Opinión
Avanzar en laicidad para prevenir el auge de la trinidad del odio

La reiteración de episodios de racismo en el fútbol español, como los recientes cánticos de "musulmán el que no bote" en el estadio de Cornellà de Llobregat (Barcelona, España), no puede analizarse únicamente como una expresión de un acontecimiento de intolerancia puntual o de "excesos" de parte de una afición. Este hecho no es un exabrupto aislado ni una simple manifestación de violencia futbolística, algo que por desgracia parece que se ha normalizado de forma habitual en los estadios de fútbol como parte de la cultura patriarcal que recupera vigencia con el auge del neofascismo.
Estos hechos constituyen, por el contrario, la expresión más descarnada de un fenómeno político y cultural más profundo: la articulación, por parte de la extrema derecha y el neofascismo contemporáneo, de una trinidad ideológica que fusiona patria, nación y, ahora, religión nacionalcatólica en un discurso de exclusión. Frente a esta deriva, la laicidad —entendida no como mera neutralidad estatal sino como principio activo de convivencia— se erige como una de las herramientas claves y más eficaces para prevenir el auge de estas ideologías entre los jóvenes.
La matriz ideológica
Por lo que hoy todo el mundo se lleva las manos a la cabeza y califica de inaceptable —esos cánticos de "musulmán el que no bote", es decir, la exhibición de un "racismo sin complejos" y de forma abierta y rotunda, por parte de una gran parte de la afición futbolística— no surge de la nada. En realidad, es el resultado de un proceso largo de sedimentación cultural, política y mediática en el que el discurso y la narrativa de odio de la extrema derecha, replicado por la derecha política y por los medios de comunicación afines y las redes sociales, ha ido encontrando espacios de legitimación, primero implícita y luego cada vez más explícita.
Durante demasiado tiempo hemos admitido y blanqueado discursos, expresiones y manifestaciones que han contribuido a construir al "otro" —en este caso, al musulmán— como una amenaza para la identidad nacional. Este proceso no es espontáneo ni neutral: responde a estrategias discursivas impulsadas por la extrema derecha y las corrientes neofascistas contemporáneas, que han sabido reactivar viejos marcos ideológicos bajo nuevas formas, y que han sido asumidos y normalizados por la derecha, e incluso una parte de la socialdemocracia, en toda Europa.
Lo que se ha manifestado en el campo de fútbol es un síntoma de procesos sociopolíticos más amplios: la rearticulación contemporánea de discursos de extrema derecha y neofascistas en torno a una tríada histórica profundamente arraigada en España —patria, nación y religión católica— y su capacidad de penetración en espacios de socialización juvenil como el fútbol.
En la dictadura, el nacionalcatolicismo articuló una supuesta "identidad española" homogénea basada en la equivalencia entre "ser español" y "ser nacionalcatólico". Aunque formalmente superado tras la transición democrática, este imaginario no ha desaparecido; ha sido resignificado por sectores de la extrema derecha contemporánea. En este marco, la "nación" se construye como una comunidad cultural cerrada, donde la diferencia —especialmente religiosa— se percibe como amenaza.
Los cánticos islamófobos en Cornellà reproducen exactamente esta lógica, utilizando el estadio como espacio de visibilización política: el "musulmán" es interpelado por el neofascismo como un ‘cuerpo extraño’, incompatible con la identidad nacional. No es casual que la burla se articule en torno a la religión, ya que esta funciona como marcador de alteridad. Como evidencian las reacciones políticas y mediáticas, estos discursos no son espontáneos, sino que se insertan en un clima de creciente normalización del odio.
Extrema derecha y neofascismo: de los márgenes al mainstream
Lo que estamos viendo con este tipo de acciones es que la asociación maniquea entre patria, identidad nacional y religión católica, heredera del nacional-catolicismo, se vuelve a reconfigurar hoy como un dispositivo de exclusión que define quién pertenece y quién queda fuera del "nosotros".
Esta estrategia del neofascismo contemporáneo busca colonizar espacios cotidianos (deporte, redes sociales, ocio juvenil) para difundir marcos discursivos basados en: el victimismo nacional (España está siendo invadida), la jerarquización cultural (nuestra cultura es superior), rechazo al pluralismo y redefinición excluyente de la ciudadanía (los nuestros los primeros).
