Opinión
Aquí no se ha muerto nadie
Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Una tarde que no tenía nada mejor que hacer, Borges inventó un argumento para probar la existencia de Dios. Lo llamó argumentum ornithologicum y venía a decir que un hombre veía una bandada de pájaros pero sin poder especificar su número. El problema implica el de la existencia de Dios. Sólo Dios sabía cuántos pájaros formaban la bandada, el hombre únicamente podía decir que se trataba de una cifra indeterminada, una cifra que estaba entre el seis y el quince, ya que había visto, digamos, no menos de seis pájaros y no más de quince. No sabía si eran siete, ocho, nueve o etc., pero forzosamente debía ser uno de esos números, porque no hay ningún número entero entre seis y quince que no sean siete, ocho, nueve, etc. Ese número entero, concluye Borges, es inconcebible, luego Dios existe.
Esta tarde que no tengo nada mejor que hacer, he ideado una torpe variante del teorema de los pájaros, he pensado en cuántos muertos habría realmente en ese camión húngaro aparcado en la cuneta de una carrera austriaca. En este preciso instante, a las cinco de la tarde, las informaciones de los periódicos hablan de una cifra que va de veinte a cincuenta cadáveres, pero no dice si son veinticinco, treinta o treinta y ocho. El problema implica el de la existencia de Dios, ya que Dios, de existir, sabría perfectamente cuántas personas viajaban ocultas en ese camión y cuánto aire les quedaba dentro. Dios, de existir, podría haberlos salvados a todos sin esforzarse mucho, con una simple ecuación matemática y un chasquear de Sus Sagrados Dedos. Le bastaba un pequeño cálculo de volúmenes -tantas personas, tanta reserva de oxígeno, tanto tiempo de vida- y un diminuto y discreto milagro: abrir una rendija por el que entrara aire hasta que vinieran a rescatarlos, aire, digamos, para salvar a la mitad, a veinte, a diez, a cinco, a tres, a uno al menos, para que diera fe, como Lot de la destrucción de Sodoma. Sin embargo murieron todos asfixiados como judíos en una cámara de gas; no se salvaron ni veinte, ni diez, ni cinco, ni tres, ni uno. Ese cero absoluto demuestra que Dios no existe.
Aunque mi argumento, ya lo he confesado, es mucho más torpe que la brillante demostración aritmética de Borges; aunque mezcla imprudentemente la mala teología con la moral, las matemáticas con el bricolaje, cuenta, por desgracia, con una baza a su favor: el mío es cierto. No había nadie escuchando los gritos de esa pobre gente encerrada, ni siquiera Dios, otro cero que apuntar a la contabilidad divina. Nadie mirando cómo un padre lucha contra una espiral de cuchillas que desgarran sus brazos mientras intenta que a su hija no le arranquen los ojos las espinas. Nadie esperando con una manta, una cama, un plato de comida, una jarra de agua. Nadie que recuerde los nombres de esos pobres desgraciados que han muerto arañando su ataúd en busca de una gota de aire. No eran nadie. Circulen. Aquí no se ha muerto nadie.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.