Opinión
Los asesinatos de Trump no detienen el declive norteamericano

Por Pedro Barragán
Economista y asesor de la Fundación Cátedra China
-Actualizado a
En los últimos días, Estados Unidos eIIsrael han lanzado una serie de bombardeos sobre Irán que han sacudido profundamente la región y han subido el riesgo de un conflicto más amplio. Washington ha lanzado ataques aéreos y con misiles que, según su presidente, han "eliminado" a 48 dirigentes iraníes y provocado la muerte del líder supremo, el ayatolá Alí Jameneí.
Trump ha presentado estos hechos con un lenguaje beligerante, calificando la ofensiva como un éxito y defendiendo abiertamente la eliminación de líderes de otro Estado. Pero la realidad es aún mucho más cruda y, además de los asesinatos de los líderes de la nación, las imágenes difundidas muestran ciudades devastadas, explosiones sobre Teherán y cientos de víctimas civiles, incluido un ataque a una escuela con más de 50 niñas dentro del elevado número de muertos.
Esta cobertura de impacto inmediato, repetida por muchos medios occidentales, ha funcionado casi como propaganda militar: cifras dramáticas, términos grandilocuentes y relatos centrados exclusivamente en la supuesta eficacia táctica de Estados Unidos e Israel, con apenas cuatro cosas difusas sobre el impacto del ataque de la represalia iraní sobre las bases militares americanas y de Israel. La narrativa dominante intenta presentar la operación como limpia y decisiva, cuando en realidad ha generado graves daños humanos y materiales en Irán y ha provocado represalias con misiles iraníes contra objetivos militares en Israel y en las bases estadounidenses en Oriente Medio con resultado desconocido.
Los propios medios han amplificado la percepción de que asesinar líderes es una muestra de fuerza. Eso oculta dos verdades difíciles: la primera es que este tipo de operaciones suelen radicalizar aún más a las sociedades atacadas; y la segunda es que no resuelven los problemas estructurales que arrastran los países que las emprenden.
Centrémonos en esta segunda. Los Estados Unidos siguen siendo una gran fuerza militar, pero con un liderazgo económico y político en declive. Y lejos de fortalecer la posición internacional de Washington, estas acciones evidencian un uso excesivo de la fuerza sin un proyecto político claro detrás. Trump sigue repitiendo amenazas, incluso insinuando una "respuesta nunca vista" si Irán continúa su defensa, y muchos líderes aliados apoyan el relato de "defensa" y "capacidad disuasoria".
Pero la propaganda de guerra no puede ocultar que Estados Unidos está sufriendo un desgaste prolongado, con divisiones internas, enormes déficits, tensiones geopolíticas con las potencias emergentes y un sistema de alianzas que ya no funciona como antes. Utilizar ataques espectaculares para tapar debilidades estructurales no detiene este declive global que viene de lejos.
En este contexto, la posición de China está siendo firme y explícita. Pekín ha condenado claramente los ataques como "inaceptables" y ha pedido el cese inmediato de las operaciones militares, rechazando la eliminación de líderes de otro Estado y destacando que este tipo de acciones violan el derecho internacional.
Ante esta situación, China está haciendo un llamamiento constante a resolver los conflictos por vías diplomáticas y no militares. Su discurso en foros internacionales insiste en que los problemas entre Estados no se solucionan con bombardeos y asesinatos selectivos. Pekín rechaza la idea de resolver las disputas mediante la fuerza y presiona para que la comunidad internacional vuelva a prioridades como la estabilidad, el diálogo y la contención de la violencia. Y más allá de la oposición a la guerra, China promueve la cooperación económica como herramienta para reducir tensiones globales. La iniciativa de conectividad global y los acuerdos comerciales buscan integrar mercados y generar interdependencia, lo que a su vez merma la posibilidad de conflictos abiertos.
Esta postura contrasta con la lógica militarista de Washington y mientras Trump impulsa una narrativa de ataques "preventivos" y de eliminación de amenazas, China lidera al Sur Global insistiendo en la diplomacia, el respeto soberano y los canales multilaterales de negociación.
Los bombardeos en Irán y el asesinato de figuras clave no han reforzado la reputación global de Estados Unidos. Han alimentado una narrativa de fuerza bruta que los medios occidentales reproducen como propaganda militar. Pero la fuerza por sí sola no detiene el declive de la influencia estadounidense ni las consecuencias de décadas de políticas intervencionistas.
Lejos de proyectar fortaleza duradera, esta agresividad sin límites evidencia el desgaste profundo de la potencia norteamericana. Estados Unidos ya no concentra el peso económico que tuvo tras la Guerra Fría, se encuentra ante una competencia tecnológica directa con China y Asia, arrastra deudas colosales y vive una polarización interna que debilita su cohesión política. En ese contexto, recurrir a asesinatos selectivos y bombardeos como herramienta principal de política exterior no frena el declive y lo acelera. Cada intervención agresiva erosiona la legitimidad, multiplica los adversarios y obliga a dispersar los recursos en frentes abiertos. Los imperios no suelen caer de un día para otro, pero cuando sustituyen la estrategia por la fuerza bruta, suelen precipitar su propia caída.

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