Opinión
Ayuso: memorias de una mujer en llamas

Por David Torres
Escritor
Siempre es una excelente noticia que un dirigente del PP publique un libro de memorias, ya que se trata de gente muy olvidadiza. No me acuerdo, no me consta, ni puñetera idea tengo, a mí qué me cuenta, son las respuestas que a menudo obtienen los magistrados capaces de conseguir el milagro de sentar a uno de sus prebostes en el banquillo. Esta epidemia de amnesia generalizada suele remitir según el preboste sale de los juzgados y se atiza un lingotazo en el bar de enfrente: el alcohol ayuda mucho a soltar las meninges. Entonces, un día cualquiera, un editor avispado piensa (es un decir) que los lectores podrían pirrarse por un volumen impreso con la jeta de uno de estos pistoleros de la política y les tienta con una oferta, creyendo de buena fe que todos ellos son Churchill. Hay que imaginar a estos churchilles sentados frente al tribunal de sus propios recuerdos, chupando bien fuerte un bolígrafo y pintando a ratos en el folio un payaso.
Payasos dibujados aparte, “en qué estaría yo pensando” suele ser el resultado de estos esfuerzos ginecológicos, así que lo habitual es que el Churchill del Caprabo acabe llamando a un negro que le solucione la papeleta. A veces el negro pone por escrito parte de sus propios recuerdos o directamente se los inventa, lo que tampoco importa mucho si uno piensa que algunos de esos libros llevan títulos tan arriesgados como Una España mejor (Mariano Rajoy), Sin complejos (Esperanza Aguirre) o La política apasionada (Celia Villalobos). A partir del título, la prosa ya rueda cuesta abajo, igual que el manuscrito aquel que un joven insensato se atrevió a enseñarle a Borges para que le diera su opinión: “Su novela, joven, decae al principio”. La inmensa mayoría de esos libros, por no decir todos, mejorarían mucho de ir impresos en blanco, excepto los de Mariano, que no hay dios que los mejore.
Con todo, la gran noticia literaria de la semana, adelantándose incluso al Premio Nobel, es el anuncio del libro de memorias de Isabel Díaz Ayuso, algo verdaderamente pasmoso por diversas razones, todas ellas paranormales (para anormales ya dio un adelanto en su entrevista lavativa con Iker Jiménez y Carmen Porter). La editorial Planeta, responsable del guisote, todavía no ha aclarado si lo sacará en una edición especial a palote por página, con dibujos para colorear o con áticos desplegables como esos libros infantiles para niños menores de 3 años. Dado el bacalao con tomate en que se están metiendo, lo mismo tienen que inventarse una filial para que tan exquisito producto de papelería no contamine el resto de su cuidada producción. Ediciones Panceta, por ejemplo. Tal vez lo más honesto sería publicarlo al estilo de esas novelas “Elige tu propia aventura” en las que el lector pueda ir saltando de chanchullo en chanchullo y de ático en ático.
Con su innata modestia, Nabokov decía de sí mismo: “Hablo como un niño, escribo como un autor distinguido, pienso como un genio”. Con toda seguridad, Ayuso no corre ese peligro, aunque es cierto que su dicción rara vez va más allá de una pedorreta. El “chao pescao” y “el bulo del culo” son lo más cerca que habrá estado jamás de un poema. Afortunadamente, cuenta con la ayuda de Miguel Ángel Rodríguez, un escritor bregado en las duras lides de la novela que le va dictando genialidades al oído vía pinganillo, del mismo modo que a Bukowski le inspiraba el vino barato. Hay creadores apolíneos y los hay también dionisíacos. “Yo es otro” escribió una vez Rimbaud, sin sospechar que un pareado bien podía rebotar desde el fondo del porrón a través de la onda corta.
Una de las pocas cosas que sabemos del volumen que aterrizará en las librerías a primeros de diciembre como un misil autobiográfico es que está escrito en un lenguaje “directo y franco”. Lo de “directo” es un eufemismo, lo de “franco” no tanto. Pero también se ha desvelado que Ayuso lo despachó en un plazo récord, mientras gestionaba los incendios de la Comunidad de Madrid y al tiempo que intentaba solucionar el enjuague del ático, con la misma alegría de un batería de jazz marcando tres compases diferentes a la vez: uno con la izquierda, otro con la derecha y otro con el culo. Teniendo en cuenta el saldo de inmuebles destrozados, las treinta mil hectáreas quemadas y la bazofia en que anda empantanado el ático, uno se hace una idea de cómo habrá quedado el libro: como escrito con un mechero. Lo ha titulado Íntimo, pero igual podía haberlo titulado Ni pa ti ni pa mí, De Madrid al cielo o Memorias de una mujer en llamas.
El título y la portada apuntalan la idea de que la autora posee vida interior, que no se trata de un simple monigote que acapara propiedades y expectora lemas absurdos (“comunismo o libertad”, “me gusta la fruta”) con el simple fin de ganar elecciones. La portada sugiere que a lo mejor hasta tiene conciencia, la misma señora que, para restar importancia a los ancianos fallecidos en las residencias, dijo que se iban a morir igual. La misma que hacía chistes sobre Maricarmen y que ha salido en la portada del libro como si estuviera guardando luto en futuro imperfecto. O castigada en un rincón. O pidiendo perdón retrospectivo por todos los desaguisados cometidos por novios y familiares. Sí, es una foto acojonante, de pie, los ojos bajos, la cabeza agachada, una foto victimista al estilo israelí, como un alma en pena que llevara 7.291 pecados a sus espaldas. Si hay público capaz de votarla a ojos cerrados, cómo no va a haber público que se crea que ha escrito un libro en mes y medio ella sola, incluso público que lo compre y lo lea también a ojos cerrados. Debería haberles dedicado el libro a todos junto al perro Pecas y a Pablo Casado, pero para eso le haría falta, entre otras muchas cosas, memoria.
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