Opinión
Apocalipsis, próximamente en sus pantallas

Por David Torres
Escritor
Me encanta escribir sobre el apocalipsis, para qué voy a negarlo. No sólo eso, sino que no me cuesta nada comprobar que cada vez escribo más a menudo sobre el tema. Debe de ser porque, a medida que se aproxima el propio fin, consuela saber que al menos uno se va acompañado. Podría ser uno de los motivos por lo que tantos millonetis enloquecidos han tomado el papel de científico loco y están trabajando a tope en la extinción de la especie humana. Lo peor de morirse es morirse solo, como le dije una vez a una amiga que me aseguraba que ella no tenía ningún miedo a la muerte. “¿Pero no se te revuelve todo por dentro cuando sabes que va a morir un amigo?”. “Eso es distinto”, respondió. “Eso es el dolor por perder a un amigo”. “Pues piensa que cuando mueres, los pierdes todos”.
El término “apocalipsis” viene del griego y significa revelación, más bien desvelamiento: el acto de descubrir lo que estaba oculto. Esta semana hemos sufrido dos revelaciones apocalípticas una detrás de otra, ambas relacionadas con la Inteligencia Artificial. Una, que OpenIA afirma que su maquinita ha resuelto ella sola uno de los Problemas del Milenio, el de Navier-Stokes, en 88 horas; dos, que Jacob Coxon, ingeniero de Anthropic, ha dimitido ante el riesgo que supone la IA para la supervivencia de la especie humana. Evan Hubinger, otro de los responsables de la empresa, asegura que ese riesgo es real y que el cataclismo podría suceder en menos de diez años.
Ambas noticias están relacionadas en otro aspecto inquietante, más allá del protagonismo cibernético. A ver, me refiero a que los directivos de OpenIA no sólo se han pasado por el forro la contribución previa de varios matemáticos, dos de ellos españoles, sino que han invertido 88 horas de trabajo y unos diez mil agentes y herramientas informáticas en resolver un problema muy importante para los científicos, pero sin apenas relevancia para el resto de la humanidad. Quiero decir que estaría bien que los mandamases de OpenIA, Anthropic y otras corporaciones por el estilo consagraran sus esfuerzos a intentar erradicar el hambre en el mundo, reparar la emergencia climática o paliar la desigualdad global. Eso sí que son Problemas del Milenio, con mayúsculas, y no la determinación de singularidades durante el comportamiento de un fluido en tres dimensiones.
Desde que se inventó la automatización, las máquinas han facilitado enormemente el trabajo a los seres humanos, de eso no cabe duda, aunque también es cierto que están eliminando oficios (y operarios) a marchas forzadas. Después de los herreros, caldereros, telefonistas, carboneros y lavanderas, toca el turno de escritores, músicos, pintores, cineastas y artistas en general, pero también de científicos y matemáticos, que ya se van quedando a dos velas. De momento y por razones obvias, la IA parece incapaz de reemplazar las profesiones donde la inteligencia menos falta hace: asesores políticos, programadores de televisión, alcaldes de la capital de España, tertulianos de Horizonte o presidente de los Estados Unidos.
Hablando del rey de Roma, algunos historiadores aventuran que la Bestia de las Siete Cabezas en el Apocalipsis de San Juan podría ser una referencia a Donald Trump, mientras que otros se decantan más bien por Netanyahu. No en vano, el Apocalipsis está considerado uno de los primeros textos de la ciencia-ficción, aunque ocho siglos antes, en la Ilíada, el dios Hefesto ya se había fabricado unas esclavas de oro para que le echaran una mano en la forja, así como unos trípodes con ruedas que hacían de camareros en las reuniones del Olimpo. En las Argonaúticas de Apolonio de Rodas se habla de un gigante de bronce que custodiaba a patadas la entrada al puerto de Creta. Y en Barcelona, don Quijote visita la casa de Antonio Moreno, quien posee una cabeza de bronce parlante que responde preguntas, hasta que se descubre que todo es una patraña, como las pesquisas naturales y sobrenaturales de Iker Jiménez.
La historia del artificio que se rebela contra su creador es tan antigua como el Frankenstein de Mary Shelley, aunque la cosa se podría remontar al mito de Prometeo, a la leyenda del Golem e incluso a la rebelión bíblica de Satán si nos ponemos farrucos. En materia de seguridad cibernética, Isaac Asimov estableció las Tres Leyes de la Robótica, las cuales establecen que ningún robot puede lastimar a un ser humano en ningún caso, ni tampoco permitir que un ser humano sufra daño alguno. Claro que tampoco puede uno fiarse mucho del código ético escrito por un baboso que no paraba de sobar a cualquier mujer al alcance de sus manos y que además alardeaba de ello. Jacob Coxon, al igual que otros colegas, ya ha advertido que hay que regular cuanto antes el crecimiento descontrolado de la inteligencia artificial, algo verdaderamente complicado cuando llevamos milenios sin regular la gilipollez natural y derivados.

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