En este contexto, el fútbol actúa como caja de resonancia. No crea el racismo, pero lo amplifica, lo normaliza y lo convierte en espectáculo colectivo. La grada se transforma así en un espacio donde la violencia simbólica se legitima bajo la coartada de la pasión deportiva. El fútbol, por su carácter emocional y colectivo, resulta especialmente eficaz para este tipo de operaciones simbólicas. No se trata solo de insultos, se trata de acción política, de convertir la grada en un espacio de producción de identidad excluyente.
Además, el hecho de que estos cánticos se dirijan incluso contra jugadores propios —como Lamine Yamal, musulmán— evidencia hasta qué punto la lógica neofascista prioriza la pureza identitaria sobre cualquier otro criterio, incluso el éxito deportivo o la pertenencia nacional. Lo preocupante no es solo que estos cánticos se produzcan, sino que durante demasiado tiempo hayan sido tolerados, minimizados o incluso justificados como parte del "folklore" futbolístico.
Juventud, socialización y banalización del odio
Esta banalización del odio es especialmente peligrosa entre los jóvenes. Cuando generaciones enteras crecen escuchando y repitiendo estos mensajes sin una respuesta crítica contundente, el racismo deja de percibirse como una vulneración de derechos y pasa a integrarse en la normalidad. Es precisamente en este punto donde el neofascismo encuentra su mayor oportunidad: no tanto en la imposición autoritaria, sino en la normalización cultural.
Y el fútbol y los campos y estadios donde se juega funcionan como espacios de socialización política informal donde: se están normalizando expresiones de odio, se están reforzando identidades colectivas excluyentes y se legitiman prácticas discriminatorias bajo la apariencia de "tradición" o "folklore futbolístico". Porque cuando estas conductas no reciben una sanción social e institucional contundente desde el primer día que suceden, dejan de ser percibidas como problemáticas y pasan a integrarse en el repertorio cultural de las nuevas generaciones. Como señala la cobertura mediática en todos estos casos, existe una preocupante tendencia a minimizar o relativizar estos hechos, lo que contribuye a su normalización.
Laicidad como dispositivo democrático de contención
Frente a ello, la laicidad emerge como una herramienta fundamental para prevenir el auge del neofascismo. No solo porque separa religión y Estado, sino porque impide que una identidad religiosa concreta se erija como criterio de pertenencia nacional. La laicidad, entendida en sentido fuerte, protege la diversidad y garantiza que ninguna persona pueda ser excluida o estigmatizada por sus creencias. Es, en definitiva, una barrera frente a los intentos de homogeneización cultural que alimentan las derivas autoritarias. Al afirmar que el espacio público pertenece a todos y todas por igual, independientemente de sus creencias, neutraliza uno de los pilares simbólicos del discurso neofascista.
Además, la laicidad implica una pedagogía cívica: formar a la juventud en valores de igualdad, diversidad y derechos humanos. Esto es clave para contrarrestar la influencia de discursos simplificadores y excluyentes. Y una medida clave para disputar la batalla cultural del neofascismo. Pero una laicidad robusta exige políticas públicas que no se limiten a la neutralidad pasiva, sino que actúen contra la discriminación.
La alternativa no pasa únicamente por sancionar comportamientos individuales, sino por reforzar una cultura política laica que:
garantice la igualdad en la diversidad,
desactive los mecanismos de construcción del "enemigo interno",
y fortalezca los fundamentos democráticos frente a las derivas autoritarias.
Lo ocurrido no debería sorprender tanto como preocupar. No es una anomalía, sino un síntoma. Y como todo síntoma, obliga a mirar más allá del episodio concreto para interrogar las condiciones que lo hacen posible. Si no se abordan esas raíces —discursivas, políticas y educativas—, el escándalo de hoy corre el riesgo de convertirse en la normalidad de mañana.
No hay neutralidad posible: o se consolida una sociedad basada en la laicidad y los derechos humanos, o se abre la puerta a formas renovadas —y socialmente normalizadas— de exclusión y autoritarismo.

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