Opinión
La aventura equinoccial de Lope de Ayuso
Por David Torres
Escritor
Fíjate que, pese a todas sus patochadas, el viaje de Ayuso a México nos ha sabido a poco. Y eso que iba asesorada por Nacho Cano y por otros intelectuales licenciados en la Universidad de Roberto Alcázar y Pedrín. Sin embargo, lo de cagarse en el Gobierno mexicano de entrada, antes incluso de aterrizar, prometía una espléndida película de acción entre cárteles de la droga y una variante del ICE mexicano que la echara a patadas de allí. Según la propia Ayuso, eso es lo que ocurrió cuando la vetaron en la ceremonia de entrega de los Premios Platino del Cine Iberoamericano, y ella y su equipo de mariachis tuvieron que refugiarse en la Riviera Maya y sobrevivir cuatro días a base de daiquirís.
Fue un auténtico infierno, una experiencia tan salvaje que, de momento, no se han publicado imágenes, quizá para no herir nuestra sensibilidad. No soportaríamos ver a Miguel Ángel Rodríguez transmutado en un Rambo tropical, con un pañuelo atado a la frente y un botijo a mano como símbolo de civilización, resistiendo las oleadas de indígenas y gritando: "¡P'alante!". En esta telenovela mexicana, Isabel Díaz Ayuso emparenta directamente con la otra Isabel, la Católica, quien en un fascinante anacronismo podía haber ido en persona a evangelizar otra vez ese montón de ovejas descarriadas. La aventura equinoccial de Lope de Ayuso en México parece un episodio más de la Conquista, un epílogo escrito con cinco siglos y pico de retraso. El retraso, por cierto, no es culpa de México.
Una lástima porque Ayuso llevaba la maleta repleta de buenas intenciones. Como ha explicado pacientemente ante las cámaras, ella iba dispuesta a exportar civilización, a establecer lazos culturales, a forjar relaciones empresariales y a resaltar lo que nos une a españoles y mexicanos. Por eso, antes del viaje, insultó al país entero denominándolo "narcoestado", como si allí todos los años fuese a veranear Feijóo. Luego, durante su estancia, ensalzó la figura de Hernán Cortés, que fue juzgado como criminal ya en su época por un tribunal español. Y al regreso comentó que el Gobierno mexicano no sólo la había boicoteado, sino que había puesto en riesgo su seguridad. Lo cortés no quita lo demente o diplomacia al estilo Trump.
Por supuesto, la culpa fue de Pedro Sánchez, quien instigó contra ella una campaña de acoso y desprestigio junto a la presidenta Claudia Sheinbaum con el fin de que Ayuso quedase como una imbécil. No tuvieron que esforzarse mucho, la verdad. Si serán maleducados los mexicanos que se empeñan en seguir escribiendo mal el nombre del país, cuando todo el mundo sabe que México no se escribe con equis, sino con jota, con jota aragonesa y castellana del siglo XVI. Es increíble lo desagradecida y asquerosa que puede ser esa gente que ni siquiera sabía que vivía en México hasta que llegó Cortés a cristianizarla a base de bien.
Tras su grotesco intento de Reconquista, Ayuso no regresó con las manos vacías, sino más bien llenas de mierda hasta las uñas. Un pifostio diplomático, un escupitajo a la Corona española y un esperpento oceánico más que añadir a su interminable lista de esperpentos. Les está bien empleado a los mexicanos por ser demasiado civilizados. Cualquier otro país donde una dirigente folklórica hubiese llegado tras ofender gravemente la soberanía nacional, la hubiese enviado de vuelta a España en la aduana y declarado persona non grata por los siglos de los siglos. Al menos Ayuso podía haber aprovechado el viaje para reclamar los huesos de su héroe favorito, Hernán Cortés, que estuvieron cuatro siglos dando vueltas por ahí, y regresar con ellos bajo el brazo para aderezar un cocidito madrileño. A fin de cuentas, es lo que hizo en plan simbólico y en pleno San Isidro.
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