Opinión
La apuesta estratégica de Pedro Sánchez por China

Por Pedro Barragán
Economista y asesor de la Fundación Cátedra China
La visita oficial de Pedro Sánchez a China no es una mera continuidad diplomática. Es, en realidad, una apuesta política con implicaciones económicas, estratégicas y geopolíticas de primer orden. En un contexto internacional marcado por tensiones crecientes, el viaje refuerza una línea de acción que, con sus matices y contradicciones, sitúa a España en una posición relevante dentro de la geopolítica global.
En primer lugar, conviene subrayar algo que a menudo queda diluido en el debate público como es que esta visita beneficia claramente a España. Los datos son elocuentes. China se ha consolidado como el principal socio comercial de España fuera de la Unión Europea, con un volumen de intercambio que supera los 55.000 millones de dólares y un crecimiento cercano al 10% anual. Pero más allá de las cifras, lo relevante es la calidad de esa relación.
La cooperación ya no se limita a exportaciones tradicionales como productos agroalimentarios. Se ha ampliado hacia sectores estratégicos como la energía verde, los vehículos eléctricos o la economía digital. Proyectos como la planta de baterías en Aragón o la producción de vehículos eléctricos en Barcelona generan empleo y posicionan a España en la transición industrial del siglo XXI. Desde este punto de vista, reforzar la relación con China, más allá de una opción ideológica, es una decisión pragmática.
A nivel geopolítico, el viaje también cobra un significado especial. El regreso al militarismo de Donald Trump ha reactivado una visión del mundo basada en el unilateralismo, la confrontación y la lógica de bloques. Frente a ese enfoque, la estrategia de España -y en particular de Sánchez- apuesta por el multilateralismo, el diálogo y el respeto al derecho internacional.
Este contraste es importante. En un escenario global cada vez más polarizado, optar por la cooperación en lugar de la confrontación amplía las perspectivas de un mundo más pacífico y amplía el margen de maniobra de países como España. Mantener relaciones fluidas con China le permite a España diversificar alianzas, reducir dependencias y participar de forma más activa en la gobernanza global. Es, en definitiva, una forma de ganar autonomía.
Esa orientación no surge en el vacío. Responde también a una realidad interna. Existe en España un respaldo social significativo a una política exterior más independiente y menos subordinada a Estados Unidos. Episodios como la oposición masiva a la guerra de Irak dejaron una huella duradera en la opinión pública. Hoy, ese sentimiento se traduce en un apoyo mayoritario a unas relaciones equilibradas con países como China.
De hecho, las encuestas reflejan que más del 70% de los españoles valora positivamente los vínculos con el país asiático. A esto se suma el crecimiento de los intercambios culturales, turísticos y empresariales. Cientos de miles de turistas chinos visitan España cada año, mientras que las empresas españolas incrementan su presencia en el mercado chino. Esta base social es clave, porque dota de legitimidad a la política exterior del Gobierno.
Ahora bien, sería simplista presentar la posición de Sánchez como completamente coherente o exenta de contradicciones. La política internacional del PSOE ha mostrado, en numerosas ocasiones, alineamientos difíciles de entender con la estrategia de Washington. Desde el aumento del gasto en defensa hasta determinadas posiciones en conflictos internacionales, existen tensiones evidentes entre el discurso multilateralista y algunas decisiones concretas.
Esta ambigüedad forma parte de la complejidad del gobierno actual. Sin embargo, precisamente por eso resulta relevante que, en cuestiones clave como la relación con China, el Gobierno haya optado por una línea constructiva y más autónoma respecto a Estados Unidos.
En este punto, la comparación con Angela Merkel resulta especialmente ilustrativa. Merkel, pese a liderar un gobierno conservador, entendió antes que muchos la importancia de China en el equilibrio global. Durante sus años en el poder, realizó hasta doce visitas oficiales al país asiático y promovió una relación económica y política intensa que fue clave para el crecimiento alemán y europeo.
Su enfoque no estaba basado en afinidades ideológicas, sino en una lectura estratégica del mundo. Supo combinar los intereses económicos con una visión pragmática de la cooperación internacional. En ese sentido, la actual política de Sánchez guarda cierto paralelismo, aunque en un contexto más complejo y con mayores presiones externas.
Hoy, dentro de la Unión Europea, las posiciones respecto a China están lejos de ser homogéneas. Algunos países han endurecido su postura, alineándose más estrechamente con Estados Unidos. Otros oscilan entre el interés económico y la cautela estratégica. En medio de ese panorama, España empieza a perfilarse como una de las voces más claras a favor de una relación equilibrada.
Esto no significa ignorar las diferencias y gestionarlas exige un equilibrio delicado. Pero precisamente ahí reside el valor de la posición española.
Además, la relación con China ofrece oportunidades concretas en ámbitos clave. La transición energética es uno de ellos. China lidera la producción de tecnologías renovables, mientras que España destaca en su implementación. La colaboración entre ambos países puede acelerar procesos que son urgentes a escala global.
También lo es la cooperación en gobernanza internacional. En un mundo fragmentado, la defensa de instituciones como Naciones Unidas y del derecho internacional se vuelve fundamental. España y China comparten ese compromiso con un orden basado en reglas.
Desde el punto de vista de la política interna, la visita de Sánchez también tiene un efecto político inmediato que descoloca a la oposición. El Partido Popular es incapaz de defender públicamente una relación con China que, en realidad e internamente, considera beneficiosa. No es casualidad que las comunidades autónomas donde gobierna busquen activamente inversiones y acuerdos con el país asiático. Sin embargo, su alineamiento ideológico con Donald Trump y sus pactos con Vox le empujan a una posición de incomodidad. Esta contradicción refuerza el perfil internacional del Gobierno, otorgándole un rédito político interno evidente.
En definitiva, la visita de Pedro Sánchez a China puede interpretarse como algo más que un viaje diplomático. No deja de ser una declaración de intenciones en un momento de redefinición del orden global. Supone apostar por el multilateralismo frente al unilateralismo, por la cooperación frente a la confrontación y por la autonomía estratégica frente a la dependencia.
Con todas sus contradicciones, la política exterior del actual Gobierno español se sitúa, hoy por hoy, en una posición avanzada dentro de Europa. En un contexto internacional incierto, esa apuesta no solo es coherente con los intereses de España, sino que también contribuye a construir un espacio más amplio de estabilidad mundial, diálogo y paz.

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