desmentía. Llegaba Santiago Abascal y se sacaba de la manga una estadística adulterada sobre violencia de género. Alguien le oponía datos de la Fiscalía. Llegaba Rocío Monasterio y clamaba que los colegios adoctrinan sobre zoofilia. Alguien le pedía un poquito de por favor.
El discurso cortesano, en su búsqueda del justo medio, se hacía de cruces ante semejante exhibición de disenso y acusaba por igual a los hunos y a los hotros. Ni tirios ni troyanos. Ni bulos ni desmentidos. Da gloria ver a los más ecuánimes justicieros aferrados al fiel de una balanza amañada. El viejo recurso de la falsa equivalencia es funcional al poder porque permite desplazar hacia la derecha la noción misma de lo que entendemos por centro. Por mucho que se apele a la imparcialidad, criticar la polarización en términos abstractos es una concesión ventajista a un extremo. Los llamados "moderados", decía David Graeber, demuestran en realidad una furiosa intransigencia.
La falacia de la centralidad es cómoda y atractiva porque permite al beato de turno subirse al trono de arbitraje y repartir culpas ajenas sin asumir ninguna culpa propia. Según la teoría de la herradura, quienes defienden ampliar la democracia ocupan un extremo tan deplorable como quienes son partidarios de abolirla. Gracias a esta conveniente asimetría, la agenda mediática se ha desequilibrado y los partidos tradicionales han terminado asimilando los valores xenófobos, demófobos y punitivistas de la vieja ultraderecha. El antifascismo, que ofrece un mínimo común democrático, es caricaturizado como un cenáculo violento y cerril.
No. La llamada "polarización" no es una catástrofe natural ni un fortuito advenimiento histórico, sino una estrategia política urdida en los despachos conservadores. Ya pueden disfrazarlo con jamón ibérico de bellota y chorizos de Cantimpalos. Que lo camuflen, si se atreven, entre sartas de salchichón y cortes de lomo embuchado. Es inútil. Conocemos a los paladines de la medianía y sabemos que su tibieza de salón huele a Pactos de la Moncloa y a eructo de rey emérito. Como ya no pueden prohibir el conflicto, nos han enseñado simplemente a repudiarlo.
El conflicto tal vez no sirva para vender mortadelas, pero es la condición de posibilidad de la democracia. El periodismo, si es periodismo, debe polarizar contra la manufactura de bulos. Los sindicatos deben polarizar contra la patronal igual que la ciencia polariza contra las paranoias conspirativas. En 1955, Rosa Parks polarizó contra el conductor que quiso levantarla de su asiento en un autobús de Montgomery. Lo hizo en nombre de los derechos civiles. Hay quienes confunden polarización e intolerancia. Todo fanatismo, también el fanatismo centrista, resulta contraproducente. Polarizar, en cambio, puede ser tan necesario como un cuchillo en una charcutería.
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